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MICHAEL BRECKER QUINDECTET

Galapajazz 2004


  • Fecha: 29 Junio 2004
  • Lugar: Velódromo de Galapagar (Madrid).
  • Hora: 0:00 horas
  • Asistencia: tres cuartos
  • Componentes:
    Michael Brecker (saxo tenor, EWI)
    Gil Goldstein (Fender rhodes, acordeón, dirección musical)
    Adam Rogers (guitarra eléctrica)
    Alex Sipiagin (trompeta, fliscorno)
    Boris Kozlov (contrabajo)
    Clarence Penn (batería)
    +
    Perico Sambeat (saxos tenor y soprano, flauta travesera)
    secciones de cuerda y viento formadas por otros 8 músicos españoles



 

  • Comentario: Gran expectación la suscitada para ver a, posiblemente, el saxofonista más técnico de la escena jazzística actual, a pesar de que el velódromo de Galapagar estuvo bastante lejos de llenar su aforo. Y gran expectación también debido a la inusual formación y a la impresión causada por su último disco. El Quindectet, una agrupación de 15 músicos donde se mezcla sección rítmica, vientos y cuerdas, prometía como conjunto y, por otro lado, el CD registrado a nombre de tan original formación, Wide Angles, recibió más de una crítica debido al exceso de protagonismo del titular de la banda y al escaso espacio con que contaron el resto de músicos.

    Matices hubo, y muchos. Pero, como cabía esperar, la propuesta ganó muchísimo en directo. Tras unos retrasos debidos a problemas técnicos (y de comunicación entre personal español y americano) Brecker salió arrollando, demostrando que actualmente no tiene rival en su estilo y ofreciendo una total entrega (no falta de populistas concesiones) en todas las fases del espectáculo. El grupo fue mixto no sólo en su naturaleza de cuerdas clásicas y vientos jazzistas, sino en su configuración territorial, ya que tan sólo cinco músicos han acompañado a Brecker desde el otro lado del Atlántico. El resto, músicos españoles a los que, según el cincuentón saxofonista, había conocido unas horas antes. Entre ellos Perico Sambeat, quien improvisó al tenor y al soprano, empeñado como es habitual en sus rápidas, técnicas y a veces cargantes frases hard-bopperas, y que arrancó bastantes aplausos al respetable, sobre todo después de ser presentado. Difícil tarea la del valenciano quien, no obstante, ofreció un nivel bastante elevado.

    Los músicos extranjeros arrojaron luces, sombras y bastantes colores intermedios. Alex Sipiagin, al que hemos podido ver últimamente con la Big Band de Dave Holland, estuvo correcto y discreto. Gil Goldstein ejerció de director musical del grupo, interpretó una bonita introducción al acordeón y acompaño con sobriedad al Fender rhodes. Sobriedad patente en Boris Koslow, contrabajista de la Mingus, y en la auténtica revelación de la noche: Adam Rogers. El guitarrista dio una auténtica lección tanto de improvisación como de acompañamiento. Pocas veces se ha escuchado un uso tan inteligente de los desarrollos motívicos como el que hizo Rogers en los inicios de sus solos. Buen timbre de guitarra, claridad en la ejecución, dominio de dinámicas e intensidades, una auténtica maravilla. Si alguien alcanzó el nivel de expresividad y efectividad del propio Brecker ese fue Adam Rogers, un nombre a tener muy en cuenta a partir de ahora. Pero no todo podía ser tan bonito, y el antagonista de Brecker y Rogers, el auténtico villano de la noche, fue el incontenible batería Clarence Penn. Sobreactuación es poco. No cesó en tocar todos los elementos de su kit de batería durante toda la velada, independientemente de temas y situaciones. Sus acompañamientos a los solos eran una sucesión ininterrumpida de breaks a cuál más rápido y espectacular, pero totalmente fuera de contexto. Doblaba tiempo cuando el tema no lo pedía, golpeaba caja y platos a diestro y siniestro, condicionaba radicalmente e incluso emborronaba las improvisaciones de sus compañeros, y ofreció una sonoridad ruda y desagradable. Resultó ruidoso hasta atacando una balada con escobillas. Ese exceso de actuación fue aún más reseñable teniendo en cuenta la ya mencionada sobriedad de sus compañeros de sección rítmica, con los que no afincó en ningún momento del concierto.

    Tan lamentable actuación incidió de forma negativa en la interacción del grupo, máxime teniendo en cuenta que las cuerdas apenas se escuchaban. En los pocos momentos en que éstas tomaron protagonismo dieron bastante libertad a Brecker, quien podía hacer variaciones mientras violines y chelos sostenían la melodía. El repertorio, de lo más variado. Abrieron con Arc of the Pendulum, composición del Time Is of the Essence de hace cinco años, arreglada especialmente para la ocasión, y el de Philadelphia puso el listón altísimo con un solo lleno de técnica y pasión. En ningún momento decaería su nivel. Broadband, primer tema del Wide Angles, y el Syzygy que grabara en su disco de debut allá por 1987 (introducido por un rápido solo de Brecker acompañado únicamente por la batería, al estilo del coltraniano Countdown), dieron paso a uno de los momentos álgidos de la noche: la reinvención del EWI. El Electronic Wind Instrument, muy utilizado por Brecker en los años 80, sobre todo en sus proyectos con Steps Ahead, y abandonado en los 90, fue reintroducido ayer con espectaculares resultados. Sus variados timbres, acompañamientos sampleados, amplio rango de octavas y, sobre todo, la imaginación de su dueño, provocaron continuas sonrisas y un momento muy, muy agradable. El largo solo de EWI dio paso a Timbuktu, una de las mejores composiciones del disco del Quindectet. De ahí a la melosa balada Angle of Repose (el momento de gloria de las cuerdas, incluyendo a Koslov), y el brillante final con Itsbynne Reel, otro tema de los 80, evocación de un reel irlandés, donde el solo del saxofonista fue realmente increíble.

    Para acabar, el bis: un auténtico fin de fiesta. ¡Las barbaridades que pueden hacer músicos de este calibre con un blues! Adam Rogers dio otra lección magistral de cómo estructurar un solo, y el break de Brecker en la entrada a su improvisación mereció ser enmarcado. Las buenas condiciones tanto atmósfericas como del recinto acabaron por completar una excelente noche, que pudo ser redonda pero no lo fue por culpa de los excesos del batería de Brooklyn.

    Arturo Mora Rioja