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Señor
crítico -dijo Max
Reger- estoy sentado en la habitación más pequeña de la casa,
tengo su crítica delante de mí, dentro de unos instantes estará detrás
.Así de sencillo, he aquí una crítica más con rumbo liquido, un
vistazo a la música de unos tipos que hacen música reconstruyendo los
recuerdos de su cinexin. La banda sonora de una barba,
de una villa tropical, un vinilo escuchado con los ojos, el oído
de un compás de hexaedros. No parece haber indicios de crimen pero
tienen algo sospechoso. Quizá
tengan una maquina del tiempo y se roben a sí mismos las notas
que produciran 20 años para adelante o tal vez tengan un resonador
de ecos esculpidos retrógradamente por ruidos que están por
sonar. No sabría decir.
En deaDCapo las musas acuden en forma de lavadoras que hacen collages
estupendos con todas las manchas que arrancaron en sus vidas. Con su
tarta de cumpleaños detrás de una urna aún caliente, son un estornudo
encerrado en un grifo, un calendario lleno de inviernos, la carta
cantada de un restaurante de Urano. A veces se oyen confidencias
Debussyanas en forma de preludios: suena como una catedral
sumergida, la intuición de un gesto que está apunto de producirse. Acérrimos
enemigos del Dios cronos, mientras tocan acaban introduciendo el
transcurso en un ascensor. Estos tipos insisten con su funk munchiano
en hacer una codificación matemática de un acto lisérsigo, un berrido
de cometa y dentista. Son el
karaoke de los pájaros, un teléfono que no suena, un
Shostakovich Satierizado. De vez en cuando como en Capuccino aparece un momento sublime en que todo se para y
aparecemos tomando un Saimaza con Dios: -¡no se chico! a mi lo de la
costilla me da
yuyu-- deaDCapo son un Adán con camisas frutodélicas y unas
varas como baquetas de éVa-no. En Capuccino
viene a visitarnos un poco de Nino Rota para apadrinar
ostinatos de frases partidas con una precisión microscópica,
como loopas
de aquellos momentos musicales que nunca acabamos de fijar su
procedencia.
Si existiera un Freud de las armonías se daría un festín con estos
tipos. Aparecen toda clase de patologías e irreverencias musicales. A
mi me saben. Son de un Mingus atareado y apaleado a la vez, más claras
pero agujereadas como un queso. Hay un pequeño Schoenberg entre las
cuerdas y un hombre del saco estrellado en el miedo de nadie. Sam está
hasta las narices de tocarla otra vez y le ha robado el garito a Bogart.
Al oírlos viene a buscarte un gato callejero que se sueña a sí mismo
flotando entre sonidos de Mancini. Hay un glam que se sacude como una
estera y se cadencia 10 veces hasta asomar la risa. Un trópico
de cáncer con esa censura de
mogambo llena
de incestos y de-formaciones simpatiquísimas. Se hace sonar el espejo
de feria y aparece un
Malher
aFellinando como la zona fantasma de los tres malvados de
Superman. Herederos del cine mudo, se pasean por un sonido ciego capaz
de nublar la intención de cualquier juicio. La trampa es una calcamonía
de tímpanos que
habita en sonidos hechos de movimientos de norias: el telescopio
de una olla que se aleja , lo compatible con la impresión posterior a
un asesinato, todo acude a sus tritonos para devorar la calma. Las
intros guardan la
forma de un marcapasos de anocheceres y tienen una cocina acusmática
de 9 lustros pegada a los dedos. Después de gélidos fragmentos te
sumergen en tan
inusitados calipsos que
te dan ganas de ponerle bañadores a las orejas. En sus cadencias pueden
inyectar la resonancia a la pausa como una llamada perdida,
resaca cítrica con viagra de ecos.
Sus componentes son tipos misteriosos que tienen por olla un algoritmo
de puzzles y un carnet político de quirófanos. Algunos dicen que sus
pijamas tienen forma de bata y otros que solo ponen la TV cuando van al
trono. El bajista tiene por costumbre ponerle alas de insecto a sus líneas
y dice dedicar el tema 5 a una cucaracha que arranco de las
garras de la muerte. Suele tomar aspirinas de silencios y parece ser que
es capaz de deshabitar una nevera en segundos. Es un playa anotada
dentro de una hipoteca, un juego de damas con jaque y un transformador
musical de los documentales de Costeau. Entre sus aficiones destaca la
de rasguear compulsivamente su bajo como un arpa, cual Cicerón, cuando
ríen a su alrededor; también sabe de discursos cetáceos. Del batería
se dice que compuso una sinfonía percusiva donde cada golpe se
correspondía con un palabra de no se qué
libro de Sartre. Le encanta independizar todo sonido como un
aislador de muestras que formoliza cada corchea. Es un Webern con parche que locuta cuadros
de Seurat metidos unos en otros. Suele traficar con los tempos y
compra a toda pastilla espacios rítmicos donde el instante quede
congelado. Duerme dentro de un tambor que toca Cage y dice no querer
redoblar en directo su fill más exquisito por no desgastarlo . Se
comenta que entre sus aficiones destaca la de esponjar
los acentos
hasta convertirlos en espuma. El guitarra, de palindrómico
apellido con la nada,
parece ser que era un doctor afgano, y salió de allí después
de inventar una formula para sobrevivir sin glucosa. De pequeño su
padre le hacía escuchar los discos de dos en dos,
se conoce que de ahí desarrolló una extraña afición por
encontrar los sonidos del folclore lunar que sumados reconstruían los
temas. Le gustan las virutas de timbres que quedaron olvidadas en
pasillos de hospitales, los últimos ritmos de los tipos que se
marcharon. Asegura poder dividir el transcurso como a un átomo hasta
asesinarlo. Se dice que montó la banda como una terapia para rescatar a
los cuerdos de su universo sano.
No se les conoce a
los tres ningún atisbo de pertenecer a patria alguna, aunque
tampoco tienen intención
de viajar con los transportes convencionales. De la composición
no hacen más que una improvisación selectiva; no les gusta el saxo
soprano, ni los directos periódicos y les encanta el gurrusmeo mientras
graban sus discos.
Al fin y al cabo no son tipos que hacen música como un articulo
en un crónica sino que son atípicos que articulan música crónicamente:
ciudadanos Kane de una película con presupuesto de Sandwiches chinos.
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