image_pdfimage_print

La ruptura

¡No lloré! ¡Qué le den…!

Aquella cafetería me gustaba. Era acogedora. Silenciosa. Nadie pone ya monedas en los jukebox y, sinceramente, lo agradecí. Necesitaba silencio, mucho silencio; aquel silencio…. Fue un buen refugio: íntimo, oculto, aislado entre los paneles que separaban las mesas. Solos yo y la empañada cristalera. Mirando como las gotas se deslizaban sin un plan, al azar, sin rumbo. La lluvia funciona sin monedas; música deprimente. El atrezzo perfecto para aquel día de mierda.

Desempañé ligeramente el cristal con la manga de mi gabardina, empapada. Fue entonces cuando me había dado cuenta de que debería haberla colgado en el perchero, al entrar. Afuera, tras las gotas, alguien salpicaba al correr, sonaba a charles de Roy Haynes (el Times nunca fue un buen paraguas, ni siquiera un buen periódico). Habría apostado a que entraba, huyendo del aguacero, pero pasó de largo. ¡Un momento, esa chaqueta!… Agrandé el agujero, desempañando con la otra manga, pero ya no había nadie fuera. Tampoco dentro…

—¿Más café, señor? —«Se ha ganado una buena propina» —pensé al tiempo que extendía la taza, sin mirar. Para cuando hube girado la cabeza descubrí que ya no estaba. Como por arte de magia, se había transformado en el humo que emanaba del café recién hecho. —«…La camarera invisible —ironicé. —Mejor dicho —corregí—: …el idiota ciego» —y aquella mañana regresó golpeándome de nuevo con dureza, sin avisar, a traición, en lo más bajo y profundo…

Nunca despiden a nadie en un día soleado. Nunca antes lo había pensado. Durante los veinte años que llevaba trabajando en la misma oficina, había visto docenas de despidos. Y ha de tocarme a mí, para darme cuenta de que siempre nos echan en días horribles. Pensaba en ello mientras me empapaba de camino a casa. ¡Qué crueldad! ¡Qué hijos de puta!… Apostaría a que seguían un parte meteorológico y elegían, adrede, el día más cabrón. Recordé cuántas veces antes me había consolado, con cierto alivio y preocupación: «Joder, qué día de perros, por lo menos no has sido tú al que han dado la patada».

Subí la escalera al apartamento que Monique y yo compartíamos pensando en aquello; en la forma en la que le contaría que nuestros planes de boda tendrían que posponerse; preocupado por cómo se tomaría aquel revés. A siete peldaños de la puerta, escuché un solo de trompeta en Basie. La bella y caprichosa Monique había puesto uno de mis vinilos. Sabía que, aunque lo negara, acabaría por gustarle el Jazz. Me hizo sonreír levemente.

—Sentémonos aquí, Mel —dijo alguien desde atrás, al tiempo que dos personas ocupaban el cubículo contiguo en la cafetería, apartándome de mis pensamientos. —Tenemos que hablar; este es un lugar tranquilo.

—Menudo día, señores —irrumpió amablemente la camarera invisible—. ¿Qué van a tomar?

—Horrible, nena… Cerveza y whisky para mí, por favor.

—Lo mismo, gracias.

Recordé la botella de Macallan en el suelo, con la que choqué al abrir la puerta del apartamento, arrancada a la fuerza de mi colección de escoceses. Todavía derramaba un último hilo de licor. Se me antojó un cadáver.

—¿Qué pasa, Thaddeus? ¿Qué es eso tan urgente que tienes que contarme? —imaginé, por un segundo, que se cogían las manos. —«Suena a pelea de pareja gay» —me dije.

—Aquí tienen: dos cerveza y dos chupitos.

Pensé en pedir lo mismo pero no quise delatar mi presencia y que ambos se sintiesen incómodos. Me agazapé en silencio, odiando mi vida. Reconcomiéndome. Pensando en lo que había sucedido; en los doce años que Monique y yo llevábamos juntos; en como planeábamos un futuro en común.

—Mel, han sido doce años —sus palabras retumbaron como el eco. —«Qué casualidad —pensé—, los mismos que Monique y yo». Sorbí café frío y maldije, para mí.

—Lo sé, Thad, doce felices años, juntos.

—Lo han sido, doy fe. Los más felices de mi vida…

Se hizo silencio. Imaginé a ambos cabizbajos, sin soltar sus manos entrelazadas. También yo había sido el hombre más feliz del mundo junto a Monique los últimos doce pero todo cambió aquella mañana cuando llegué al apartamento y descubrí, junto al cadáver sangrando su última gota de whisky, la ropa desperdigada sobre el suelo: la de Monique, que reconocí, y la de algún hombre, que jamás había visto antes. Sentí como su chaqueta, desde el sofá, se reía y burlaba de mí al tiempo que un piano súbito en la orquesta de Basie conseguía que asaltasen mis oídos los jadeos provenientes del dormitorio.

—Te aseguro, Mel, que no era tan feliz desde Basie —me incorporé alterado. ¿Era aquello algún tipo de broma?

—Gracias por todo, Thad. —pude escuchar como ambos asentían —¿Dónde irás?

—A Copenhague

—¿Nos volveremos a ver? —El largo silencio volvió al bar. Ambos conocían la res- puesta.

—Es lunes —rompió uno de ellos—. Hagamos de este, último, el mejor.

La camarera no quiso cobrarles a cambio de sus firmas sobre la carátula de un álbum. Ambos salieron a la lluvia y se abrazaron. Un abrazo del que no podría haber salido otra cosa más que música. Pasaron frente al cristal y me descubrieron, testigo de su ruptura, llorando como un niño, a moco tendido.

Thad Jones y Mel Lewis se separaban para siempre aquella noche y, al igual que yo y Monique, a la que no volví a ver, nunca nadie supo el por qué.

Tomajazz. Texto e idea: © Marcos Pin, 2018 www.marcospin.com