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Otoño 2011, 7ª edición de Imaxina Sons. Es la resaca del primer año como director de Imaxina Sons. Empiezan a llegar rumores sobre el hecho de que hay gente intentando practicar el «quítate tu pa ponerme yo», sin el más mínimo recato. Años más tarde, 2016, intuyendo la deriva que iba tomando el tema decidí dimitir como director. Y mira por dónde, acerté. Estaba visto. Y luego la cosa fue todavía a peor.

Posteriormente, en enero de 2017, pude asistir a un encuentro propiciado por el responsable de Cultura al que fueron convocados además de la directora recién llegada en ese momento, Lucía Martínez, el director actual a día de hoy y otras personalidades del mundo del jazz gallego. No estaban todas, cierto, pero había algunas importantes. Se supone que en esa reunión debería haberse propiciado una especie de tormenta de ideas para intentar dar impulso a un festival que siempre fue bien hasta que llegaron las rebajas y los limadores de patas. El festival tenía una línea. Era distinto. Espectacular en sus comienzos. Fue capaz de llamar la atención en el resto del estado. Luego, sin dinero y sin cariños políticos que abrazaran esa causa, la cosa empezó a empeorar.

De esa reunión lo único que saqué en claro es que había un señor que no estaba de acuerdo con la línea del festival y que, de alguna forma, se postulaba a hacerlo mejor. La idea principal que esta persona esgrimía era que el festival debería ser más mainstream. O sea: bajar el listón para los pobres aficionados que no son capaces de entender lo que pasa encima del escenario. Un argumento algo sospechoso ideológicamente, aunque los que no entendían ese jazz eran ellos. Así de chusco funciona esto por dentro. Claro está, había otros argumentos; pero no eran musicales. Esa persona después de intrigar y no dejar de serrar hasta que la rama cedió, es a día de hoy el nuevo director del festival Imaxina Sons.

¿Méritos? No los conozco. Ahora está dentro, y declara con todo el valor del mundo que prefiere optar por un jazz más estándar en detrimento de la improvisación. (¡No vaya a ser que progresemos!). Es como decir que en un festival de música barroca prefieren apostar por todo aquello que no sea demasiado barroco. Al menos han dejado de llamarlo Imaxina Sons. Puedo entender que se cese a un director por la causa que sea. Un responsable de Cultura debe tener un criterio definido. Pero esto que ha pasado aquí es la crónica de una muerte anunciada. No hay un criterio artístico que soporte esta decisión. Y escribo esta carta porque estoy hasta el gorro de que se menosprecie a toda una manera de entender el jazz que costó décadas sacarlo adelante, conceptuarlo mismamente, y que tuvo en músicos como Baldo Martínez y muchos más en el panorama gallego y estatal, grandes exponentes. Gente que siempre hizo suya la aportación característica del jazz al mundo de la música en general, y a partir de ahí intentó crear una identidad propia; buscando, equivocándose, creciendo etc… pero propia. A mi modesto entender, las franquicias en el arte y lo mismo en la música, nunca han dejado ningún poso.

Texto: © Nani García, 2018
Traducción: Pachi Tapiz con la inestimable ayuda de Baldo Martínez

Carta publicada originalmente en La Voz de Galicia. Traducción publicada con permiso de Nani García.