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Pimienta negra
Quinito López Mourelle
Ézaro
ISBN: 978-84-9364-61-4-1

Extracto del capítulo 11 de Pimienta negra.
Reproducido con el permiso de su autor Quinito L. Mourelle.

[11]

Comenzaba el año 1969 sin novedad en el hotel Ambassador. Eran las doce y cuarto de la mañana y Coleman Hawkins abrió los ojos con esfuerzo. Todavía tardó cuarenta minutos en incorporarse. Conocía de sobra el espectáculo que podía contemplar desde la ventana de su habitación. No era la gran avenida por la que transitaban coches lujosos, mujeres envueltas en pieles entrando en tiendas y cafeterías y el bullicio que decora las ciudades durante la primera semana del año. Era un vulgar callejón con vapores, una escalera de incendios herrumbrosa y una pila de serrín y virutas con la copa nevada en cuyo seno los gatos se amodorraban rebuscando las hebras secas. Aquel serrín se había echado a perder. Nadie se había ocupado de recogerlo y, pasados unos meses, la humedad y finalmente la nieve lo convirtieron en deshecho. ¡Qué estúpido desperdicio! Mirando hacia arriba podía ver una estrecha franja del cielo de enero, límpido y cortante, una nota azul en una escala oscura. Podía pasarse así otra media hora, en calzoncillos, absorto en la visión de aquel montículo y pasando frío sin inmutarse. ¿Qué le importaba? La hora del desayuno ya había pasado hacía tiempo. Podría volver a la cama pero su estómago le pedía con zarpazos lastimeros la ingestión de algún alimento o de un chocolate caliente. Cada vez le costaba más asearse, vestirse y salir a la calle. Había pensado incluso en dejarse crecer el vello de la cara y renunciar a su bigote, cuyas atenciones le resultaban ya excesivamente familiares y molestas. Aquel bigote fino y retocado había sido la guinda apreciada por algunas de las mujeres con las que había tenido algún tipo de relación. La americana colgaba de una silla y el pantalón, tirado de cualquier manera, se arremolinaba en el suelo del cuarto de baño junto a una toalla empapada. El servicio de lavandería todavía no le había entregado la ropa limpia aquella mañana. Pero no se atrevió a descolgar el teléfono y preguntar por ella. Hacía más de un mes que no pagaba ese servicio, así que tenían derecho a requisarle sus pertenencias para forzarle a saldar sus deudas. Si fuese una eminencia ocupando la mejor suite no tendría que pagar por esas menudencias. El pantalón olía a demonios y estaba húmedo. Trataba con cierto desprecio la ropa que tenía porque no le gustaba nada. El corte de los trajes le parecía absurdo y los estampados de las camisas una broma de mal gusto, pero ya no conocía ninguna sastrería en la que le hiciesen los trajes que se llevaban veinte o treinta años antes. Salía vestido a la calle y se sentía como un payaso, pero a su alrededor eran todos igual de payasos y parecían no advertirlo. Si se vistiese como en los años cincuenta se convertiría en el hazmerreír, en un fantoche del pasado. Prefería estar incómodo y sentirse ridículo antes que ser reconocido por el barrio por llamar la atención. Pasar desapercibido era una de las pocas regalías que el paso del tiempo le había otorgado. Los músicos jóvenes ni siquiera se daban la vuelta si se cruzaban con él por la calle. Probablemente no sabían quién era. Otro tanto ocurría con el personal del hotel. La vida en color le había condenado a un olvido en el que se sentía confiado y a gusto.

Inexplicablemente no podía distraer su mirada de la pila de serrín. Llegó a olvidarse incluso de la disyuntiva del pantalón sucio o la vergonzosa llamada a la lavandería, para concentrarse en algo que creyó intuir en aquella visión. Una melodía acudió a su mente pero la espantó como el buey que se deshace de una mosca molesta agitando el rabo. No quería escuchar nada hasta la hora del ensayo. Ya no le interesaban todas esas notas que le abordaban en los momentos más insospechados. Su estómago volvió a rugir y la nieve que coronaba la pila le hizo caer en la cuenta de su incomodidad y del maldito frío. En aquella época le resultaba muy difícil secar la ropa interior que colgaba con cuidado en un alambre que pendía del alféizar. Él mismo la lavaba en el cuarto de baño para ahorrar tiempo y dinero. La más urgente la ponía a secar sobre el radiador. El problema era que la calefacción no funcionaba bien en su ala del hotel y, para colmo, le habían advertido que no colgase sus calcetines de la ventana porque dañaba seriamente la imagen y reputación del establecimiento, aunque tan sólo los gatos y el mozo que salía a dejar la basura visitaban el callejón y eran testigos del espectáculo. La compañía discográfica le había prometido que se encargaría de alojarle en un sitio mejor y de asumir sus gastos diarios. A mes pasado de su última grabación ni siquiera le habían pagado algo por ella y no habían vuelto a dar señales de vida. Cuando coincidía con Tom Awesome, un trombonista muy alto y pelirrojo que grababa para el mismo sello y que a veces se acercaba por las jam sessions del Ambassador, le preguntaba si le habían comentado algo de su situación.

– ¿Qué se sabe de mi dinero, Tom?

Le irritaba sobremanera no tener noticias al respecto, no saber a qué atenerse y que nadie diese la cara para aclarar el asunto o justificar el retraso. Hubiese preferido que le comunicasen directamente que nunca le pagarían, que no cumplirían ninguna de las promesas con las que le habían endulzado los oídos al salir del estudio. Al fin y al cabo no estaban reflejadas en ningún contrato. Podían ignorarlas si quisiesen. Por otro lado, no quería reclamar ese dinero porque sería reconocer ante aquellos aprovechados que no tenía dónde caerse muerto -si bien todos estaban al tanto de su situación-, pero la precariedad de ésta pronto le obligaría a personarse en el estudio y luchar por lo suyo.

La pila seguía en su sitio y paulatinamente, solapando tímidas imágenes que engarzadas parecían leves recuerdos, descubrió el motivo de aquella atracción. El serrín y las virutas húmedas se convirtieron en una hojarasca que un jardinero intentaba mantener agrupada en un montículo. El viento otoñal jugaba con él deshaciéndolo una y otra vez,  y los músicos y el propietario de Bluebird observaban la desesperación del jardinero desde un ventanal durante un descanso en la grabación. No fueron ni esa imagen, ni las sonoras carcajadas del trompetista Tommy Lindsay que llegaban levemente desde la lejanía, las que le hicieron recordar con nitidez que se trataba de la tarde del 11 de octubre de 1939. Fue el sabor de los pezones de Thelma Carpenter el que le ayudó a rescatar la fecha exacta y todo cuanto había acontecido aquel día. La chica todavía no había cumplido los dieciocho, pero ya había participado en algunas grabaciones y se había presentado en un par de ocasiones con la banda de Coleman Hawkins en el Kelly’s Stable, un local de la calle 51 abarrotado de público. Su padre la observaba entusiasmado desde la primera mesa, y en la segunda de las veladas consintió que la chiquilla se tomase un refresco con él antes de llevarla a casa. Era tarde y su esposa estaría despierta y preocupada, pero los asistentes elogiaban a su hija y el orgullo paternal pudo con la conveniencia de que una criatura de su edad estuviese ya acostada. Los impedimentos paternales fueron todavía más livianos para la grabación. El señor Carpenter no tuvo objeción en que el propio Coleman llevase a la dulce Thelma a casa cuando acabasen.

© Ensenada de Ézaro Ediciones / Nortideas Comunicación S.L.
© 2007 Quinito López Mourelle