Michael Brecker, Galapajazz 2004 © Sergio Cabanillas, 2004

Mi recuerdo de Michael Brecker, por Randy Sandke

Michael Brecker, Galapajazz 2004 © Sergio Cabanillas, 2004

Michael Brecker, Galapajazz 2004
© Sergio Cabanillas, 2004

Considerado por muchos como el saxofonista más influyente desde John Coltrane, Michael Brecker falleció el pasado 13 de enero, a causa de una leucemia derivada de un síndrome mielodisplástico (MDS), un tipo infrecuente de cáncer de médula.

El trompetista Randy Sandke conocía a Michael Brecker desde hace casi 40 años, desde que entraron juntos en la universidad. A pesar de su aspecto apocado, es uno de los trompetistas y compositores más versátiles y flexibles del jazz actual, tan cómodo revisitando el repertorio de los años 20, como colaborando con lo mejor de la avant-garde o explorando su propio sistema musical, la “música metatonal”.

El siguiente texto es una traducción del homenaje que Sandke escribió tras el funeral de Brecker. El original en inglés se encuentra en Rifftides¸ el blog de Doug Ramsey. Vaya para ambos nuestro agradecimiento por permitirnos publicar esta traducción, y especialmente a Sandke por compartir los recuerdos de una larga amistad.

Randy Sandke

Randy Sandke

He asistido a demasiados funerales de músicos de jazz (y sé que tendré que estar en muchos más), pero de todos ellos el de Michael Brecker ha sido el más triste y emotivo, al menos para mí. Quizás sea porque tenía dos críos preciosos en edad escolar: una hija de 17 años, Jessica, y un hijo, Sam, de 13. Además tenemos las circunstancias de su muerte: dos años de agotadora lucha con una dolencia que no tiene cura, y para la que la terapia (quimioterapia masiva) resulta, con frecuencia, tan devastadora como la propia enfermedad. Por último, se trataba de Mike. Aparte de sus singulares y prodigiosos talentos, era una de las almas más agradables, dulces y amables que jamás he conocido. Su pérdida es inconmensurable en muchos aspectos.

Conocí a Mike cuando ambos teníamos 18 años y estudiábamos en la Universidad de Indiana. Su materia principal era lengua española y las asignaturas de música en las que se matriculó sólo eran optativas. Ya entonces era un instrumentista estupendo. Idolatraba a su hermano mayor, Randy, que se había licenciado en la misma universidad dos años antes. Mike pensaba que sólo podría alcanzar a su hermano (que era y es un trompetista innato y a la vez con una gran formación académica) trabajando tanto como le fuera posible. Estaba obsesionado con ensayar. Solía competir con Steve Grossman (a quien creo que Mike conoció en Ramblerni, un campamento de Phil Woods) para ver quién podía transcribir más rápidamente la última grabación publicada de Coltrane. Mike una vez me contó que quería ser Coltrane, aunque escuchaba a muchos otros tenores, desde Joe Henderson y Joe Farrell a Junior Walker y King Curtis. (Solíamos juntarnos en una pizzería del campus para escuchar “Memphis Soul Stew” casi todas las noches).

No obstante, Mike tenía un punto débil: leer partituras le parecía aburrido, y en esa época apenas podía. Se presentó a unas pruebas para la banda de jazz de la universidad, pero por sus dificultades para leer sólo le admitieron en la segunda formación. Me acuerdo de un concierto que dieron en el que Mike estuvo sentado pacientemente con el resto de la sección mientras tocaban unas partituras poco inspiradas. De pronto se puso en pie y produjo un auténtico tornado sonoro. Cuando terminó se sentó como si nada y el concierto llegó a su fin. Ya entonces era hipercrítico con su forma de tocar.

Formamos una banda de jazz-rock con el basto nombre de “Mrs. Seamon’s Sound Band” [“La Sólida/Sonora Banda de la Sra. Seamon”]. La Sra. Seamon era la “nutricionista-jefe” en Wilkie Quad, donde vivíamos Mike y yo, y odiaba a los estudiantes melenudos y desastrados que estaban invadiendo su cafetería. De hecho, Mike siempre fue algo dandy, pero entonces todos nos estábamos dejando el pelo largo. Al fin y al cabo estamos hablando de 1967-68.

Michael Brecker, Vitoria 2002 © Sergio Cabanillas, 2002

Michael Brecker, Vitoria 2002
© Sergio Cabanillas, 2002

Con esta banda tocamos en el festival universitario de jazz de Notre Dame y nuestra mezcolanza de mainstream con avant-garde y fusión dejó completamente perplejos a los jueces. Ray Brown rehusó otorgarnos el primer premio, de manera que por primera vez en la historia del festival no se concedió. Nosotros consideramos esto como una enorme victoria; de todas formas por nuestra faceta hippy mirábamos con desdén este tipo de competiciones.

Aun así, de esta actuación salió una oferta para llevar a la banda a Chicago (mi ciudad, Mike era de Filadelfia) donde la esposa de un crítico de jazz de Chicago iba a ser nuestra manager. Toda esta historia fue un desastre desde el principio, ya que en realidad a ella le interesaba más mantener un establo de jóvenes sementales que ocuparse del grupo. Dos miembros de la banda nos dejaron estancados en una situación casi desesperada. Ella nos había puesto ya un apartamento, había invertido dinero en nosotros y nos sentíamos obligados a corresponder, pero no podíamos trabajar hasta que remplazáramos a los dos tipos que se habían marchado. Probamos a varios músicos, pero ninguno encajó con lo que estábamos haciendo.

Tras dos meses de atasco, yo ya no lo podía soportar más. Me fui a casa de mis padres a disfrutar de una comida caliente y sábanas limpias. Le dije a todo el mundo que volvería en un par de días. Esa noche cayó la bomba: dos hermanas, amigas de nuestro teclista, estaban de “invitadas” en nuestro piso. Una de ellas vendía LSD y esa noche invitó a los presentes. Todo el mundo experimentó con él (aunque estoy bastante seguro de que algunos declinaron la invitación) pero la hermana pequeña, Bridget, no lo había probado nunca. Eric, nuestro batería, le gustaba mucho, como a otra mujer que estaba pasando un tiempo con la banda. Entre el ácido y este extraño triángulo amoroso Bridget se sintió tan mal que se tiró por la ventana de un tercer piso y se mató.

Una ambulancia se llevó a Bridget, pero a los demás los detuvo la policía mientras registraban el apartamento. Encontraron el LSD y trasladaron a todo el mundo a la cárcel del condado de Cook. Michael y yo fuimos los únicos a los que no detuvieron. Esa misma tarde Mike tuvo un presentimiento horrible y se fue a dar un paseo. Cuando volvió se encontró el edificio sitiado por coches y furgones de policía. Nunca supe dónde pasó Mike esa noche. Debió de estar paseando hasta el amanecer.

Para el resto de los miembros de la banda, la pesadilla no hizo más que empezar: los separaron y les pusieron en celdas con criminales peligrosos. A Eric, que fue testigo del salto de Bridget y también había tomado ácido, le violaron brutalmente en su celda entre varios reclusos. Mientras tanto, la notablemente corrupta policía de Chicago mandó una furgoneta a nuestro apartamento y procedió a robar todo el equipo de la banda. Yo perdí mi colección de discos, mi trompeta y el fiscorno que gané en Notre Dame. Una vez más Mike se libró de lo peor porque había llevado su saxo a una tienda de reparaciones.

Michael Brecker, Galapajazz 2004 © Sergio Cabanillas, 2004

Michael Brecker, Galapajazz 2004
© Sergio Cabanillas, 2004

Un ambicioso fiscal quiso presentar cargos de asesinato contra la banda y la prensa estaba hambrienta de historias sensacionalistas con LSD. Al final todo el tema se vino abajo por un tecnicismo legal, pero el daño estaba hecho. Eric nunca volvió a ser el mismo. Antes de que pasara un año se suicidó tirándose desde el descansillo de una escalera en Los Ángeles.

Mike y yo estábamos desolados, pero encaramos esta horrible experiencia de formas muy distintas. Yo estaba teniendo problemas con una lesión en la laringe que había empeorado porque tocábamos sin la amplificación adecuada. Tras una operación que me pareció un fracaso, decidí abandonar completamente la trompeta y la música. Durante los siguientes diez años ni siquiera tuve una trompeta. Me puse en tratamiento con varios psiquiatras, aprendí a vivir sin ser un músico y poco a poco fui asumiendo todo lo que había pasado.

Mike se mudó a Nueva York, donde Randy estaba a punto de labrarse un nombre como músico de jazz y de sesión. Con 19 años, Mike hizo su primera grabación en el disco de su hermano, Score. A partir de ahí ambos acumularon fama y éxito.

Aun así, tengo la certeza de que los sucesos acaecidos en el verano del 68 seguían carcomiendo el alma de Mike. Era una persona muy tímida e introvertida. Como muchos músicos, se sentía más cómodo en su cuarto de ensayo que en compañía de gente, especialmente si eran desconocidos. De pronto se encontró bajo los focos, rodeado por una muchedumbre de admiradores que le ofrecían toda tentación imaginable por el ser humano.

Creo que el intento de huir de nuestras malas experiencias en Chicago fue lo que abocó a Mike a una espiral de alcohol, cocaína y finalmente heroína. Durante la década de los setenta la fama de Mike creció a toda velocidad, a la vez que se deterioraba su vida personal. Este fue también el periodo en que Randy invirtió en su club, el Seventh Avenue South. Tuvo un gran éxito de público, pero un gerente sin escrúpulos robó dinero y no rindió ninguna cuenta al gobierno. A Mike lo barrieron económicamente y el fisco congeló su cuenta bancaria en tres ocasiones.

Al final Mike volvió en sí, buscó tratamiento y pudo transformar su vida. Se quitó de en medio durante al menos seis meses. Me dijo que le daba igual si no volvía a ganar un centavo más, que iba a hacer lo que quería hacer. Conoció a Susan, el amor de su vida, y se mudaron a un casa apartada en Hastings-on-Hudson (antes Mike había vivido en lofts cutres pero espaciosos alrededor de Chelsea y en Grand Street, cerca de Chinatown). Mike se convirtió en un hombre de familia, y tuvo dos hijos. Decía que si tuviera que volver a empezar habría tenido más. La mascota de la familia, un perro tuerto de raza desconocida, completaba esta estampa de tranquila zona residencial.

Directions In Music, Vitoria 2002 Herbie Hancock / Michael Brecker / George Mraz / Roy Hargrove / Willie Jones © Sergio Cabanillas, 2002

Directions In Music, Vitoria 2002
Herbie Hancock / Michael Brecker / George Mraz / Roy Hargrove / Willie Jones
© Sergio Cabanillas, 2002

Me alegré sinceramente por él. Después de este paréntesis, la carrera de Mike volvió a despegar como si nunca la hubiera aparcado. Volvió a explotar, por segunda vez, como merecía. Si un músico de jazz logra el éxito los críticos pueden darte la espalda y restarte importancia. Pero nadie, nunca, tocó el tenor como lo hacía Mike. En directo era probablemente el músico más excitante (de jazz u otras músicas) que jamás he oído.

Yo, por mi parte, retomé la música a finales de 1979. Para 1985 me sentí preparado para grabar mi primer disco. Le pedí a Mike que tocase en él. Fue tan generoso y animoso como siempre, y un modelo de profesionalismo en el estudio. Diez años después hicimos otro disco juntos, cuando yo estaba en Concord.

Yo no creía que Mike debiera darme ningún trato de favor y negocié su paga con su manager y buen amigo, Daryl Pitt. Sabía que superaba el presupuesto de Concord, así que puse la diferencia de mi bolsillo y le envíe un cheque a Mike. Nunca lo cobró.

La verdadera tragedia de la enfermedad fatal de Mike es que todo le estaba saliendo tan bien… y que había aprendido a apreciarlo. También había aprendido a convivir con la fama de forma constructiva y se tomaba muy en serio su papel como modelo de saxofonistas de todo el mundo.

También uso su fama para hacer campaña por la concienciación sobre su enfermedad. Gracias a la publicidad que generó, 10 000 personas de todo el mundo se prestaron a hacerse pruebas como posibles donantes de médula ósea. Uno de los pocos momentos alegres de las últimas semanas de Mike fue cuando recibió una carta de un niño que logró salvar la vida gracias a un donante de médula que había respondido a la campaña de Mike. El propio Michael nunca encontró un donante totalmente compatible, pero llegó a recibir un trasplante. La donante fue su propia hija, Jessica. Los médicos creen que su donación permitió a Mike vivir un año más.

Una de los rasgos frustrantes de Mike es que era imposible elogiarle sin que él te correspondiera el elogio. Quería considerar a todo el mundo a su mismo nivel, pero la verdad es que él habitaba su propio plano de existencia. Como todos los grandes artistas, nos permitió a todos nosotros atisbar hasta qué punto las posibilidades que ofrece la vida son ilimitadas y revitalizantes. Como corresponde a su típica modestia (y estoy seguro de que se obró según sus deseos) toda la música que se puso en su funeral fueron grabaciones de John Coltrane. La única actuación en directo corrió a cargo de cantora judía que hizo una pieza modal que sonaba antigua, pero que recordaba misteriosamente a algo que podría haber tocado Coltrane. Aun después de muerto, Mike nos estaba enseñando algo sobre la universalidad de la experiencia humana.

Todos los que conocieron a Mike le querían mucho y atesoran cada momento que pasaron con él. Era un persona extremadamente sencilla y totalmente humilde. Una de sus palabras favoritas era “amazing” [increíble, alucinante], que, por supuesto, nunca se aplicó a sí mismo. Tenía un gran espíritu y creo sinceramente creo que ha sido una de las figuras musicales más importantes de nuestra era. Me siento bendecido por haberle conocido y poder haberle considerado amigo mío.

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