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LA UNDÉCIMA

A mi amigo Narci, por inspirar esta historia.

Duke Ellington 1” by Hans Bernhard (Schnobby) – Own work. Licensed under CC BY-SA 3.0 via Wikimedia Commons.

—A ver qué tenemos hoy… ¡No!… ¡¿Otra vez…?! Susana, abre el expediente seis, tres, nueve, barra… ¿por cuál vamos? Ah, Robustiano, estás aquí… ¡muy bien!, tráeme un café primero, antes de hacer pasar al acusado. Solo, como siempre. Intenta que no se te caiga esta vez…

—Nueve, señoría.

—Si, nueve, gracias Su… Está raro Robustiano, ¿no?

—Yo lo veo igual que siempre…

—¿Igual de troglodita? Jiji, se habrá peinado… ¡Pobre hombre!

—Tenemos para hoy, diez casos, señoría.

—¡Diez, por Dios! No saldré nunca de aquí. ¡Pfff…! He quedado para comer… ¿qué es lo último?

—Otro de corrupción, un concejal. El pueblo contra…

—¡Ah, sí, sí…!, Fernando. Hablé ayer noche con su abogado. No va a presentarse. Luego lo veré en el restaurante… Gracias, Rob, muy amable. Y no has derramado ni una gotita, jiji… Pues vamos allá. Empecemos, haz que pase “el elemento, este…”. Susana, acércate; escucha: fíjate (¡shhh…!), en esa cara de cavernícola, creo que Robustiano ha estado llorando… Jiji-ji, seguro que no recuerda dónde ha enterrado el desayuno, jiji…

Otra vez, no me lo puedo creer. No aprendo… En buena hora se me ocurrió a mí dedicarme a esto. Qué razón tenía… No han dejado de resonar en mi cabeza sus palabras desde el día en que las pronunció por primera vez para mí; remarcando todos y cada uno de sus golpes de voz con la batuta del dedo índice, staccato y crescendo: «Con la cu-cha-ra que es-co-jas, comerás». Por fin, a mis cuarenta y pico, empiezo a entender aquella advertencia… y me veo ridículo en el recuerdo (donde sonrío, arrogante y soberbio, y contesto: «¿Tú qué sabrás, mamá?»). Qué le vamos a hacer… ya es tarde, demasiado tarde… Hablando de tarde, y de madres: supongo que alguien habrá llamado a mi mujer para contarle que me han detenido, otra vez… ¡Menuda me espera…!

—¿Y éste del banco? —me señala un agente gordito al tiempo que hace la pregunta a otro, también de azul pero delgado (Laurel y Hardy, no puedo evitarlo…). Hardy lee prensa deportiva sobre una mesa vacía, a la entrada del pasillo. Hace que, de alguna manera, se sienta más en forma aunque, lo que realmente le fascina, son las cifras astronómicas que aparecen en cada artículo y, en secreto, piensa: «si estos idiotas ganan esto en calzoncillos, ¿qué tendría que cobrar yo?…»

—Otro del “Llás”… —contesta despectivamente, sin apartar la vista del número de la prima—. Lo pillaron ayer. Está viniendo Hulk, el idiota, a buscarlo para juicio…       Laurel gira su cabeza sobre mí y me mira con el desprecio del necio en sus ojos:       —¡Escoria! —murmura y me escupe; con tan mala puntería, mejor dicho, con tan poca potencia, que el escupitajo acaba en su camisa, junto a la estrella que es la placa, estrellado en la estrella (pienso)—. ¡Mierda, mira lo que me has hecho hacer, Ramón…!       El tortazo duele pero no me importa, de hecho, me cuesta aguantar la risa, una pequeña, nerviosa e impotente que guardo para mí. Me mantengo cabizbajo. Incluso cuando recoge el lapo y limpia su mano en mi camisa al tiempo que dice, apretando los dientes con rabia contenida:

—Esto es “Yast” de ése, Ramón. Mira, aquí lo tienes…

La noche, repleta de vejaciones, me hubiera convencido del cambio de nombre si el policía más delgado, Hardy, que dobla ahora el periódico y sale de su “letargo numérico – deportivo” para indicar mi situación al alguacil recién llegado, no lo hubiese pronunciado:       —¿Duarte?, sí, ahí lo tienes, Robustiano —golpea un par de veces la mesa desnuda con el periódico doblado y prosigue—: no hemos podido quitarle las esposas, no sabemos dónde está la llave… Y como el detenido no se ha quejado, je,je… Ya sabes, a estos “músi-cos”, las manos siempre atadas…

—¡Uy, qué tonto, Ramón! — me dice Laurel con tono infantil, llevándose ambas manos a la cabeza y parpadeando rápidamente, a lo dibujo animado— …si la tengo aquí, en el bolsillo de atrás… —y, al girarse queriendo mostrarme su culo de gordo, la porra que le cuelga del cinturón me golpea la cabeza, con un sonido sordo.

Me doy realmente cuenta, tras quitarme las esposas, y por primera vez, de lo muy apretadas que estaban. Todo este tiempo que he pasado esposado al banco del pasillo, hace que mis hombros recuperen su posición natural con dificultad. Refriego las muñecas, aliviando el escozor, al tiempo que el alguacil gigante me coge del codo y, sin mediar palabra, me levanta y empuja a través del pasillo. Atrás quedan las risas grotescas de ambos policías. Me resulta imposible discernir si el chiste es Robustiano, lo soy yo, o somos ambos.

—Pues como te lo digo, Susanita, te quedarían muy bien estas mechas —la juez sacude su cabeza, como en un anuncio de champú—. Bueno, si te las pudieras permitir, claro, lo sé, mujer… pero un día de capricho, ¿no?… —la taquígrafa asiente con paciencia, restando importancia a los consejos que su jefa repite a diario y que sabe absurdos—. Tú lo que tienes que hacer— continúa, ahora en tono maternal, bajando el volumen como si de un secreto se tratase—, es amarrar a alguno con pasta; con mucha pasta —aprieta el puño al decir esto último—. Ya no tienes veinte años, chica, y el tiempo pasa. Fíjate, ¿quién va a querer nada contigo? Taquígrafa de juzgado, del montón. Como tú hay miles, muchacha —en la cara dibuja una mueca de asco que precede a la conclusión—: …no te lo digo por mal, chica. Lo hago por tu bien, por ayudarte. Porque mira que estás dejada… ese pelo tuyo, teñido, ¿verdad?

—Es natural, señoría.

—Rubias de ojos azules hay a montón, hija. Cada vez sois más, bfff… una plaga… Ven un día conmigo al club; te presentaré a alguien. Lucirías muy bien del brazo de un señor…

—Gracias, señoría, pero ya salgo con alguien.

—Un muerto de hambre, seguro— afirma al tiempo que coge el martillo de madera—. Pobre chica… —sentencia. De un martillazo en la mesa, como de loca y, mirando a la puerta cerrada, al fondo: —¡Robustiano! —grita—, idiota redomado—, murmura—, ¿dónde está el acusado? ¡Panda de inútiles! —inquiere e insulta a la vez. Rasgo común en todo aquel que se sabe intocable, que, por falta de la inteligencia más elemental, se considera a sí mismo, superior, como de otra especie (que lo son, pero nunca superior).

Robustiano abre la puerta y me cede el paso de entrada a la sala. Justo me agarra del hombro para indicarme que espere, mientras cierra tras de mí. De nuevo, me coge del codo y me planta delante de la juez. El estrado sigue pareciéndome tan alto como la primera vez. Hace que me sienta enano.

—Pero ¡¿qué hace este hombre sin esposas?! —se enerva en lo alto— ¡Robustiano, póngaselas inmediatamente! ¿No sabe que es músico? A los músicos, las manos siempre atadas, coño. ¡No aprendemos! ¡¿No conoce el protocolo, Robustiano?! ¿Qué tendrá en esa enorme cabeza hueca? ¡Qué despilfarro de espacio, por Dios!

Poco duró el alivio en mis muñecas.

—Ahora, sí, retírese.

El alguacil se dirige a la esquina del estrado donde, sabe, debe esperar nuevas órdenes y se permite, durante el corto trayecto, una mirada furtiva a Susana, que hace algún que otro ajuste final en el taquígrafo, preparada para el trabajo.

—Comencemos —exhorta la juez al tiempo que mira a la transcriptora para cerciorarse de que todo está dispuesto correctamente—: el pueblo contra Amador Duarte. Expediente seis, tres, nueve, barra, nueve. Se acusa al señor Duarte de incitación a la rebelión, contaminación acústica, burla al sentir común y estafa artística. Que conste en acta: reincidente. ¿Qué es, señor Duarte, su once vez?

—Undécima, señoría

—No, no, señor Duarte. Once, once veces ha, usted, estado aquí —me explica, como a un niño.

—Se dice undécima, señoría. Es un ordinal…

El golpe de martillo sobre la mesa provoca que, de repente, cese el sonido hipnótico de las teclas en la máquina de mecanografiar. Continuo cabizbajo.

—¡Mal empezamos si no respeta usted a este tribunal! Permítame que le explique: aquí se viene a hacer justicia, no oratoria barata —tras el enojo, se dirige, con calma forzada y fingida, a la taquígrafa—. No escriba esto último, Susana. Corrija y ponga undécima —vuelve a mirarme, en apariencia tranquila—… ¿Cómo se declara, señor Duarte?

—Inocente, señoría y, si me permite, también puede usted decir decimoprimera.

Come, y calla… come, y calla… come, y… Recuerdo esas palabras, ahora que fuera de mi cabeza sólo suenan exabruptos. Pero ese no es el mensaje para la ocasión sino otro. Otra de las frases grabadas a fuego en mi cerebro, junto a la de la cuchara escogida:

«Callado, estás más guapo» («¡Qué tontería, mamá! Yo estoy guapo siempre…»)        Algunas personas lo consideran hablar de más. Yo prefiero llamarlo, aportar. Este vicio mío, de intentar siempre enriquecer al prójimo… como me gusta que hagan conmigo; de hecho soy de los que creen que una conversación sólo es buena si ambas partes la terminan con mayor sabiduría y el tema atrae a ambos, claro. Y digo esto último, por la cantidad —enorme— de conversaciones absurdas que en este momento se llevan a cabo en el mundo (cuánta energía desperdiciada. ¡Uy, perdón!, que no se crea ni se destruye; mal transformada). Esta filosofía (¿por qué no llamarla así?) no hace más que acarrearme problemas desde que tengo uso de razón: que si un estudiante que no me habla porque apunto sus defectos (al tiempo que señalo sus virtudes… es increíble cómo sólo se quedan con lo malo…); que si a un músico le hiero en el orgullo al pedirle que toque piano (lo siento, sólo lo pido once veces. A la doceava [decimosegunda], llamo a otro…) En fin, como decía mi viejo amigo Dexter: tenemos que llamar a las cosas por su nombre o acabaremos pensando que la mierda es tarta…

—¡¿Qué si está sordo, señor Duarte?!…

—Disculpe, señoría.

—Claro, tanta droga y vida nocturna… A propósito, ¿cómo ha dado su test de narcóticos, ha disfrutado de su examen rectal? —rebusca en sus papeles, con risa de ratón, al tiempo que lleva a cabo su venganza dialéctica —… Porque, virgen, lo que se dice virgen, virgen… usted no es, ¿verdad? jiji… ¿cuántos van? ¿undécim…? ¡Bah, tonterías!… Aquí están.

Lee con incredulidad y se dirige a mí, de nuevo:

—Ya me dirá cómo lo hace… limpio, otra vez. Si se le ve que va puesto, con esa pinta… Esto omítalo, Susana. No queremos que nos consideren prejuiciosos. Mire usted, señor Duarte. Aunque no lo crea, me pilla de buenas y con talante comprensivo. Pues no ha querido Dios que todos tuviésemos el don de la inteligencia. ¿Se imagina?, ¿usted de juez y yo de…  yo de…? bueno, lo que sea que usted hace. Por cierto, don Amador, ¿qué hace  usted… aparte de ruido?

—Solamente lo ordeno.

—¿Cómo?

—El ruido, Señoría. Lo que hago es ordenarlo, convertir mi mundo en un mensaje.

Soy compositor.

—¡No siga, Duarte, por favor! —dice con desdén— O tendré que pedir un nuevo test. Esa patraña, se la cuenta usted a sus seguidores. Indeseables y colgados, como usted. Por mucho que intente vendérmelo, jamás escucharé nada suyo. Nada bueno puede salir de un despojo así, ¡qué asco!

«Ha de ser difícil juzgar lo desconocido» —pienso—, «bueno, no tanto, en realidad, lo hacemos a diario» —concluyo.

—Pasará usted la noche en el calabozo, señor Duarte, y mañana ya veré qué hago con usted.

—¿Señoría? —oso — ¿podrían avisar a mi esposa de…?

—¡Pobre mujer! —me interrumpe — Robustiano, que avisen a la santa. ¡Qué desgracia le ha caído! Pensará que está usted de fiesta, por ahí… No, no me interrumpa. Le decía que, esta noche, al calabozo, de cabeza. Pero fíjese, me he levantado hoy, creativa — coge su teléfono y busca en la pantalla con el pulgar mientras dice—: voy a pedir que… a ver si consigo… mmm, sí, a la “un – dé – ci – ma”, aprenda usted algo (ji-ji-ji): le van a poner a usted, “Señor, Chacha del Ruido” (porque ordena y limpia), durante toda la noche, y por los altavoces de la celda, mi “playlist” personal. Aquí está, sí, ahora mismo doy orden de que la metan en el hilo. Va, usted, por fin, a descubrir la buena música.

«¡Qué locura! ¿Cómo puede, esta mujer, escuchar esto? ¡Así tiene la cabeza…! ¡No!, ¿no lo ves, Duarte? Ya estás juzgando. Al final, nada es mejor que nada, solamente diferente… Varios caminos al mismo destino. Pero, ¡¿esta basura…?! No es basura, es lo que es y punto, por eso, es, como es… basura… ¡Joder, tanto rollo Zen!; el Todo, la juez, el mundo, la música, el Jazz… El Jazz lo sabe, a fin de cuentas surge y se nutre de ello y, como decía Blakey, limpia la suciedad [la basura] al final de cada día.»

Los que saben, dicen que nuestro cerebro procesa alrededor de 60.000 pensamientos diarios, de los cuales, la mayoría son negativos. En mi caso, resulta difícil convertirlos a positivo, esto no deja de ser una celda. De nada serviría describirla, es una celda, y punto. Todas son lo mismo: un lugar para esconderte, no tú del mundo sino a ti, de él y al mundo, de ti.

«¿Esta armonía no es la de antes? ¡Dios, qué canción más…! Hala, otra vez juzgando… Bueno, piénsalo fríamente. ¿No es lo que haces al escribir? Esta nota, no tiene color. Este motivo, es soso. Este acorde, no va a ninguna parte. Batería, aquí no, es ruidosa, es ruidoso, soy ruidoso… estoy perdiendo…, perdiendo el juicio…»

La trampilla de las bandejas, en la puerta, se abre. Me traen la cena. Supongo que será la cena, no lo sé. No sé qué hora es. Tampoco necesito saberlo… recojo la bandeja. La trampilla vuelve a abrirse, me giro de vuelta y, esta vez, alguien empuja un papel dentro. Dejo la bandeja sobre el catre, lo recojo y leo:

Señor Duarte:

Gracias por su música. Por favor, no deje nunca de componer. Mi pareja, la señorita Susana, y yo, queremos agradecer todo su talento, la emoción que nos evoca, la historia que nos transmite, la fantasía, belleza… Hacen del mundo, de nuestro mundo, un lugar mejor. Gracias,

Robustiano

La carta manuscrita hace que mis oídos dejen de prestar atención. Mágicamente, consigue que la tortura cese. No puedo evitar pensar que, igualmente, y al hilo de mis pensamientos anteriores, estoy siendo juzgado. No sé si justamente, pero juicio al fin y al cabo.

Acerco la bandeja, la poso sobre mi regazo. La noche, o el día, ambos, han sido muy largos. Tengo sed… y algo de hambre. Al levantar la tapa del recipiente, con cuatro compartimentos: uno para el pan, un plato, los cubiertos, el puré… el puré; del puré sale un lápiz, uno de esos con goma. Levanto y aparto la bandeja, por intuición, y ahí está: un manojo de folios, de los que ya no hay desde que los ordenadores lo hacen todo, de los amarillos, pautados. Sobre la primera hoja puedo leer un título, sin duda, a petición de Susana y Robustiano: Esperanza.

Limpio el lápiz de restos de puré con la camisa, donde hace horas hubo un escupitajo y recuerdo la frase de Duke: “…lo que yo hago, es convertirlo en la energía necesaria para escribir un blues”.

Tomajazz: Texto © Marcos Pin, 2018