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¿QUIÉN QUIERE MÚSICA ACCESIBLE? (JULIO 2008)

Primera clase de un curso sobre la historia del jazz para adultos en una universidad española. La clase, como introducción al curso, consiste en una audición. ¿Cuál fue el tema que más gustó a los asistentes? ¿Algo de Chet Baker? ¿Bill Evans? ¿Diana Krall? Pues no: fue “Ne'eman” del cuarteto Masada de John Zorn (de su Live In Sevilla).

Universijazz 2005 en la Universidad Pública de Navarra. El concierto principal lo protagonizaron el cuarteto de Peter Brötzmann (saxos y taragato), Joe McPhee (saxos y trompeta de bolsillo), Kent Kessler (contrabajo) y Michael Zerang (batería y percusiones). Sobre el papel, un concierto duro, no apto para todos los públicos. Sobre el papel, el público hubiera debido salir despavorido ante tal avalancha sonora de libre improvisación. Pues no: el público no sólo no huyó aterrorizado, sino que permaneció atento hasta el final del concierto.

Imaxina Sons de 2008. La cantidad de público ha ido aumentando de año en año, de modo que en el auditorio del ayuntamiento el concierto con menos público de 2008 tuvo tanto como el más exitoso de 2007. Este aumento de público no tiene nada que ver con un cambio en la línea de la programación. Más bien al contrario: en esta edición los conciertos que más éxito han tenido en dicho auditorio han sido dos ofertas de libre improvisación: la New Orchestra de Barry Guy y la del trompetista Markus Stockhausen, Sopra le nuvole. En cuanto al concierto de clausura, el público del Centro Cultural Caixanova premió la actuación de Atomic/School Days (free bop magníficamente construido e interpretado) con una entrada notable y una ovación cálida, larga y entregada. Un breve sondeo entre el público indica que no quiere menos madera, sino más.

Existen dos percepciones sobre la “dificultad” del jazz que son falsas: una tiene que ver con su desarrollo histórico, la dejamos para otro día, y la otra es que la presunta dificultad es inversamente proporcional al atractivo que tiene para el público. Los tres ejemplos citados (y otros como la debacle del Viajazz de 2007) parecen indicar que no es cierto.

Al intercambiar opiniones con programadores de conciertos de jazz es habitual que surja la cuestión de la ausencia de determinados músicos o estilos entre sus conciertos. La explicación suele ser que no se puede programar ese tipo de músicos o estilos porque el público no está preparado para algo distinto a lo que se les ofrece.

Programar un festival no es fácil. Aparte del consabido encaje de bolillos (las expectativas presupuestarias, la presión de ayuntamientos, patrocinadores, promotores, agentes y discográficas, cuadrar el calendario…) está la nada desdeñable cuestión del gusto personal del programador y, sobre todo, la gran pregunta: ¿qué quiere la gente?

Parece que la tendencia natural es pensar en un hipotético público reducido casi al mínimo común denominador, un público conformista, incapaz de soportar la sorpresa. Y puede que hasta sea lógico, no son pocos los que aplican el criterio de "me suena/no me suena" como primera prueba para decidir si algo les gusta.

Sin embargo, y a la vista de los ejemplos citados y de la experiencia de los últimos años, cabe preguntarse si, en realidad, no serán los programadores más conservadores, más "segurolas" que el propio público por "inexperto" que éste sea, si no será preferible explicar las cosas con claridad –al pan, pan y al vino, vino–, avisar de que en un festival de jazz cabe la posibilidad de que la música sea exigente, que requiera un esfuerzo por parte del oyente, y se le deje elegir a éste. Como muestra no hay más que recordar el reciente festival de Vitoria y la sesión doble en Mendizorroza con los conciertos de Wayne Shorter y Herbie Hancock. Mientras este último se empeñó en un espectáculo ramplón y “apto para todos los públicos” que logró que parte de los asistentes huyeran despavoridos ante tamaño despropósito, Shorter dio un concierto sin concesiones, improvisando libremente a partir de unos materiales melódicos apenas reconocibles, cuya consecuencia fue que todos los asistentes permaneciesen pegados a sus asientos durante toda su actuación.

Toda la fauna jazzística, músicos, programadores, agentes, promotores, discográficas, publicistas... dependen del público, sus clientes.

Y el cliente, ya se sabe, siempre tiene razón.

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