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..:: CHARLIE PARKER: EL AVE FENIX DEL JAZZ

   
 


©Diego Ortega Alonso, 2005

 

   

De pie, las piernas con la separación justa, ni mucha ni poca, el saxo firmemente embocado, los brazos pegados a los costados, el rostro impasible, los ojos a veces cerrados, a veces abiertos con la mirada levemente estrábica, perdida en el infinito. Ésta es la imagen de Charlie Parker que se repite en cientos de fotografías y unos cuantos metros de película, la imagen de una esfinge, del solista con un dominio absoluto de su instrumento, orgulloso de su oficio, capaz de tocar tanto con las mejores orquestas sinfónicas como con el grupo de cualquier garito de tercera. Un virtuoso que, como sus lejanos predecesores del romanticismo europeo, no actúa para que el público baile sino para que escuche, para que venere la magia del hombre de edad indefinida, trajeado, casi inmóvil sobre el escenario, en su pugna por crear belleza.

La brutal sorpresa llega por el contraste de estas imágenes con la música que las acompaña, sea un veloz torrente de notas acentuadas según un swing sublime, sea la lenta declamación del lirismo sangrante de una balada. Esta inmovilidad de Parker cuando tocaba, limitada a lo indispensable, dedos, boca y pulmones, es quizás la mejor medida de su concentración en el momento, de la conexión directa entre la mente y el instrumento, hoy legendaria.

Es, precisamente, esta condición de leyenda la que dificulta la comprensión de Charlie Parker, persona y artista, aun después de medio siglo de su fallecimiento, a los treinta y cuatro años. Como suele ocurrir, la muerte temprana difuminó el personaje convirtiéndolo en mito, presa fácil para hagiógrafos, psicoanalistas de salón y místicos alucinados. En otros casos la mitificación ha sobredimensionado la importancia del personaje; en el de Parker, por el contrario, ha contribuido poco más que a hundir su legado en el lodo.

No es que Parker muriese joven. Más bien parece que condensó su vida en esos treinta y cuatro años: en su ecuador, a los diecisiete, el joven Charlie ya había dejado la escuela, se había casado, había sobrevivido un grave accidente de tráfico y ya era adicto a diversas sustancias, la heroína entre ellas. Consentido por su madre, se entregó a la práctica incesante del saxo alto en una ciudad, Kansas City, que era un nido del mejor swing, blues y boogie-woogie. Su experiencia con diversas orquestas y los modelos de Lester Young y Buster Smith pusieron a Parker rumbo a la metamorfosis en Bird, un ave del paraíso.

De los infinitos testimonios de primera mano que existen sobre Parker, la única conclusión cierta que se puede extraer es que era un hombre complejo y contradictorio; para algunos, generoso, para otros ruin; para éstos tímido y ausente, para aquellos, locuaz y sociable; para muchos, inteligente, para otros tantos, incapaz de cuidar de sí mismo. Lo que, en cualquier caso, no conviene olvidar, es que Parker vivió en primera línea de fuego la incomprensión, el rechazo y la ignorancia inherentes al pionero en cualquiera de las artes, además del racismo feroz, fuertemente arraigado en la sociedad estadounidense de la época. Cuando, en 1946, se desmayó en un estudio tras registrar una versión de Lover Man que él mismo repudió, no sólo se publicó el disco, sino que salió a la luz el relato sobre el colapso de Parker, después inmortalizado por Cortázar en “El Perseguidor”. Juicios estéticos aparte, cabe preguntarse si a alguien le importaba la desnudez indefensa del artista.

En lo estrictamente musical, hoy sabemos que las innovaciones de Charlie Parker y Dizzy Gillespie no fueron revolución, sino evolución, y aunque es imposible exagerar el papel del segundo como creador y difusor del nuevo estilo, fue Parker, con su meteórico impacto sobre toda la escena musical, el principal artífice de la conversión del Bop –etiqueta necia como pocas– en lengua franca del jazz. El nuevo estilo se contruyó sobre los sólidos cimientos del Swing, al que se añadieron nuevos acentos rítmicos, un mayor cromatismo en las melodías, y una expansión armónica tanto vertical –acordes ampliados–, como horizontal –sustituciones– resultantes en una música angulosa y disonante que puede sorprender al neófito. Sin embargo, el repertorio, especialmente en el caso de Parker, siguió alimentándose de dos tradiciones clásicas, la del teatro musical de Broadway y la del imperecedero blues, género éste del que Parker fue un intérprete consumado tanto en la sencillez de Now’s The Time, como en la sofisticación de Blues For Alice.

La sublimación del músico de jazz a la categoría de artista por encima del fatuo mundo del espectáculo es, en definitiva, el legado de Charlie Parker, miembro de una generación que vio en el jazz no sólo un reto musical sino una vía de escape a la condición de ciudadano de segunda. Parker apenas gozó de nueve años de carrera musical en primera fila, en un entorno hostil y víctima de sus propias debilidades, sus diversas adicciones y, hacia el final de sus días, la creciente dependencia del alcohol y tragedias personales como la muerte de su hija Pree a los tres años. Y aun así, cada vez que embocaba el saxo todas las miserias mundanas parecían eclipsadas por la majestuosidad de su música, una obra tan fascinante para el musicólogo como para el mero oyente.

Dicen que el mejor juez del arte es el paso del tiempo. La música de Parker es exigente, pero la recompensa al esfuerzo que requiere la primera aproximación es la inmersión en un conmovedor torbellino musical de sensaciones tan dispares como el dolor, la alegría, el lirismo romántico, la ironía y, siempre, la pasión. Sus grabaciones en directo, sin las restricciones de los estudios, son quizás el mejor referente para una obra que se ha copiado hasta el hastío, desde la servil imitación hasta la derivación extrema del Free Jazz. En raras ocasiones se han alcanzado estas cotas de expresividad, de la música como fiel expresión de emociones. Tan solo una advertencia: una vez se disfruta a Bird, ya no se abandona nunca.

Artículo publicado originalmente en la revista mexicana "La Tempestad" © Fernando Ortiz de Urbina, 2004

   
   

Fernando Ortiz de Urbina
es traductor. Escribe artículos sobre música desde 1993 y ha colaborado con El Diario Vasco (San Sebastián), Radio Euskadi (Bilbao), Jazzwise (Londres), La Tempestad (México) y www.teoria.com (Puerto Rico). Actualmente es el corresponsal en Londres de Cuadernos de Jazz y prepara una discografía de Eddie Costa.