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Hackensack, Nueva Jersey, Nochebuena de
1954.
– ¡Jack! ¿Dónde
vas?
– ¡A casa de los Van Gelder!
– No tardes, que tienes que ayudar en la coci...
El portazo que dio al salir ahogó la súplica de su
madre. Jack llevaba días, semanas, esperando este momento.
Por algo se había pasado el verano cortando el césped
de los Van Gelder, y el otoño recogiendo la hojarasca. Tanto
trabajo para llegar tarde a una cita por culpa del almuerzo del
día de Nochebuena, ocasión poco memorable donde las
haya.
Llegó jadeando al porche de los vecinos y apenas pudo proferir
palabra cuando la señora Van Gelder le abrió la puerta.
Sonrió al verle, se llevó el dedo a los labios y susurró:
“llegas tarde, tendrás que esperar a que terminen esta
canción”.
“¿Canción? Pero
si es un blues”, pensó Jack mientras se sentaba en
las escaleras junto a la puerta del salón, desde donde se
oía con claridad un piano. Estaba temblando. La carrera,
los nervios, la anticipación y... “¿eso que
suena es de verdad un blues?” Llevaba meses implorando a Rudy
para que le dejara asistir a una grabación de las que hacía
en su casa, meses de insistente acoso hasta que consiguió
doblegar la incredulidad del hijo de los Van Gelder, reacio a dejar
que un mocoso quinceañero se acercara a su equipo de grabación,
con el que llevaba un par de años trabajando para pequeñas
compañías de discos, que apreciaban la calidad de
su trabajo aunque el estudio fuera en realidad la sala de estar
de sus padres.
El piano enmudeció en cuanto
sonó una trompeta diáfana, que a Jack le sonó
a Miles Davis. A pesar de su edad, se tenía por experto en
jazz. Había heredado temporalmente los discos de su hermano,
que regresaba ese mismo día de Corea a tiempo para la Navidad.
Al poco sonó el tema, un blues, en efecto. Y de pronto, el
silencio, al que siguieron voces.
– ¡Monk!
– …
– ¿Por qué coño has hecho eso, hijoputa?
– ¿El qué?
– ¡Joder, ponerte a mi lado en mi solo y mirarme de
esa manera...!
– ¡Oh! Como no tenía que acompañarte no
me hacía falta quedarme sentado...
Jack llevaba un rato aprovechando
el resquicio que dejaba un cable que salía del salón
para observar a los hombres, todos negros, que reían mientras
el trompetista negaba en silencio sentado en una banqueta.
En eso se abrió la puerta
y oyó la voz de Rudy, sorprendido tras sus gafas de científico
despistado. “¡Ah!, hola Jack, pasa”. Rudy salió
y él entró. Nadie contestó a su tímido
“hola” y se sentó en una silla junto a la grabadora.
Había un hombre blanco hablando con el negro más alto,
que no parecía escucharle, mientras bebía a sorbos
de una botella de ginebra.
Rudy regresó y le indicó
a Jack dónde tenía que sentarse. Los músicos
volvieron a sus sitios, y el hombre blanco, a una señal de
Rudy, dijo: “Okey, Bags’ Groove, toma 2”.
Volvió a sonar el tema que
Jack había oído a través de la puerta. El bajista
tocaba con los ojos cerrados; el batería, en una esquina
del salón miraba al infinito; el vibrafonista estaba combado
sobre su instrumento como un interrogante. Cuando Miles terminó
su solo, Monk, el pianista, pareció revivir. A Jack le sonaba
de los discos de su hermano, y le recordó a la primera vez
que había probado la cerveza: le supo amarga, pero intuyó
que le acabaría gustando.
Unos días antes Jack y sus dos mejores amigos se habían
reunido en secreto para beber sus primeras cervezas y ojear el número
de diciembre de Playboy. Jack sabía que la revista publicaba
críticas de discos de jazz, pero aquel diciembre de 1954
la chica del mes era Marilyn Monroe, a la que él y sus amigos
estudiaron concienzudamente y en silencio mientras se pasaban la
cerveza.
De repente volvieron el silencio
y las voces. Jack notó que Rudy y el otro hombre blanco hablaban
en voz baja “... ahora hacemos uno de sus temas y todos contentos”.
– ¡Miles!
– ...
– ¿Satisfecho con esta toma?
– Sí, Ira.
– ¿“Bemsha Swing”?
– Vale. ¿Monk?
– ¿Puedo tocar en mi tema? – preguntó
Monk en tono sarcástico.
– Tú mismo – respondió Miles con desdén.
– ¡“Bemsha Swing”, toma 1!
Esta vez tocaron todos juntos y
Monk acompañó a Miles. Jack había oído
en disco a Miles Davis con Charlie Parker, y a Milt Jackson con
Monk, y nunca se los hubiera imaginado así. Miles era bajo,
delgado y apuesto. Thelonious Monk, casi siempre sonriente, era
enorme, rotundo y enigmático como su nombre. Milt Jackson
aparentaba estar serio, pero nada comparable al fuego de los ojos
de Miles cuando miraba al pianista.
Ésa fue la primera vez que
Jack oyó la trompeta de Miles en vivo, y estaba deslumbrado
por su luminosidad. Cada vez que se llevaba el instrumento a los
labios inundaba la habitación de una luz cálida y
aterciopelada. Jackson, a su vez, parecía un herrero arrancando
chispas al metal de su instrumento. Al fondo, el bajista y el batería
mantenían un latido constante que desde hacía un buen
rato tenía a Jack asintiendo rítmicamente.
Cuando llegó el solo del
pianista, Miles se acodó en la cola del piano mirando fijamente
a Monk. Éste no se inmutó y siguió tocando,
las manos rígidas, aleteando sus codos y pateando con fuerza
el suelo de los Van Gelder.
– Miles, ¿quieres otra? – preguntó
Ira al final del tema.
– Yo no – contestó Miles mientras estiraba el
brazo para sacar una partitura. – Acercaos al piano.
Miles se sentó, desplegó la hoja y les explicó
el tema “... y después coros de 32 compases, con estos
acordes...”
– ¿Qué tal?
– ¡Oh! – repuso Jack sobresaltado – Muy
bien, muchas gracias, Rudy.
– ¿Quieres beber algo?
– Oh no, muchas gracias.
– ¿Ira?
– Una cerveza fría.
Rudy regresó con una cerveza,
que le pasó a Ira cuando éste se alejó de su
preciado equipo. A pesar de su apariencia, con sus gafas y su flequillo
perfectamente peinado, Rudy era el señor del castillo y sus
palabras eran órdenes. Si Ira se quería tomar una
cerveza, tenía que sentarse lejos de su instrumental. Los
músicos –con quienes nunca coincidía más
allá de aquellas paredes– también obedecían
ciegamente sus indicaciones, pero no por sumisión, sino porque
sabían que Rudy se tomaba la música tan en serio como
ellos.
El grupo alrededor del piano se
disolvió. Las indicaciones de Miles no bastaron para evitar
varios comienzos en falso y algún tropiezo. El tema era poco
más que una escala, pero la novedad y las interjecciones
de Monk hicieron que Miles parara varias tomas.
Jack estaba anonadado. Se sentía
aislado del mundo, ajeno al zafarrancho culinario que estaba montando
su madre, como en todas las Nochebuenas, a escasos metros de donde
estaba él. Su hermano estaría ya de camino desde Nueva
York. Caía la tarde y el sol ocre proyectaba las sombras
de los árboles sobre las cortinas que había detrás
de Jackson.
Por fin arrancaron con el tema. Jack reconoció un par de
viejas canciones en el solo de Miles y notó que a veces Monk
dejaba de tocar para escuchar mejor al bajo y a la batería,
perfectamente engranadas en un swing infeccioso. El batería
sonreía mirando al infinito. Estaba concentrado en la música,
pero a la vez pensaba en si debía mudarse para siempre a
París. Ya había vivido allí una temporada y
le tentaba la idea. Y el Modern Jazz Quartet, que se acababa de
formar, no terminaba de convencerle.
Cuando terminaron, Miles pidió
cinco minutos para salir a fumar un cigarrillo. Percy, el bajista,
y Milt Jackson le siguieron, dejando atrás a Monk y a Kenny
Clarke, el batería, que tomó asiento junto a Monk.
Le echó un trago a la botella de ginebra y empezaron a tocar
juntos. “¡Hey, ‘Epistrophy’! ¿Ésa
la escribisteis juntos, no?”, preguntó Ira desde el
otro lado de la sala. Clarke explicó que sí, pero
que se la había enseñado Charlie Christian. Monk asintió
y empezó a tocar una balada, mientras Clarke se sumía
en sus pensamientos. Hacía ya más de diez años
que él, Monk y Christian tocaron juntos en Minton’s.
Antes de la guerra. Antes de regresar de Europa a un país
de racistas desagradecidos.
– Eso es lo mejor que has escrito jamás,
hijoputa – le espetó Miles a Monk según entraba
en el salón. Dirigiéndose a todos, añadió:
– “The Man I Love” y nos vamos a casa y –
se giró hacia Monk – no quiero tonterías. Monk,
en ésta tampoco me acompañes.
Monk no dijo nada. Pero entonces, pasada la introducción
de Jackson, en mitad del primer solo de Miles, Monk sobresaltó
a toda la concurrencia:
– Rudy, ¿el baño, por favor?
La retahíla de juramentos
que profirió Miles terminó por helar el ambiente de
aquella habitación. Monk ya se había levantado del
piano cuando Miles se encaró con él, llamándole
negro de mierda entre muchas otras cosas. Monk le contempló
en silencio, giró sobre sus talones y salió de la
habitación para ir al baño. Miles se terminó
la botella de ginebra, siguió jurando y mascullando entre
dientes “... se va a enterar...”
– Miles, ¿seguro que aún quieres
tocar “The Monk I Love”? – preguntó Jackson,
irónico.
– Su música me encanta, tío, pero él
es un hijoputa como la copa de un pino– repuso Miles, algo
más calmado.
Jack sintió la mano de Ira
sobre su hombro. Estaba aterrorizado. Nunca había visto a
un grupo de negros tan de cerca, y menos aun, tan enfadados, y temía
que se enzarzaran en una pelea. Cuando Monk regresó, se sentó
al piano y dijo sonriendo plácidamente “listo; cuando
quieras, Miles”.
Éste volvió a jurar
en voz baja, volvieron a empezar y consiguieron una toma completa.
La introducción de Jackson y la luminosa trompeta de Miles
devolvieron la calma a la sala, y a Jack se le humedecieron los
ojos. Hacía dos años que no veía a su hermano
mayor, a su héroe. Al llegar el solo de Jackson, subió
el tempo y al momento se contagiaron todos del implacable swing
y la inventiva del vibrafonista. Hasta que llegó Monk, que
se limitó a tocar la melodía, pero en cámara
lenta. De pronto Jack sintió una gran desazón. ¿Y
si no volvía a ver a su hermano? Cuando Miles tomó
el relevo como voz principal, Jack casi deja escapar un suspiro,
aliviado por la suavidad de aquella trompeta de San Luis, absorbente,
que le aisló por un momento del mundo exterior, del hermano
mayor al que no veía desde hacía dos años,
de su madre, a la que debería estar ayudando, de la cerveza,
de Marilyn, del béisbol. En aquel trance, el mundo había
dejado de existir más allá de aquellas cuatro paredes.
Ira y Miles hablaron brevemente,
y acometieron una nueva toma. Ya era noche cerrada. Las farolas
iluminaban la calle y proyectaban las sombras de los primeros copos
de nieve de aquel invierno, que empezaron a caer cuando Jackson
abrió con cuatro compases de genuina ternura. Aquellos adultos
negros, serios, casi agresivos, escondían una sensibilidad
trágica, que hacía que a Jack le faltara el aire,
especialmente cuando Miles parafraseó lentamente la melodía.
Como antes, Jackson sorteó ágilmente los obstáculos
que Monk iba arrojándole en su camino, y éste volvió
tocar la melodía en cámara lenta, espaciada. Hasta
que se detuvo en seco.
En una fracción de segundo
el estupor se adueñó de los rostros de todos los presentes,
salvo en el de Monk, que sonreía plácidamente mientras
escuchaba a Percy y Kenny destilando swing. Jack se estremeció
al ver a Miles levantarse, pero éste se limitó a tocar
desde el fondo de la sala, caminando hacia el micrófono y
mirando fijamente a Monk, que dio un respingo al oír a Miles
y sin perder el compás retomó su solo, esta vez en
tiempo real. Jack aún esperaba una pelea al ver cómo
el pianista y el trompetista se miraban fijamente, pero entendió
que no ocurriría nada al oír cómo Monk le cedía
el paso a Miles, con sus respectivas melodías entrelazadas
en un efímero tango de pasión y swing, más
allá del amor o el odio. Cuando Miles se calzó la
sordina, la luz alegre que irradiaba su trompeta se tornó
mortecina, agridulce, con sombras. Jack, Rudy, Ira, todos sintieron
un escalofrío cuando Miles retiró la sordina y parafraseó
“'Round Midnight”, la balada de Monk. Éste sonrió,
asintiendo en silencio.
Jack estaba traspuesto, agotado
por tanta emoción. No alcanzó a oír a Ira felicitando
a Miles y a éste quejándose por las ventas de sus
discos y amenazando con pasarse a una gran compañía
como Columbia. Cuando Rudy terminó de empaquetar la cinta
para dársela a Ira, se dirigió a Jack:
– Bueno Jack, supongo que
es hora de irse.
Jack se levantó en silencio,
ajeno a los músicos, que ya se iban. Clarke le sonrió
al pasar con su batería ya plegada.
Cuando salió al porche, Jack vio la silueta de un hombre
con un bulto a la espalda andando hacia su casa. Salió corriendo
y arremetió con tal fuerza contra su hermano, que cayeron
los dos rodando por la nieve, aún inmaculada. Tom estaba
completamente sorprendido por la arremetida, por lo que había
crecido su hermano pequeño, por el despliegue masivo de cariño
y porque Jack lo dejó tirado en el suelo y volvió
corriendo hacia la casa de los Van Gelder.
Aún con nieve en el pelo
se acercó a los músicos, que estaban deseándose
feliz Navidad antes de repartirse en dos coches, y les dio las gracias:
– No había oído nada tan bonito
en mi vida.
Saludó con la mano a Rudy y, a la vez que
corría para volver a derribar a su hermano, se le quebró
la voz al gritar:
– ¡Feliz Navidad!

© Fernando
Ortiz de Urbina, 2004
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