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He estructurado este relato, totalmente ficticio, en dos partes. Con esta primera, para los más sagaces, me gustaría proponer un juego:

  Aquellos de vosotros que creáis conocer el nombre del protagonista en la historia hacédmelo saber mediante este enlace y en recompensa, a los que hayáis dado en el clavo, os enviaré con sumo gusto un par de álbumes. ¡No dudéis y probad vuestra habilidad como detectives!

Espero os divierta tanto como lo ha hecho a mí escribirlo. ¡Un abrazo!

Marcos Pin

Sobre el escenario de The Open Door. Greenwich Village. New York (izq-der):
Charles Mingus, Roy Haynes, Thelonious Monk, Charlie Parker. 1953.
Fotógrafo: Bob Parent.

El viaje. Primera parte

 

  ¡He llegado! ¡¡Lo he conseguido…!!

  El viaje ha transcurrido entre mínimos percances: algún que otro mareo, nauseas, pequeños brotes de ansiedad. ¡Es curioso, ahora tengo la sensación de que ha sido fugaz!

  Me entristece que haya tenido que ser de esta manera, en secreto, a traición… pero si lo hubiesen sabido, jamás hubiera podido… ¡¡Bah, olvídalo, ya estás aquí!!

  Una ciudad tan grande, ¡qué oscura…! ¡Menuda tormenta!, con los truenos no puedo casi oír mis pensamientos. Espero que pronto amaine, estoy empapado. Al frío lo reconozco, es el de siempre.

  …¡Pero no te distraigas, tienes que llegar a tiempo! ¡Dichoso viento! El plano, ¿dónde está…? Mojado como mi ropa ¡Apura!, no queda tiempo. ¿Y si hubiera errado en día? ¿hora? ¡¿lugar…?! Todo habría sido en vano. ¡Qué aire! ¡Aj, dichosa estática…!

  No es momento para dudas, quejas, arrepentimiento… No te entretengas: ¡¡corre!!

  Como en las viejas fotos. Recuerdo las primeras, las de los libros de historia, en donde, aunque en blanco y negro, mi cabeza acertaba con el color rojo del toldo que atraviesa la acera. Lo imagino cubriendo a una muchedumbre con prisa por entrar pero hoy no hay nadie. La calle está desierta. Otra vez me asalta la duda, ¿habré calculado mal la hora, el día…? Puede incluso que haya errado en el mes. ¿Y si todo se va al garete: el colosal esfuerzo de años, las cábalas, los engaños…? ¡Un momento!, escucho algo… Sí, son voces que vienen de abajo y, si mis cálculos no fallan… ¡Sí, si, ahí viene, está subiendo! ¡Rápido, escóndete…! Siento alivio al tiempo que mi corazón bombea excitación.

  Bajo sigilosamente la escalera, empinada, estrecha, de madera; agarrando con firmeza la barandilla en un vano intento por confundir el sonido de mis pasos con el de la lluvia afuera. No lo hago con afán de discreción sino para poder seguir escuchando las voces, adivinar sus dueños. Las comparo inconscientemente con aquellas escuchadas cientos de veces en viejas grabaciones y entrevistas. ¿Serán ellos? Creo que… Empujo la puerta y se hace el silencio en el interior.

  Dos hombres al fondo, junto al escenario, giran sus cabezas al unísono y enfocan su mirada en mi. Uno de ellos imprime una sonrisa burlona y amigable a la vez. Reconozco a John y mi cuerpo se paraliza. Por un instante, mi cabeza duda entre entrar o dar media vuelta y salir corriendo pero el camarero me ayuda en la decisión al grito de «¡La puerta!».   Desde la barra, estratégicamente escondida a la derecha para dejar espacio a mesas y sillas de las que en días como hoy parecen disfrutar fantasmas; secando lo que parece un vaso, con desdén, murmura cabizbajo, sin mirarme; con el “decrecendo” de la ironía [el camarero]:

  —¡Vaya, hombre! Ya me han jodido el cierre…

  Sabía que molestaba. Tan solo diez minutos antes habían tomado la decisión de cancelar el concierto. Tom, el camarero, recogía ávidamente al tiempo que maquinaba la visita sorpresa a una “amiga especial”. John Birks, abría ahora la funda de la trompeta que había guardado poco antes de que yo empujase la puerta. Meneaba su cabeza, cadencioso, como expresando decepción y felicidad a un mismo tiempo. Su interlocutor cesó abruptamente la conversación que mantenían. Me miró y se movió apresuradamente siguiendo la dirección de una línea que pintada en el suelo indicaba a los nuevos [clientes] la dirección al baño.

   —¡Conque ya estás aquí! —me sorprendió una voz que provenía de la esquina menos iluminada del local, entre la barra y una puerta que anunciaba “Privado”—-Supongo que un viaje así bien merece algo de música —concluyó al tiempo que se levantaba pausadamente y abandonaba la silla que ocupaba en la penumbra.

  Con el alto en una mano, un vaso mediado en la izquierda y en la boca humedeciendo una de sus cañas, pasó a mi lado sin mirarme. Rió maliciosamente. Olía a “prohibición”, tabaco fuerte y alcohol. Sentí un escalofrío. ¿Se referiría a mí con lo de «un viaje así»?

  Yo sabía quien era él pero era imposible que él supiese de mí, quien era yo y que había venido a hacer. Me tranquilicé pensando que probablemente delirase en su borrachera. Seguramente, esta, era la razón por la que no había guardado su saxo. Ni siquiera habría estado atento en (o no se habría enterado de) la conversación que un rato antes había concluido con la cancelación y cierre.

  Dí un par de pasos hacia atrás sin apartar mi vista de él, observando como esquivaba mesas y sillas camino del escenario. Choqué contra la barra con mi espalda y de nuevo el camarero me sacó de mi letargo:

  —¡Charlie, nada de alcohol en el escenario…! —gritó—Y usted, amigo, son quince dólares la entrada. Hoy sólo harán un pase. Consumiciones y propinas no incluidas. ¿Qué le pongo?

  —Agua, por favor.

  —¡¿Agua?! —gritó John Birks, alias “Dizzy” que venía ahora hacia la barra al tiempo que apartaba alguna silla para facilitar el camino a Parker—. Chico, ¿no tienes bastante con la que cae ahí fuera? Si lloviese whisky los paraguas serían cubos… Tom, no le pongas nada, escucha —ya estaba a mi lado y me agarraba del hombro al tiempo que continuaba hablando al camarero—: No podemos tocar, Douglas ya se ha ido.

  —¡Cierto! —recordó Tom.

  —Lo siento mucho, chico —giró su cabeza y me miró a los ojos—, pero habíamos cancelado el bolo justo antes de que tú aparecieses por esa puerta y nuestro contrabajista salió corriendo. Hay algo aún más horrible que la tormenta que está cayendo esta noche y es que hoy juegan los “Knicks” —su sonrisa delató el chiste—. Douglas salió como una bala para poder ver el partido. Creo que ha apostado. ¡Fíjate!, hasta ha dejado atrás su caseta del perro [Doghouse] —y señaló el contrabajo que sobre el escenario permanecía apoyado en una silla—. Lo siento, chaval, pero hoy no habrá Jazz para ti—me consoló con una paternal palmada en el hombro antes de concluir, tras una pausa —a menos que toques ese violín para toros [Bull Fiddle] —y clavó sus ojos en los míos, por encima de sus gafas, buscando asegurarse de que había comprendido.

  Ignoré a Charlie que en ese momento reía irónicamente desde el escenario. ¡Pobre borracho! (pensé) y seguí con mi plan.

  —Lo hago —asentí y noté como al hablar me temblaba un poco la voz.

  —¿El qué…tocar el contrabajo? —irrumpió el hombre que salía del baño, todavía ajustándose los pantalones— ¿Lo haces bien?

  —Soy el mejor —Respondí seguro de mi mismo.

  Había ensayado aquella conversación en mi cabeza millones de veces durante los últimos diez años. Tom relevó a Parker en las carcajadas que el trompetista acalló con el gesto de una mano.

  —¡Oh là, là…! —dijo con humorístico acento francés—. ¡¿Qué tenemos aquí?! Un gatito mojado [Wet Cat] ¿De dónde eres, “Mejor Contrabajista”? ¿Te ves mejor que el “Vicioso  Douglas”?

  —Me llamo…

  —¡Shhh…! —me interrumpió bruscamente llevando su dedo indice a la boca— No he preguntado tu nombre. Te lo pediré sólo cuando decida llamarte. He preguntado de dónde eres.

  El borracho, desde el escenario, murmuró algo ininteligible al tiempo que yo recomponía mi papel de actor. Era ahora cuando me jugaba la coartada.

  —De Pittsburgh, señor.

  —Pensilvania —puntualizó el batería, ya perfectamente vestido.

  —Gracias por el apunte geográfico, señor Roach —dijo al tiempo que se giraba rápidamente encarando el escenario. Dio un par de pasos y enérgicamente exhortó—: ¡Vamos a tocar!

  Justo en ese momento Charlie comenzó a improvisar un medio tempo del que reconocí la armonía a medio coro. Acabé de desenfundar el contrabajo en el “Turn Around” [cadencia de acordes para devolver el tema a su principio armónico] y, confiando en que estuviese afinado, toqué la tónica en el uno, junto a Dizzy, que rompía mi plan trazado sentado al piano. «Mayor el primero», pensé. Hicimos sonar “Here´s That Rainy Day” [Aquí Está Ese Día Lluvioso] por más de diez minutos durante los cuales recordé la tradición de comenzar con esa pieza  los conciertos en los que el público era escaso. Luego vinieron más y más temas donde Gillespie cambiaba a voluntad entre trompeta y piano. Tocamos durante horas, compitiendo con los truenos afuera, para deleite de Tom y de su “amiga especial” que había planeado la misma visita sorpresa pero en dirección opuesta y porque, para fortuna de ambos, Tom no había cerrado aquella noche.

  —Escribe aquí tu nombre, muchacho —me dijo “Dizzy”—. Mañana quiero verte aquí a las siete y media. El primer pase es a las ocho. Toma, compra un traje —y metió dinero en mi bolsillo. Cogió el papel donde había escrito mi nombre y se fue andando con prisa, dejándome completamente solo.

  Permanecí un par de minutos allí de pié, en la calle, con el club ahora cerrado a mis espaldas. No tenía adonde ir. No conocía a nadie en la ciudad. Había olvidado el plano sobre una de las sillas, una al lado de un radiador, con la intención de que secase. Al azar, decidí tomar la dirección contraria a la en que Gillespie se había dirigido. Aunque ya no llovía, el frío era el de siempre.

  Caminé hasta el final de la calle y giré a la derecha, había decidido buscar un lugar donde pasar la noche cuando un hombre, oculto en un portal, hizo que el terror se apoderase de mí con sus palabras:

  —¿Adónde crees que vas, R. M.?

  La luz de la farola próxima me permitió ver su rostro por un instante y palidecí. Charlie Parker sabía mi nombre…

Continuará…

Tomajazz. Texto e idea: © Marcos Pin, 2018 www.marcospin.com