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  • Fecha: 30 de Junio de 2016.
  • Lugar: Bogui Jazz, Madrid.
  • Componentes:
    Chema Saiz + Monodrama
    Chema Saiz: guitarra.
    Mauricio Gómez: saxo tenor.
    David Sancho: teclados.
    Alberto Brenes: batería.

Chema Sáiz + Monodrama © Sergio Cabanillas, 2016

Chema Saiz + Monodrama
© Sergio Cabanillas, 2016

Se palpaba la expectación en los prolegómenos del concierto, y no era para menos. Por primera vez coincidían sobre el escenario con un proyecto nuevo y un repertorio inédito dos nombres que, por sí mismos, son sinónimos de diferencia y riesgo en el jazz nacional. Por un lado, el veterano Chema Sáiz, una guitarra personal e inimitable, y por otro los madrileños Monodrama, que se estrenaron a finales del año pasado con su rotundo Modern Post Mortem, un disco de debut profundo, vanguardista y sugerente, todo un soplo de aire fresco alejado de las corrientes mayoritarias.

Sorprendentes desde el principio, los músicos abrieron la actuación con una suerte de himno introductorio en el que, todos a coro, cantan cada uno de sus nombres sobre una línea melódica, para rematar recitando “Chemonodrama… Monodraiz”… eso se llama romper el hielo, y de qué manera.

Chema Saiz © Sergio Cabanillas, 2016

Chema Saiz
© Sergio Cabanillas, 2016

El resto del primer pase consistió en tres de los cuatro movimientos de una extensa obra de Chema Sáiz que el alcalaíno presentó, con el sentido del humor que le caracteriza, como “El Hombre Que Grabó Un Disco Sobre Erik Satie Y No Incluyó Las Gimnopedias”. La pieza arrancó con una melodía marca de la casa orientada claramente al Drum’n’Bass que el trío empujó con un groove digno de Medeski, Martin & Wood –sin diferencias que salvar, dicho sea de paso-, para que Sáiz homenajeara, sin perder un ápice de su personalidad, a John Scofield, una de sus referencias más admiradas. Le dio la réplica una brillante intervención de David Sancho con sus teclados, mientras que la batería de Alberto Brenes, que no había dejado de conversar en ningún momento con ninguno de los dos, fue agigantándose poco a poco, conviertiéndose de Billy Martin en Bill Stewart para terminar como un Keith Carlock desmelenado.

Alberto Brenes © Sergio Cabanillas, 2016

Alberto Brenes
© Sergio Cabanillas, 2016

El segundo movimiento, con su melodía cantada al unísono por el tenor y la guitarra, trae a la mente la música de Frank Zappa, y es un ejemplo del talento del guitarrista, que despiezó con multitud de cortes un compás de cuatro tiempos hasta transformarlo en una métrica irreconocible sobre la que el protagonista realizó un deslumbrante ejercicio de metamorfosis guitarrística, desde Scofield hasta Holdsworth pasando por David Fiuczynski… y siempre Sáiz, Chema Sáiz. Como sucediera a menudo el resto de la actuación, los teclados de Sancho fueron los cimientos que preservaban intacta la forma, mientras la batería ejercía como un solista más, interactuando incansablemente con sus compañeros.

El final del primer pase llegó con el tercero de los cuatro movimientos, una melodía de extraña belleza que el compositor fue envolviendo, gracias a su arsenal tecnológico, en capas y más capas de sonido a las que Monodrama se fue incorporando hasta convertir la pieza en un prodigio de sensibilidad a flor de piel.

Mauricio Gómez © Sergio Cabanillas, 2016

Mauricio Gómez
© Sergio Cabanillas, 2016

El segundo pase comenzó con “El Destape”, un original de Mauricio Gómez que refleja claramente su aportación al carácter propio de Monodrama: armonías fluidas, en constante evolución, que provocan en el oyente la sensación de caminar sobre arenas movedizas, dentro de un caleidoscopio sonoro donde todo se mueve, invitando a sus compañeros de viaje a una improvisación colectiva que llegó en sus momentos más intensos a rozar el punk.

La velada continuó con uno de los platos fuertes de la noche, una composición a ritmo de vals que Chema Sáiz ha titulado “Simple Puzzle”, cuya melodía se construye intercalando una nota la guitarra y una el tenor, hasta completarla. Expuesto el tema, se entró en un interludio en el que Mauricio Gómez elaboró desde la base, con paciencia,  sabiduría y silencio, un discurso tan profundo como fascinante, que sus compañeros supieron potenciar rodeándolo de un envoltorio hipnótico. A continuación cambiaron las armonías, casi anunciando el comienzo del solo de guitarra, una fantasía en la que todo cupo, y todo inesperado, una intervención en la que el sonido del instrumento se fue desfigurando hasta quedar irreconocible. Llegó entonces el momento de David Sancho, que embarcó a la audiencia en un increíble viaje a otros mundos en alas de sonidos cósmicos, no ajenos a la influencia de leyendas de los sintetizadores como Vangelis o Isao Tomita, toda una experiencia sónica. El resto de sus compañeros se subió a la ola y la hizo crecer hasta desembocar de nuevo en la melodía.

David Sancho © Sergio Cabanillas, 2016

David Sancho
© Sergio Cabanillas, 2016

La banda atacó entonces el cuarto y último movimiento de la pieza que expusieron en el primer pase, un broche de oro pletórico de groove y funk, tan camaleónico como su protagonista, antes de abordar “Take 5 (O No)”, una reescritura deconstruida del standard que el propio Paul Desmond no reconocería, salpicado de interludios en los que los cuatro músicos se embarcron en desenfrenadas carreras hacia la melodía principal. Entre los aplausos de los asistentes, la banda se despidió con su personal presentación, cantando de nuevo sus nombres a coro sobre una melodía. No se hizo esperar la petición de bises, y Chema Sáiz se puso a la tarea, construyendo a base de loops sobre un riff totalmente crimsoniano una “monodramática” versión de su ya clásica pieza “Latín”.

En resumen: toda una conjunción astral en Bogui. El resultado de la misma: música que expande mentes, música increíble, sorprendente e inaudita; música inesperada y fascinante; música libre, sin límites, barreras ni corsés; música transgresora, desquiciada y felizmente irreverente. Música, así, en mayúsculas, música que, señores, ha de grabarse y difundirse a la mayor brevedad, para convencernos de que lo vivido es realidad, no ensoñación.

Texto y fotos: © 2016  Sergio Cabanillas