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Art Ensemble Of Chicago
Festival de Jazz de Granada 2005

  • Fecha: 11 de Noviembre de 2005.
  • Lugar: Teatro Isabel La Católica (Granada)
  • Componentes:
    Famodou Don Moye – Batería, percusión y congas.
    Roscoe Mitchell – Saxos y percusión.
    Jaribu Shahid – Contrabajo y percusión.
    Corey Wilkes – Trompetas y percusión.

Art Ensemble of Chicago

Comentario: El concierto que ofrecieron el AEOC en Granada se podría calificar como todos y cada uno de los conciertos de esta formación: único. Si tuviésemos que adjudicarle además algún calificativo para describirlo un poco más, y de manera general, diríamos que fue absolutamente informal, absolutamente anti-convencional, y decididamente polémico. Y sin embargo, les diré que fue magistral.Aún estaba el respetable tomando asiento cuando los de Chicago asomaron por el escenario sin dejar tiempo siquiera para que apareciese la musiquita que anuncia que faltan cinco minutos para comenzar el espectáculo o la voz de megafonía que incita a que desconecten sus teléfonos móviles y mensáfonos (¿qué será un mensáfono?). Eran las nueve en punto y la gente apenas sí aplaudió puesto que aún estaban tomando posiciones. De modo que el despliegue de instrumentos de percusión sobre el escenario comenzó a emanar los sonidos que los músicos, de manera absolutamente libre e involucrados en esa especie de trance en el que suelen introducirse, hacían sonar ajenos al teatro y a todos nosotros.

Joseph Jarman no pudo viajar a Europa por razones de salud, de manera que el único componente que lucía la indumentaria de raíz negroafricana era Don Moye, que nada más sentarse comenzó a tocar mientras se acoplaban sus compañeros, como si estuviera en casa. Jaribu Shahid lucía unas interminables rastas que llegaban a sus tobillos, mientras percutía en los cuencos tibetanos que tenía junto a su contrabajo. Delante de él, Roscoe Mitchell soplaba un tenor y lo dejaba. Bajaba y cogía un soprano, soplaba una vez y lo dejaba. Cogía un alto, soplaba una vez y lo dejaba. Así durante al menos, un cuarto de hora. A su derecha estaba Corey Wilkes que tocaba todo tipo de instrumentos de percusión. De vez en cuando hacía sonar su trompeta, pero muy de vez en cuando, notas sueltas. Entre todos iban dando forma a un camino musical que iba dilucidándose conforme avanzaba el tiempo. Don Moye seguía con su batería echando capas a la atmósfera creada, y cuando Jaribu Shahid agarró su contrabajo y el arco, Roscoe le echó mano al tenor y nos dio al respetable una lección sobre respiración circular… Alrededor de veinticinco minutos sin parar de soplar, saltando entre escalas, encorvándose hacia delante y hacia atrás como expulsando los demonios en algún ritual ancestral. Para entonces Corey Wilkes ya había tomado como instrumento principal su trompeta y añadía sonidos al ya de por sí frenético pasaje musical, e, incluso, se atrevía a soplar dos trompetas a la vez haciendo gala de una excelente capacidad pulmonar… Pero no se quedaban en eso, no: la música que estábamos escuchando era de ese tipo de música que hace trabajar al cerebro hasta extenuarlo.

Cuarenta y cinco minutos llevábamos de concierto cuando acabaron esta primera pieza, y comenzaron a tocar un blues nada ortodoxo que chocaba claramente con lo que hasta ese momento de la actuación habíamos escuchado. Dicho tema fue breve, y al acabar, los músicos dejaron sus instrumentos y se despidieron del respetable. ¿Ya había acabado el concierto? Esa era la pregunta generalizada entre un público que se debatía entre la sorpresa y la incredulidad… De manera que continuamos con nuestros aplausos suponiendo que se trataba de alguna chanza del Art Ensemble. Los aplausos dieron el fruto deseado y la formación volvió a aparecer en escena para interpretar una brevísima pieza y dejar los instrumentos, saludar al público (que de nuevo estaba estupefacto) y dejar el escenario. Don Moye y Roscoe Mitchell ni siquiera abandonaron el mismo tras las cortinas, sino que se bajaron por la parte frontal y se fueron a la entrada a montar una mesa de camping en la que colgaron en un cartón la oferta que ofrecían: una revista italiana con un especial sobre el AEOC (que incluía de regalo un cd con un concierto en Francia del 97, y en cuya portada se mostraba su precio: 8 euros), otro cd con un directo en Montreux con caja de cartón simple (sin carcasa, ni digipack, ni nada de nada), un par de pósters de los años 90 y un sombrero, por 35 €… Dos verdaderos hombres de negocios, sí señor…

Al margen de esta anécdota, decir que en general el público parecía dividido entre los que gozamos el concierto de manera casi religiosa, y los que salían totalmente exasperados, como si les hubieran robado el dinero o algo así… A mi, personalmente, todavía me dura la sonrisa de quien vive un gran momento musical tan espontáneo como el que pudimos vivir aquella noche.

© Diego Ortega Alonso, 2005