VISA POUR L’IMAGE 2020 / 32º Festival Internacional de Photojournalime (del 20 de agosto al 27 de setembre de 2020 / Perpignan -France-) [Artículo] Por Joan Cortès

A pesar de la pandemia se ha celebrado la 32ª edición de Visa Pour l’Image, festival de fotoperiodismo de referencia internacional que se celebra en la ciudad francesa de Perpignan. Se ha llevado a término con algunos retoques. Han disminuido, ligeramente, sus exposiciones a veinte (en los últimos años oscilaban entre 24 y 26), que han sido ubicadas en tan sólo tres espacios (cuando se repartían entre unos ocho). Se han incrementado las dos semanas habituales en dos fines de semana más y han readaptado las proyecciones nocturnas que se celebraban durante la primera semana.

Los tres espacios expositivos están muy próximos, a tocar el uno del otro. El Couvent des Mínimes (que alberga 15 exposiciones), La Église des Dominicans (con 4 exposiciones) y La Caserna Gallieni (con la selección de la prensa cotidiana internacional).

 

Église des Dominicans

En el reducido espacio de la Chapelle de la Funeraria du Campo Santo, con cien sillas de plástico, se pudieron ver durante las dos primeras semanas y a lo largo de todo el día, las proyecciones en bucle de lo que en anteriores ediciones se proyectaba al aire libre, en la pantalla gigante del recinto del Campo Santo, en las denominadas Soirées. Cada noche se iniciaba con un resumen de las noticias más remarcables desde la edición anterior, repartidas en grupos de dos meses consecutivos por jornada. Se completaba con el pase de distintos documentales fotográficos, montados de forma dinámica, con una, dos o tres imágenes abarcando toda la pantalla y una banda sonora seleccionada con criterio y buen gusto. También contaba con la presencia de algunos de sus autores. Se aprovechaban las veladas para ir entregando los galardones de los distintos premios del festival (en esta edición han sido quince).

Recinto Campo Santo con la Chapelle  Funeraria a la derecha

Por citar sólo cuatro trabajos, destacaremos, Les derniers des Mohana (Los últimos mohanes) de Sarah Caron, 22 fotografías a color, en distintos formatos sobre lona plastificada y que rompe con la estricta rigidez del formato uniforme de las otras exposiciones. Un proyecto dedicado a la última población flotante, en peligro de desaparición por la contaminación de las aguas, del lago Manchar situado al sur del Pakistán.

Chapelle Funeraria / Proyección-resumen mensual con un recuerdo para Peter Beard

Une plannète noyée dans le plastique (Un planeta ahogado en el plástico), de James Whitlow Delano, una cuarentena de fotografías en color, con las consecuencias del excesivo consumo y posterior desecho de los plásticos no reutilizables. Algunas de ellas muy sobrecogedoras y que invitan a la reflexión.

 

Église des Dominicans / Les  derniers des Mohana

Pandémie(s) [Pandemia(as)], una sesentena de fotografías a color, de diferentes fotoperiodistas realizadas en distintos lugares del mundo. Un trabajo coral relacionado con los efectos del confinamiento a causa del Covid-19.

Couvent des Minimes / Une plannète noyée dans le plastique

Le visage humain du Covid-19 à New York (El rostro humano del Covid-19 en Nova York), de Peter Turnley, con 55 fotografías en exquisito blanco y negro y con una fuerte componente visual, dedicada a las “víctimas y héroes o ambos a la vez” de la pandemia en Nova York.

Couvent des Minimes_Pandémie(s)

Se ha publicado el catálogo correspondiente, como es habitual desde 2008 año del 20º aniversario, en edición bilingüe francés/inglés, que incluye una selección de seis fotografías de cada proyecto, el texto introductorio y una imagen del autor/a.

Couvent des Minimes_Le visage Humain de Covid-19 à New York

Este año los programas de mano sólo han sido impresos en los dos idiomas mencionados y no en la versión catalana ni en la castellana como también era costumbre, aunque se podían descargar en la entrada con el código QR.

Todas las imágenes de las veinte exposiciones, con sus introducciones y sus pies de fotos, se pueden visionar en la web del festival (www.visapourlimage.com).

Un festival tan interesante como recomendable.

Texto e imágenes: © Joan Cortès, 2020




Charlie Bird Parker: «Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver». [Artículo] Por Enrique Farelo

Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver

La frase es atribuida a James Dean pero en realidad fue pronuncia por John Derek en la película Llamad a cualquier puerta, dirigida por Nicholas Ray en 1949 y protagonizada por Humphrey Bogart.
La frase se ajusta como un guante y define a la perfección lo que fue la vida de Charlie Bird Parker, una vida breve e intensa, con problemas con el alcohol, las drogas y varios ingresos psiquiátricos que apenas le dieron para permanecer en el mundo 34 años.

Charlie Parker fue hijo único y perteneció a una familia desestructurada, con un padre como Charles Parker que era bailarín de claqué y que abandono pronto el seno familiar y a su hijo con apenas 12 años. Este revés bien pudo suponer que el joven Parker se adentrara en el consumo de alcohol y drogas como la marihuana y la heroína; de hecho a la edad de 15 años afirmó:

“Todo vino por entrar en la vida nocturna demasiado pronto… Cuando no has madurado lo suficiente para saber qué está pasando, la cagas”.

En 1936 se casa con Rebecca Ruffin y meses más tarde sufre un grave accidente de coche con diferentes fracturas que le producen fuertes dolores que mitiga con morfina, lo que favorece, aún más, su adicción a la heroína. En 1938 nace su primer hijo, Leon Francis Parker.

Su juventud viene marcada por una vida dura y lamentable. En 1939 apenas resiste en la ciudad de Nueva York, dedicándose a la limpia de locales y el lavado platos en los nightclubs.

Dos nuevas y breves uniones matrimoniales completan su azarosa vida. En 1943 se casa en Washington con Geraldine (Gerri) Scott y en 1948 vuelve a contraer nupcias en Tijuana con Doris Sydnor, matrimonio que la heroína se encargaría de destruir.

“La mayor estabilidad emocional” la obtuvo a partir de 1950 al lado de Chan Richardson con la que no llegó a casarse y con la que tuvo dos hijos. Pree, nacida en 1951 y Baird, nacido en 1953.

En ese año, 1953, la noche del 15 de mayo en el Massey Hall (Toronto, Canadá) esperaban las cuatro figuras principales del be-bop: Dizzy Gillespie, Bud Powell, Charles Mingus y Max Roach, y también esperaban que lo hiciera Charlie Bird Parker, pero éste se presentó sin instrumento tras haberlo empeñado a cambio de droga, lo que provocó que tuviera que tocar con un saxofón prestado de plástico en el memorable The Greatest Jazz Concert Ever.

El hecho de la venta del saxo a cambio de la adquisición de la droga y el fallecimiento de su hija Pree, en ese mismo año, a causa de una neumonía mal tratada por la escasez de medios económicos del músico, supusieron un punto de inflexión tan negativo como para llevarle al borde de la muerte con dos tentativas de suicidio en 1954; igualmente, en ese mismo año, le prohíben la entrada en el club neoyorkino que habían bautizado con su nombre, Birdland.

El deterioro de su salud física y mental le llevó al ingresó voluntario en el Bellevue Hospital de Nueva York durante 3 meses.

Así irónica y paradójicamente el día 12 de marzo de 1955 el hombre y el músico que transformó el jazz en Arte dejó el miserable mundo que le tocó vivir. Y lo hizo riendo a carcajadas ante un programa de televisión en el apartamento de Manhattan de su buena amiga, mecenas del jazz y hermana de Lord Rothschild, la Baronesa Pannonica de Koenigswarter.

Los 34 años vividos parecieron entre 50 y 60 como bien constataba el médico que certificó su defunción.

Su vida fue “sexo, drogas y jazz”. Casi con este slogan podríamos decir que también fue un abanderado y un pionero de lo que años más tarde acuñó el mundo del Rock.

Y no solo fue pionero en slogans también se adelantó a su tiempo como muerto prematuro.

Le siguieron una legión de músicos del mundo del rock tales como: Janis Joplin, Jimi Hendrix, Jim Morrison, Brian Jones etc.

Por todo ello, Charlie Bird Parker fue genio y figura: Vino a este mundo llorando como todos y se fue riendo como ninguno.

Texto y dibujo: © Enrique Farelo, 2020




Toni Belenguer In Memoriam


Toni Belenguer (fallecido en 2020)
Pablo Martín Caminero Quintet
6 de septiembre de 2018
XXX Eivissa Jazz
Baluard de Sta. Llúcia (Eivissa / Ibiza)

Fotografía: © José Luis Luna Rocafort, 2020




Reggie Johnson In Memoriam


Reggie Johnson (1940-2020)
Four Others: Saxophones on Holiday 
20-marzo-2011
30è Festival Jazz Terrassa
Teatre Principal, Sabadell -Barcelona-

Fotografía: © .Joan Cortès, 2020




Gary Peacock In Memoriam

You’ve talked about approaching each playing experience as if you were a beginner. What do you mean by that?

You’re always at the beginning. That’s an attitude that can be understood intellectually. It’s an attitude that can be conceptualized. If it becomes real, then it does change things. If you’ve come close to death a few times or what you thought was death, you’ve realized there’s no guarantee that you’re going to be alive in the next instant. So my approach to playing is the realization that there are no guarantees anywhere. So where do I want to be, what kind of state to do I want to be in when I’m playing? It helped me to be really focused in a profound way and be really present.

Gary Peacock (1935-2020)

Entrevista publicada en https://jazzlands.wordpress.com/2010/02/11/gary-peacock-youre-always-at-the-beginning-bass-player-magazine/ realizada por philipb1961

Fotografía tomada en el 18è Jazz Terrassa Festival, el día 09 de marzo de 1999, en una actuación a trío con con Paul Bley y Paul Motian. © .Joan Cortès, 2020




Charlie “Bird” Parker, cien años de leyenda. Por Jan Tilkut [Artículo de jazz]

Por Jan Tilkut.

El pasado 29 de agosto se cumplieron cien años del nacimiento de quien estaba destinado a convertirse en una estrella fulgurante de la música jazz, una estrella que, como las de verdad, como las que están allá arriba en el firmamento, continúa brillando mucho después haberse ido.

 

 

Charlie Parker en el Three Deuces, 1947. Fotografía por William P. Gottlieb – https://www.flickr.com/photos/library_of_congress/4843755786/, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=20705291

Con su nacimiento, el 29 de agosto de 1920, Parker dio comienzo a una década excepcional en la que irían llegando, una tras otra, figuras enormes, músicos que iban a hacer historia en el jazz del siglo XX: Miles Davis, Chet Baker, Paul Desmond, Stan Getz, John Coltrane… No cabe duda, pues, de que los astros se alinearon durante esos años y marcaron el destino de estos músicos excepcionales que vivieron rápido, hicieron buena música y se fueron pronto, todos ellos.

Pero hoy en Tomajazz homenajeamos a Charlie Parker, el primero en llegar y el primero en irse, ese del que dicen que fue capaz de dividir la música jazz en tan solo dos categorías: la que se había hecho antes de él y la que se hizo a partir de su llegada. Así de grande fue la huella que dejó este cat, al que por una ironía del destino llamaban también bird.

El joven Charlie vino a nacer en Kansas City, pero en “la buena”, la que está en el estado de Kansas; no en “la mala”, que se encuentra en Missouri, a solo unos siete kilómetros de distancia, aunque lo cierto es que no iba a tardar mucho en darse cuenta de dónde estaba la diversión de verdad. A los once años de edad, empezó a tocar el saxofón en las clases de música de la Penn School y un par de años más tarde en la Lincoln High School, en cuya banda de música tocaba el saxo barítono, lo que a su madre no le hacía mucha gracia, porque era casi tan grande como él y “le empequeñecía”. Así que, en cuanto pudo le compró un saxo alto, que, irónicamente y a pesar de su nombre, es más pequeño.

El repertorio de los jóvenes músicos incluía piezas clásicas, espirituales, y temas diversos de compositores afroamericanos, como Samuel Coleridge-Taylor, William L. Dawson o John Thomas Douglass. No fue gran cosa, pero esa iba a ser la única formación musical ortodoxa que recibiría en toda su vida. El resto de sus conocimientos los adquiriría a través del contacto directo con músicos profesionales, que, o bien le tomaban como aprendiz, o bien le servían de modelos a los que imitar. Eso, una cantidad considerable de trabajo duro ensayando en patios traseros, y una buena dosis de talento personal —el genio innato que Charlie Parker llevaba dentro—, sería lo que acabaría haciendo de él en apenas unos años una figura legendaria en la historia del jazz.

Sin embargo, de la escuela Penn, se llevó algo más que le acompañaría durante el resto de su vida profesional: su apodo, yardbird. Según contarían más tarde sus antiguos compañeros, en cierta ocasión y para participar en un concurso de disfraces, los niños se vistieron de aves, con alas y plumas incluidas. En un momento dado, el profesor de música se dirigió a ellos diciéndoles: “¡Vosotros, ‘yardbirds’ (aves de corral, gallinas, pollos), entrad en la escuela!”. Al pequeño Charlie el término se le quedó grabado y desde entonces comenzó a referirse al “pollo”, su comida favorita por aquel entonces, como “yardbird”, algo que al resto de sus compañeros les hacía mucha gracia y, ya se sabe lo que son estas cosas, yardbird se convirtió desde aquel momento en el sobrenombre que le seguiría a todas partes, si bien con los años quedaría reducido a “bird”, Charlie “Bird” Parker.

Los compañeros de escuela guardarían buen recuerdo del joven Charlie y hablarían, más tarde, de un chico inteligente y agradable, que repetía una y otra vez que quería ser músico. Es cierto que no destacaba en los estudios, pero tampoco se metía nunca en problemas y eso, en aquellos momentos, ya era mucho. De todas formas y como decimos más arriba, Charlie no tardó en darse cuenta de que la diversión de verdad estaba los nightclubs de la Kansas City de Missouri, en donde se estaba gestando una nueva corriente jazzística separada de lo que en aquel momento hacían las big bands.

Y este es el momento de detenerse a hablar un poco del lugar donde esta pequeña revolución musical estaba ocurriendo, y no por casualidad, sino porque a menudo los cambios se producen en lugares así. Decir que Kansas City, durante los años treinta, era una “ciudad sin ley” sería un poco exagerado, pero la realidad no andaba lejos. Fueron los años del alcalde Tom Pendergast, que dirigía el municipio en el mejor estilo del político corrupto y sin escrúpulos que el cine convertiría en tópico algunos años más tarde. Durante su mandato, las drogas, el juego y la prostitución estaban al alcance de la mano de quien quisiera tomarlos, por lo que Kansas City (la de Missouri, que quede claro) se ganó el merecido apodo de Ciudad del Vicio.

Situada en el centro del país era un auténtico cruce de caminos, tanto del ferrocarril como de las recién nacidas líneas aéreas; todo el mundo se detenía allí, antes de seguir su camino a otra parte. Había un dicho que resumía el estado de cosas y que, más o menos era como sigue: “Ve a Kansas City, pásatelo bien, y lárgate cuanto antes”. En lugares como este, donde se encuentran gentes procedentes de sitios muy diversos y con bagajes culturales —musicales, en este caso— muy distintos, a menudo se produce una mezcla, una fusión de todo ello, que da lugar a nuevas formas de expresión. Surgen elementos que comienzan siendo híbridos y que terminan como algo totalmente original.

Así pues, los gatos de Kansas City pronto desarrollaron un estilo propio que los hacía reconocibles allí donde quiera que fuesen. Había clubs nocturnos con música en directo por toda la ciudad, pero en especial en el centro, en las inmediaciones del cruce de la Calle 18 con Vine, y solo sus nombres ya dan una idea del ambiente que se respiraba en ellos: Hell’s Kitchen, Hay Hay Club, Hawaiian Gardens, Dante’s Inferno… Las sesiones se extendían a menudo hasta el amanecer, y surgió entre los músicos una dura competencia por ofrecer lo mejor de sí mismos, por ir más allá que los del club de al lado. Era un ambiente que estimulaba la creatividad, y los solos de los instrumentistas se convirtieron en exhibiciones que pretendían mostrar algo más que la mera habilidad musical.

Los músicos de Kansas City se enorgullecían de interpretar las piezas de memoria, sin partitura, lo que inevitablemente terminaba generando una cierta espontaneidad e improvisación. Así que, quien quisiera integrarse en una de estas bandas tenía que ser capaz de seguir a los demás músicos cuando estos decidían apartarse de la melodía tradicional y comenzaban a explorar por territorios desconocidos. Uno de los elementos que terminarían convirtiéndose en un rasgo de identidad de la música proveniente de Kansas City eran los complejos ostinatos o riffs, introducidos en la melodía principal por dos o más músicos, o secciones de instrumentos, que “creaban una frase musical” nueva, repetida a lo largo del tema.

El “invento” no tardó en ser exportado a otras partes del país, con la banda de Count Basie como su mejor exponente y la de Glenn Miller, que lo lanzó al mundo con su composición “In the Mood”. Algunas décadas después, serían bandas de rock bien conocidas —Black Sabbath, The Kinks, Radiohead— quienes harían uso frecuente de los riffs en sus canciones.

Esa venía a ser la situación, musicalmente hablando, cuando Charlie hizo su aparición, dejándose caer por los nightclubs, siempre con su saxo a cuestas, observando a bandas como las de Count Basie o Bennie Moten o al saxofonista Lester Young, aprendiendo de lo que oía y, en ocasiones incluso haciendo sus pinitos cuando le dejaban subir al escenario. Por desgracia, fue en esa época cuando empezó también su relación con la droga, que ya no abandonaría nunca. La heroína fue durante muchos años omnipresente en los backstages del jazz y fueron muchos los músicos que destrozaron su vida por culpa de la aguja.  Parker: “Todo vino por entrar en la vida nocturna demasiado pronto… Cuando no has madurado lo suficiente para saber qué está pasando, la cagas”. Tenía quince años.

Al año siguiente, en el Reno Club, tuvo lugar un incidente que se menciona a menudo: al joven e inexperto Charlie le han dejado unirse a una jam session en la que toman parte músicos veteranos, muchos de ellos miembros de la banda de Basie. Interpretan “Honeysuckle Rose” y Charlie se lanza con un solo, pero se equivoca en un compás. Inmediatamente, el batería Jo Jones arroja uno de los platos de su instrumento a la pista de baile, imitando el sonido del gong con el que Edward Bowes señalaba los errores de los músicos en su famoso programa de radio “Amateur Hour”. Risas generalizadas. Charlie, humillado, recoge sus cosas y se marcha a su casa, tragándose la rabia.

No le sentó nada bien y en los meses siguientes se dedicaría a practicar incansable en el patio trasero de su casa. Ese año, 1936, fue complicado para él: aparte del incidente en el Reno Club, se casa por primera vez y sufre un grave accidente de tráfico, que le deja secuelas permanentes y le provoca intensos dolores que requieren del uso de morfina para hacerlos soportables. Si tenemos en cuenta que ya había adquirido el hábito de consumir heroína, bien podemos decir que se juntó el hambre con las ganas de comer.

Fotografía de William P. Gottlieb. The Library of Congress – [Retrato de Charlie Parker, Carnegie Hall, New York, N.Y., ca. 1947] (LOC), Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=42836547


En todo caso, Charlie Parker está decidido a hacer carrera como músico y se esfuerza todo lo que puede por mejorar con su instrumento. Al año siguiente, en 1937, lo contratan en los hoteles de veraneo de las Montañas Ozark, donde forma parte de la banda del cantante George E. Lee, y para cuando vuelve asombra a todos con la destreza adquirida. Se une al grupo de Jay McShann, con quien hace buenas migas y donde aprende del veterano saxofonista Henry “Buster” Smith, pero sigue consumiendo regularmente y McShann es estricto en este tema. Tras varios avisos le echa de banda.

Hacia 1939, las cosas empiezan a ponerse feas en Kansas City. Se producen varios tiroteos entre los hombres del alcalde Pendergast y los federales, le acusan de evadir impuestos (¡del dinero cobrado por sobornos!), y lo meten en la cárcel. Fue el toque de queda para advertir a todo el mundo que la fiesta se había terminado. Los clubs cierran y los músicos, nunca mejor dicho, se desbandan. Charlie reúne un poco de dinero y se marcha a Nueva York, siguiendo a McShann y con la esperanza de que le readmita en el grupo.

En esa época y según diversos testimonios, su estado es lamentable. Lleva una vida dura en la que se dedica a limpiar locales y a lavar platos en los nightclubs. Por otro lado, es innegable que sabe tocar su instrumento, no es del montón ni mucho menos, y poco a poco consigue volver a subir a los escenarios. Es entonces cuando se produce una especie de epifanía, mientras interpreta el tema “Cherokee”, de Ray Noble, junto con el guitarrista “Biddy” Fleet. Más tarde, los amigos de Charlie a quienes les contó el incidente ayudarían a reconstruir, más o menos, su relato de los hechos: “Recuerdo que una noche estábamos en una jam, en un local de la Séptima Avenida. Era diciembre de 1939. Yo estaba un poco aburrido de los cambios estereotipados que se utilizaban por aquel entonces. Yo oía algo (en mi cabeza), a veces, pero no era capaz de tocarlo. Bueno, pues esa noche, mientras interpretaba “Cherokee”, me di cuenta de que utilizando los intervalos más altos de un acorde como una línea melódica y apoyándola con los cambios apropiados, podía tocar lo que escuchaba. Sentí que volvía a la vida”. Aquello fue el origen de un nuevo estilo, el bebop.

Si musicalmente fue un buen momento memorable, lo cierto es que su vida privada era un desastre y desaparecía durante semanas sin que nadie supiese nada de él. Finalmente, regresa a Kansas City, al hogar familiar para asistir al entierro de su padre. Se junta por un tiempo con la banda de Harlan Leonard y más tarde convence a Jay McShann para que le deje unirse a ellos una vez más.

Cuando comienza la década de los cuarenta, Parker tiene diecinueve años, pero, como suele decirse, ha vivido mucho y musicalmente ha ido acumulando una valiosa experiencia, aprendiendo siempre de los músicos con los que toca. Continua con McShann durante casi tres años, y si bien sus problemas con la droga (no olvidemos que no era el único músico que los tenía, ni mucho menos) siguen presentes, el ambiente de creatividad y excitación musical ante nuevas formas de interpretar que aporta al grupo hace que para todos sean años muy valiosos. Gene Ramey recuerda: “La banda de Jay McShann era la única que conocí en la que los músicos se pasaban su tiempo libre ensayando y probando cosas nuevas. Todo inspirado por Bird, por las nuevas ideas que él aportaba, haciendo que todos estuviesen ansiosos por tocar”.

En 1944 Billy Eckstine decide formar una banda que terminará siendo la primera en hacer jazz bebop y ficha a Parker y a músicos destacados, como Dizzy Gillespie, Shorty McConnell, Bennie Green o Howard Scott, entre otros, y como vocalistas al propio Ekstine y a Sarah Vaughan. Era, en realidad, una big band de altos vuelos. La cosa funciona durante algún tiempo, pero no tarda en echar de menos la libertad que le proporciona estar en una banda pequeña donde pueda dar rienda suelta a su creatividad.

Por otro lado, para los músicos es una época complicada porque coincide con problemas sindicales que impiden todo tipo de grabaciones comerciales durante un par de años, lo que significa que para quien tuviese algo nuevo que aportar, como era el caso de Parker y su nuevo estilo, era realmente difícil hacerlo llegar a un público extenso o a otros músicos.

 

Parker junto a (de derecha a izquierda) Tommy Potter, Max Roach, Miles Davis, y Duke Jordan, en the Three Deuces, New York, en 1945. Fotografía por William P. Gottlieb.  Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=11087275

 

Sin embargo, después de la noche viene el día; hacia 1945 la prohibición desaparece, y las grabaciones vuelven a circular por todo el país. El sello Savoy apuesta por el bebop y el estilo se extiende con rapidez. Charlie Parker vuelve a tocar en la Gran Manzana comienza a grabar con figuras bien asentadas en el panorama jazzístico, como Dizzy Gillespie (con quien compone clásicos como “Anthropology” o “Moose the Mooche”), Max Roach o Bud Powell y el resultado son grabaciones históricas. Sin lugar a dudas son los años más productivos de “Bird” Parker. Escribe “Scrapple from the Apple”, basándose en la progresión de acordes del tema “Honeysuckle Rose”, aquel con el que le habían humillado en el Reno Club tiempo atrás y, en un hermoso desquite musical, lo convierte en un clásico del bebop.

Una visita con Gillespie a California para intentar llegar al público de la Costa Oeste se frustra por un problema de intendencia; aquí la heroína es difícil de conseguir, así que Parker intenta sustituirla por el alcohol y termina ingresado durante seis meses en el Hospital Mental de Camarillo. Al salir vuelve a Nueva York, donde no hay problemas para conseguir una dosis siempre que la necesite. Curiosamente, empieza entonces un segundo periodo muy productivo, con grabaciones para los sellos Savoy, Dial y Verve, siempre acompañado de los mejores del momento: el batería Max Roach, su amigo Dizzy Gilespie, Erroll Garner en el piano, Curly Russell al contrabajo y a la trompeta un chico que por aquel entonces estaba empezando, Miles Davis.

Se interesa cada vez más por lo que están haciendo en esos momentos compositores clásicos modernos como Igor Stravinski y en su visita a París, para tomar parte en el Festival Internacional de Jazz de 1949, abre su concierto con unos acordes de La Consagración de la Primavera, que había sido interpretada por primera vez en esa ciudad, treinta y seis años antes. Se embarca en proyectos en los que mezcla músicos de jazz con una pequeña orquesta de cámara. El resultado es un álbum excepcional, Charlie Parker with Strings (1950).

Se une sentimentalmente a Chan Richardson, quien se convierte en pareja de hecho, a pesar de que seguía casado con su segunda esposa, Doris, y en los años siguientes tienen dos hijos en común; un niño y una niña. Sin embargo, lejos de proporcionarle la estabilidad familiar que hubiese necesitado para poder centrarse en su carrera musical, su vida personal va deteriorándose e, inevitablemente, termina por afectar a su desempeño artístico. En 1954 incluso le prohíben la entrada en el club neoyorkino que habían bautizado con su nombre, el Birdland y él, desesperado, intenta suicidarse.

Su hija Pree fallece de neumonía ese mismo año y eso aumenta su consumo de alcohol, lo que a su vez agrava sus úlceras estomacales. Entra en una espiral depresiva y de nuevo intenta suicidarse. Todo parece indicar que el final está a la vuelta de la esquina y su amigo Gillespie diría algún tiempo después: “Justo antes de irme a Europa para una nueva gira me habló de juntarnos una vez más, añadiendo ‘antes de que sea demasiado tarde’. Por desgracia, ya era demasiado tarde. No necesito decir que he tenido algunas de las mejores experiencias de mi vida tocando con Charlie Parker”.

 


Por Berthold Faust – From the creater, Berthold Faust, CC BY-SA 4.0, Link

Las circunstancias exactas de su fallecimiento son confusas. De acuerdo con la versión más extendida, el 9 de marzo de 1955, antes de dejar Nueva York para dirigirse a Boston, visita a su amiga, la baronesa Pannonica “Nica” de Koenigswarter, en el Manhattan’s Stanhope Hotel. Parker empieza a sentirse mal y vomita sangre. Llaman a un médico que dictamina un agravamiento de las úlceras de estómago y cirrosis hepática. Recomienda su traslado a un hospital, pero Parker se niega. De acuerdo con su anfitriona, acepta quedarse unos días en el apartamento y recibir visitas diarias del médico. El 12 de ese mismo mes, parece haber mejorado un poco y se encuentra viendo a Jimmy Dorsey en la televisión, cuando de repente se ahoga, se pone en pie, pero da un traspiés y cae muerto al suelo. Más tarde, de Koeningswarter aseguraría haber escuchado un trueno en ese mismo instante.

Tenía 34 años, pero su salud estaba tan deteriorada que el médico que examinó su cadáver creyó que tenía, al menos, quince años más. Su biógrafo, Robert Reisner dijo en Bird, the Legend of Charlie Parker, que “nadie había intentado nunca matarse con tanta intensidad”.

Si las circunstancias de su vida personal habían sido dramáticas, su aportación a la música jazz fue enorme, inspirando a otros músicos e introduciendo cambios en la forma de entender los solos y la improvisación que siguen hoy en día vigentes. Charlie “Bird” Parker, a los cien años de su nacimiento, desde Tomajazz le saludamos, dondequiera que esté.

Texto: © Jan Tilkut, 2020 / https://jantilkut.wordpress.com/https://www.facebook.com/jan.tilkut

Fotografías e ilustración: © incluído en cada elemento empleado




Peter King In Memoriam

Peter King (1940 – 2020)

Fotografía de Peter King en Jamboree (Barcelona), tomada el 13 de diciembre de 2014. © Joan Cortès, 2020




El jazz en tiempos de Spotify. Por Rudy de Juana [Artículo de jazz]

Por Rudy de Juana.

Para no crear confusiones voy a decirlo en la primera línea: me encanta Spotify. Nunca antes he tenido tanta música a mi alcance. Jamás he podido disfrutar tanto del jazz como lo estoy haciendo desde que estoy suscrito a un servicio que literalmente, ha supuesto un antes y un después para la industria. Así que no, en este artículo vas a encontrar argumentos del tipo la “buena música solo se escucha en discos de vinilo”… por mucho que me encante ese formato.

Pero las cosas como son: cuando Daniel Ek, CEO de Spotify, dijo a principios de este mes de agosto eso de que “lo que tienen que hacer los músicos que quieran cobrar más es ponerse a trabajar  y no limitarse a publicar un disco cada dos o tres años”, entonces es obvio que crea un problema. Uno en el que se equipara la producción artística con la de cualquier otro tipo: no importa si son temas musicales o tornillos. Según esta línea de pensamiento, los músicos que quieran vivir de su trabajo harían bien en olvidarse de eso del “menos es más”. En el capitalismo mercantilista, más siempre es mucho más.

Por supuesto, a Ek le sorprende que un músico pueda tener algún motivo de queja. A fin de cuentas, ¿no han sido plataformas como la suya las que casi han borrado del mapa el “top manta” y la piratería? ¿no les ofrece a los músicos una gran ventana para promocionar su trabajo de forma gratuita? ¿no les está ayudando a llegar mucho más lejos de lo que jamás hubiesen imaginado? Y por si esto fuera poco…¿no les está pagando?

Viviendo a golpe de “reproducción”

Si has leído hasta aquí, es probable que pienses que los músicos no tienen motivo de queja. Te consta además que las principales plataformas de streaming musical no paran de perder dinero. Es cierto. En el último trimestre de este año, Spotify llevó sus pérdidas hasta los 356 millones de euros, Tidal está próxima a la quiebra y si Apple o Amazon Music siguen existiendo, se debe más a la voluntad de las compañías multimillonarias que las sostienen que a su propia rentabilidad. Pero que no te engañes: si pierden, no es desde luego por lo mucho que pagan en derechos. Esto es lo que de media están cobrando de media cada vez que reproducimos uno de sus temas.

• YouTube. 0,0007 dólares para una audiencia estimada de 1000 millones de usuarios.
• Pandora. 0,0013 dólares para 81 millones de usuarios a nivel mundial.
• Amazon. 0,0040 dólares con 20 millones de usuarios estimados.
• Spotify. 0,0044 dólares y una audiencia de 159 millones de usuarios
• Deezer. 0,0064 dólares y 16 millones de usuarios mundiales.
• Google Play Music. 0,0068 dólares y 10 millones de usuarios.
• Apple Music. 0,0074 dólares con una audiencia de 36 millones de usuarios.
• Tidal. 0,0125 dólares y la cantidad más pequeña de usuarios: 4 millones.
• Napster. 0,0190 dólares y solo superando a Napster en usuarios con 5 millones.

Dicho de otra forma: que en el muy improbable caso que un pequeño conjunto de jazz consiguiera que uno de sus temas se reprodujera en un millón de ocasiones, el cheque a cobrar no superaría los 4.000 euros.

Es normal que levanten la voz: que el pago al artista dependa únicamente de las veces que se reproduce una canción completa encierra una lógica perversa. Solo los más grandes, los que pueden garantizarse millones de reproducciones a diario, pueden considerar las plataformas de streaming como una fuente real de ingresos. El resto, si son avispados, seguirán el consejo de Daniel Ek: escribirán muchos más temas y sobre todo, serán cortos. A fin de cuentas, dos temas de treinta segundos, “rentan” más que uno de un minuto.

Contra este sistema no solo se han rebelado los músicos más modestos o los que se mueven en los márgenes del sistema. En 2014, nada menos que Taylor Swift decidía retirar toda su música de la plataforma. Esta es la razón que daba en ese momento.

“En mi opinión, el valor de un álbum se basa y seguirá basándose en la cantidad de corazón y alma que un artista ha puesto en el conjunto de su trabajo, y el valor financiero que los artistas (y sus sellos) ponen en su música cuando sale al mercado. La piratería, el intercambio de archivos y el streaming han reducido drásticamente el número de ventas de álbumes que se compran. La música es arte, y el arte es importante y raro. Las cosas importantes y raras son valiosas. Las cosas valiosas deben ser pagadas. Mi opinión es que la música no debería ser gratis”.

Swift volvería al año siguiente a colgar su música en Spotify. Pero su mensaje da en el clavo. La inmensa mayoría de los músicos que comparten su música en estas plataformas, no reciben prácticamente nada a cambio, por mucho que cuenten con millones de suscriptores de pago. Si esta situación la sufren en el mundo del pop, del rock o del indie…¿os imagináis como es en géneros tan “minoritarios” como el jazz, el blues o la música sinfónica?

Las alternativas

Con este panorama puede que muchos músicos piensen que no queda más remedio que resignarse. A fin de cuentas, pueden seguir viviendo de sus conciertos…¿o no? Y sin embargo también están los que no se resignan y propugnan formas de consumo diferente.

La compositora y directora de su propia orquesta de jazz Maria Schneider es además una de las mayores voces críticas de este modelo de “música fast food”. En 2001 puso en marcha “Artist Share”, la primera plataforma de crowdfunding para músicos, que permite a los aficionados financiar nuevos proyectos y conectar directamente con los artistas, sin necesidad de intermediarios.

Además de los discos de Scheneider (su último lanzamiento, Data Lords es una auténtica maravilla), con el proyecto colaboran artistas de la talla del guitarrista Jim Hall o el conocido pianista cubano Elli Villafranca.

El otro gran “refugio” para los músicos que no quieren “pasar por el aro” es sin lugar a dudas Bandcamp una plataforma on-line para artistas independientes que, desde su estreno en 2008, se ha convertido una alternativa más que interesante a iTunes y otros gigantes.

Si triunfa es porque permite que sean los artistas y las pequeñas discográficas las que controlen la forma en la que venden su música y fijen sus propios precios, pagando a cambio un pequeño porcentaje: nada más. Los fans además se convierten en propietarios de la música que compran y pueden o reproducirla en streaming, o descargarla en sus equipos en varios formatos, desde el ligero MP3, a los  FLAC, ALAC o WAV de mucha más calidad, pudiendo además adquirir copias en CD o vinilo.

A Aristshare y a Bandcamp les unen dos cosas: una solución (para los artistas) y un problema (de escalabilidad). Y sin embargo, sólo si los músicos toman las riendas de su propia producción musical habrá motivos para cierta esperanza.

Texto: © Rudy de Juana, 2020. http://www.caravanjazz.es/
Imágenes: los logos pertenecen a cada una de las compañías mencionadas. Se han utilizado a modo meramente informativo e ilustrativo del texto.




In Memoriam: Freddy Cole: brilló con luz propia [Perfil de jazz]

Por Juan F. Trillo.

Lionel Frederick Cole. 15 de octubre de 1931 – 27 de junio de 2020. Algunos dirán que Freddy no era un auténtico jazzman. Bueno, que lo digan. Cuando le escuchamos en temas como “Brother, Where Are You?”, “This Time I’m Gone for Good” o “My Mood Is You”, lo que menos nos preocupa es ponerle etiquetas a su música. Por otro lado, lo más probable es que a él tampoco le importe mucho, a estas alturas.

Aunque es cierto que Freddy Cole —cantante, pianista, compositor— hizo música muy diversa a lo largo de una carrera que se extendió por espacio de ¡70 años! Pero, ¿se imaginan a alguien haciendo exactamente lo mismo durante todo ese tiempo? Es, pues, comprensible que derivase en ocasiones hacia el blues, el funk e incluso el soul. Sin embargo y a pesar de todo, hoy en día, es recordado por su desempeño dentro del género jazzístico.

Cole nació en Chicago, Illinois, en una familia en la que la música lo impregnaba todo: sus hermanos Ike (pianista y compositor), Eddie (pianista y bajo) y, sobre todo, Nat King Cole (cantante y pianista) hicieron carrera en el negocio de la música, con mayor o menor éxito. Su hijo, Lionel es compositor, pianista, ha formado parte de los equipos musicales de figuras como María Carey, Ricky Martin o Kylie Minogue y actualmente sigue involucrado en la producción y composición. Freddy fue, además, el tío de Natalie Cole, vocalista sin duda de sobra conocida por los lectores, así que podemos decir que si hay un apellido que va unido a la música, ese es “Cole”.

Así fue el entorno en el que creció y vivió Freddy. Empezó tocando el piano a los seis años y para los veinte tenía ya una sólida formación tradicional, incluido un máster en el Conservatorio de Música de Nueva Inglaterra. Más tarde recordaría la influencia que tuvieron en él músicos como Duke Ellington, Count Basie, Lionel Hampton y, sobre todo, Billy Eckstine, de quien decía que había aprendido simplemente manteniéndose cerca y mirándole. Se fue familiarizando con los temas clásicos del jazz hasta tal punto que a menudo provocaba el asombro de quienes trabajaban con él. Evelyn White: “Este hombre se sabía cada canción de jazz, especialmente los estándares, ¡e incluso conocía temas de los musicales!”.

Grabó por primera vez a mediados de los sesenta (Waiter, Ask the Man to Play the Blues, 1964) y acumuló casi cuarenta álbumes, el último de los cuales, My Mood Is You (2018), fue nominado para el Grammy al Mejor Álbum de Jazz Vocal y recibió excelentes críticas. Christopher Loudon dijo en JazzTimes: “(Freddy Cole) excava en su vasto repertorio para extraer algunas gemas infravaloradas. Y, sí, en su voz de barítono se insinúa la de su hermano Nat”.

Freddy siempre estuvo a la sombra de Nat King Cole y cada vez que cantaba o publicaba un disco la comparación entre los dos hermanos era inevitable. Joe Bebco dijo en The Syncopated Times: “Desarrolló una excelente relación con la audiencia, con una voz más rasposa que la de su hermano, pero igualmente brillante”. Sin embargo, él siguió haciendo su música y cantando con estilo propio, dejando que otros decidiesen si su voz tenía este timbre o aquel otro. Si acaso, en cierto momento, le sirvió para dar título a un disco con el que reivindicaba su propia identidad, I’m Not My Brother, I’m Me (Sunnyside, 1991), una excelente demostración, por si no estaba claro a esas alturas, de que poseía talento suficiente como para brillar con luz propia.

Fue algo que nunca afectó a su carácter, dispuesto a ayudar con su experiencia a quien se lo solicitaba. Rodney Jordan, profesor de música de la Universidad de Florida: “Era muy amable, y daba unos consejos estupendos. Freddy era como ese tío distante, pero con el que te sientes en familia, aunque hayas pasado años sin verlo”.

Participó a menudo en festivales de jazz y blues, y en concreto en el de Moscú, Idaho, del que era un asiduo y donde siempre se juntaba con algunas de las figuras más destacadas del momento: Terry Clark, Hank Jones, Lionel Hampton. Con frecuencia también, tocaba con ellos, adaptándose siempre a la perfección a sus compañeros de banda, demostrando una flexibilidad musical y un carácter afable que le ganó la simpatía de quienes tuvieron la suerte de tratar con él. El guitarrista Randy Napoleón, que formó parte de su banda en los últimos años decía: “Freddy se deslizaba por la vida. Tenía mucha paciencia, amabilidad y un gran sentido del humor. Una de las cosas que le hacían grande era su elegancia al piano, su cuidadosa elección de cada nota que tocaba, por lo que los músicos de la banda se sentían muy a gusto con él”.

En 2006, se estrenó el documental sobre su vida The Cole Nobody Knows, que tomaba como título un excelente álbum grabado exactamente tres décadas antes. Un año más tarde Freddy Cole entraba en el Jazz Hall of Fame. De entre los elogios que le dedicaron tal vez merezca destacar el de la emisora NPR: “El pianista, compositor y vocalista Freddy Cole puede tomar cualquier canción y extraer de ella colores y matices nunca antes escuchados”. Una de sus últimas apariciones fue en el Festival de Jazz y Blues de Florida, en 2016, precisamente en el día de su 85 cumpleaños. Scotty Barnhard, director de la Orquesta de Count Basie en la Universidad de Florida recuerda: “Era el epítome del estilo y la elegancia. Le echaremos de menos”.

Freddy Cole deja tras de sí una vida llena de buena música, de buenas canciones y de buenos recuerdos en todos aquellos que le conocieron. Yo creo que no se puede pedir más.

Texto: © Juan F. Trillo, 2020 / https://jantilkut.wordpress.com/https://www.facebook.com/jan.tilkut
Fotografía de Freddy Cole en Jamboree (Barcelona), tomada el 6 de agosto de 2014. © Joan Cortès, 2020




Kamasi Washington: el jazzmen que conquista a los millennials [Artículo de jazz]

Por Rudy de Juana.

No había nacido Kamasi Washington cuando en 1963 Elizabeth Taylor impresionaba al mundo con su Cleopatra, película que con un presupuesto de 44 millones de dólares fue la más cara de las que se rodaron hasta ese momento. La que es una de las mayores representantes del “Hollywood dorado” era  por un lado puro exceso, por el otro, una gran historia épica que no tiene nada que envidiar a las producciones modernas.

Si cuento esto es porque The Epic,  el triple LP con el que Kamasi Washington se desmelena ante el mundo en 2015, impresiona de la misma forma, convirtiéndose en esa Cleopatra que el mundo del jazz parecía estar esperando desde hacía muchos años. ¿La prueba? Más de tres horas de un sonido ilimitado, barroco, profundamente original. Tanto que la crítica, dispuesta siempre a la etiqueta fácil, no tardó en colgarle la de “el futuro del nuevo jazz”, sin que a Washington pareciera importarle demasiado.

Nacido en Los Ángeles en 1981, este genial saxofonista mezcla con alegría en sus conjuntos artistas de todo tipo de disciplinas, dibujando un sonido que arranca en el jazz modal, pero que pronto transita hacia el soul-jazz, el funk, el hip-hop o la música electrónica…mientras de fondo suenan las voces de mil coros de “soldados entregados” que se preparan para la guerra.

Y si no me creen, comiencen a anotar nombres. Además de con clasicazos como Wayne Shorter o Herbie Hancock, Kamasi Washington ha grabado y tocado con casi todos los que pintan algo en el mundo de la “música negra”: desde figuras del R&B como Rapahel Saadiq a los rapero Snopp Dogg o Nas, pasando por Gerald Wilson, Lauryn Hill o PJ Morton, haciendo ademaś “cameos” junto a grupos indy-pop, jazz progresivo o música electrónica experimental. Su último invento, grabado junto a ese otro grande que responde al nombre de Robert Glasper es Dinner Party, álbum en el que también participan el rapero Terrace Martin y el productor de hip hop 9th wonder. Personalmente, llevo una semana sin poder dejar de escucharlo.

Pero volvamos a The Epic. A lo largo de los tres discos, Washington va a por todas: desde John Coltrane, a la Pan-African People’s Arkestra de Horace Tapscott. Desde Azar Lawrence a las exploraciones de jazz y coros de Donald Byrd y Eddie Gale; pasando por los experimentos pan globales de Paroah Sanders, el jazz afro-latino, los spirituals y la cultura DJ. Y por supuesto, no se queda aquí: los homenajes a Debussy, Horace Silver o a Albert Ayler también se cuelan en su música.

No se conformará con esto y en sus siguientes discos, Harmony of Difference (2017) y sobre todo Heaven&Earth (2018) demostrará que esa etiqueta a fin de cuentas no le venía tan grande y que si el jazz estaba a la busca y captura de grandes estrellas, desde luego pocas como la de Washington brillaban más. Sobre todo, porque su figura trasciende más allá de lo puramente musical, para entroncar con movimientos sociales como “Black Lives Matter” o cierto misticismo que ha llevado a muchos a considerarlo “el nuevo John Coltrane”.

Incluso si la comparación resulta exagerada, no importa. Ha conseguido sacar al jazz de esa “cueva confortable” en la que lleva refugiado durante las últimas décadas; lo ha convertido en un movimiento de rabiosa actualidad y ha demostrado que rodeándose de los mejores puede llenar pabellones y estadios en conciertos a los que acude un público joven, dispuesto a dejarse impresionar. A la vez, se ha ganado el respeto de los “guardianes de las esencias” del movimiento y por si fuera poco, siempre es accesible y tremendamente simpático. No se puede pedir mucho más.

Texto: © Rudy de Juana, 2020. http://www.caravanjazz.es/