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Por Marcos Pin, que aunque no sea difícil jura que es mucho mejor músico que escritor, tal y como se puede comprobar en Spotify

El Club (Primera Parte)

1

By HaeBOwn work, CC BY-SA 4.0, Link

Entreabrí la puerta lentamente. No quería entrar. No quería estar allí. Deseaba no haber ido… Lo hacía, únicamente, por cumplir la promesa que, un par de horas antes, había hecho a mi madre:

—Antes de coger ese autobús, ve a verlo. Cuéntaselo. ¡No me mires con esa cara!…

Cabizbajo, metí primero la cabeza; mirando al suelo impoluto. Pude sentir como el olor a desinfectante ascendía por mis fosas nasales y se confundía en mi imaginación con el hedor a enfermo en toda la clínica:

—¿Abuelo…? —Levanté la vista, buscándolo.

Lo encontré donde lo había dejado en mi última visita, para mi vergüenza, demasiado tiempo atrás.

—Soy yo, Thelonious…

No esperé respuesta, sabía que no la habría. Como en otras ocasiones, dudé incluso si sabría que alguien había entrado, que estaba allí, que (él mismo) seguía vivo.

Años de medicinas, terapia y médicos inútiles acabaron por confinarlo entre aquellas blancas paredes que delimitaban la estancia; desde la que, a través de una única ventana, postrado en silla de ruedas; pasaba los días, los meses, años… con la mirada perdida, orientada a ninguna parte. Ido.

—Disculpa que haya pasado un tiempo —me excusé mientras tomaba asiento al otro lado, sobre la cama; esforzándome para que no notase mis ganas de salir huyendo (si es que todavía notaba algo…).

—… Mamá manda saludos; dice que domingo estará aquí, como siempre…

Miré alrededor, buscando conversación:

—Adoro este cuadro donde estamos los tres —dije al tiempo que cogía una de las dos fotos enmarcadas que, en su día, su única hija había colocado sobre la mesilla con el objetivo imposible de «alegrar la habitación». Una de ellas, la más pequeña, la retrataba a ella, cuando joven. La otra, que ahora observaba sosteniéndola entre mis manos, era la única foto mía, de niño, junto a ambos: mi abuela y él.

Siempre me había hipnotizado aquella sonrisa. Definitivamente, había quedado plasmada en aquella fotografía. Mágica, especial, magnética; era una sonrisa sabia que infundía tranquilidad. Mi abuelo la lucía entonces, reflejo inconsciente de una denotada felicidad; cruelmente arrebatada para siempre el día, hará ahora unos veinte años… el día en que, sin él poder estar presente, moría mi abuela.

Dejé la foto en su sitio.

—Abuelo, me voy de gira —lo miré—. Por fin, mi primer trabajo tras acabar la escuela.

Sonreí para nadie.

—Supuse que te gustaría saberlo, bueno, mamá dijo —entristecí—… que te alegraría. Mantuve un largo silencio durante el cual temí, por primera vez en toda mi vida, la posibilidad de no volver a verlo. Probablemente, fue lo que me llevó a despedirme de aquella manera; como si de la última vez se tratase:

—¿Sabes?, me hubiese encantado escucharte tocar alguna vez —me decidí—. He oído alguna grabación, de esas en directo. Especialmente una en la que me dedicas un concierto: «a mi nieto de cinco años» …bueno, claro, y los discos: todos…

Me incorporé y caminé hacia la ventana. Su rostro permanecía impasible, inalterado, perdido.

—Es todo un honor seguir con tu instrumento. ¿Sabes?, los compañeros del conservatorio viven impresionados con que seas, tú, mi abuelo —reflexioné—…Te prometo: haré lo imposible por continuar con tu legado.

Posé mi mano sobre su hombro al tiempo que reprimía la emoción. Volví la mirada al suelo y di media vuelta para irme [y no volver]. De reojo, dirigiéndome a la puerta, observé la foto con los tres, por última vez; al lado de la de mi madre joven. Giré la manija no queriendo hacer ruido, huyendo de aquella habitación tan triste; no queriendo regresar jamás.

Estaba a punto de pronunciar el «adiós», para el cuello de mi camisa, cuando escuché:

—¡Hijo!

Pensé que había sido fruto mi imaginación: las ganas, reprimidas durante tantos años, de escuchar su voz. De cualquier forma, di media vuelta igualmente, sin soltar la puerta. Sorprendido. Nuestros ojos se encontraron. No supe qué decir o hacer. ¡Un médico!, pensé…

—Espera —dijo con un muy fino hilo de voz al tiempo que me tendía su mano—. He de contar algo.

Corrí junto a él y, cogiéndole la mano, me arrodillé a su lado.

—¡Abuelo! ¡Has vuelto!

—Lo que tengo que contarte, es importante.

2

Preservation Hall, New Orleans by InfrogmationOwn work, CC BY 2.5, Link

Nunca ha sido fácil… Nada (ni siquiera el hecho de tocar), para un músico de Jazz.

A veces pienso que esta música lo pone todo de su parte para no existir: es difícil de aprender, dura de transmitir; desgarradora y, a la vez, remedio y cura para los achaques del alma…

En aquellos tiempos, nos ganábamos la vida como podíamos. Salíamos de casa con una banda y, la mayor parte de las veces, meses después, regresábamos solos.

Cuando la gira llegaba a su fin, muchos de nosotros decidíamos probar fortuna en pueblos y pequeñas ciudades de paso, camino de vuelta a casa. Buscábamos bolos con bandas locales y/o participábamos en concursos musicales (haciéndonos pasar por aficionados). Todo por dinero.

Por aquel entonces yo ya era abuelo. Tu madre: soltera. Y aquel año, aquel maldito año Liza cayó enferma. Mi Liza… tu abuela.

¡Maldito dinero! Necesitábamos del último centavo.

Una de esas noches en la carretera, durante una jam, escuché a uno de los muchachos hablar de un club:

—Lo peor es desviarse tanto de la ruta a la ciudad —contaba—. El pueblo está muy apartado. Habría que estar muy desesperado para intentar un bolo allí.

Lo estaba.

Recuerdo que caminé durante más de una hora desde donde el autobús me había dejado:

—Lo siento, amigo. Hasta aquí puedo llegar. El camino es demasiado estrecho y, ya ve, ni siquiera está asfaltado.

La noche cayó entrando yo en el pueblo; donde fui recibido por el sonido sordo de una campana, sin duda, procedente de alguna iglesia que no conseguí ubicar. Lo tomé como la explicación más lógica a lo desierto de aquellas, sus calles. «Algún entierro —pensé.

Estará el pueblo como para música —me resigné.»

Ayudado por la luz de la luna llena, estuve un buen rato deambulando por el empedrado. Aquel lugar, tan oscuro, parecía un laberinto. «Aquí no queda ni el Minotauro —ironicé—. Espero, no sea el difunto…» La noche era fría.

Decidí descansar y, para ello, tomé asiento sobre el viejo, húmedo y solitario banco en una plaza. Aguardar a que la ceremonia acabase, me pareció una buena idea. Seguro que alguien aparecía, tarde o temprano, de regreso a su casa.

Rebusqué en mis bolsillos: sin tabaco. Saqué el mechero Zippo y jugué a abrirlo, encenderlo y cerrarlo. Agradecía el calor de la llama que dibujaba formas al mezclarse con el vaho de mi aliento.

Jugaba a que el sonido del mechero iba a contra del de la campana cuando, éste segundo, cesó de repente y dio entrada al de unos pasos que se acercaban; lejanos al principio, cadenciosos. Cada vez más próximos y rápidos. Bota de tacón sobre la piedra, deduje; aunque, al igual que había sucedido con el repique de las campanadas, el eco que producía el rebote del sonido en las paredes despistaba e impedía conocer con certeza su procedencia. Buscaba, mirando a todas partes cuando, en una de estas, atisbé una sombra en movimiento.

Entorné los ojos para agudizar la vista y vi lo que parecía una silueta en la distancia; caminando calle abajo. La sombra de un hombre alto, delgado y corpulento.

—¡Oiga! —grité queriendo llamar su atención.

Pareció no haberme oído pues continuó su camino. Con prisa, giró a la derecha. Guardé el mechero con celeridad. Cogí mi bolsa con ropa y la que guardaba la trompeta. Salí corriendo tras él al tiempo que encaramaba ambos bártulos sobre mi espalda.

—¡Señor! ¡Espere! —¡¿Cómo no podía oírme?!

Aumentó su velocidad. Tuve la sensación incierta: «¿estará huyendo de mi?»

Tras varios giros entrelazando aquellas estrechas callejuelas (que no hicieron otra cosa sino conseguir que me perdiese totalmente), el sonido de sus pasos cesó, como el de la campana había hecho minutos antes: repentinamente; a la vuelta de una esquina.

—¡Amigo! —alcancé jadeante.

—¡Qué manera de correr! Disculpe —tomé aliento al tiempo que encaraba el callejón—.

—¿Todos están en tan buena forma, aquí, en…? —no llegué a acabar la frase.

Allí no había nadie.

—Pero, ¿dónde se ha metido? —murmuré con curiosidad— ¡Oiga! —llamé.

Busqué con la mirada. Derecha, izquierda: nada.

—¡Señor! —dije adentrando la cabeza, con timidez, precavido; en la oscuridad del callejón.

El silencio era absoluto; el olor: nauseabundo.

Pude escuchar con claridad el palpitar de mi corazón. Pensé que se me saldría del pecho.

Miré al cielo. La luz de la luna destapó paredes altas a ambos lados. Si hubiese extendido mis brazos en cruz, hubiera podido acariciar ambas a un tiempo, con los dedos.

Ni rastro de puertas o ventanas.

Pude ver que, al fondo, el callejón se estrechaba y curvaba. Decidí adentrarme por completo. Sentía una mezcla de curiosidad y alerta; bien podría tratarse de algún ladrón, agazapado, esperando una oportunidad…

Dí varios pasos al frente y tropecé con algo duro. Tomé el Zippo del bolsillo. Lo prendí y miré al suelo:

—¡Dios! —exclamé, apartando la vista al tiempo que cubría mi nariz con mi antebrazo—. ¡Qué asco!

Di un paso largo para poder así esquivar, de un salto, el cadáver putrefacto de lo que había sido, en vida, un gato negro.

—¡Oiga! ¿Dónde se ha metido?… —insistí, alzando la voz, mirando y escudriñando al frente.

Enfadado:

—Si se trata de una broma, sepa usted que es de mal gusto.

Tomé la ligera curva al fondo y me di de bruces con cajas amontonadas y escombros.

Basura y podredumbre por doquier.

Alcé el mechero y le siguió mi vista. Detrás, al fondo, atisbé lo que parecía una puerta.

«¡Ajá! —deduje— Te tengo, gilipollas.»

Esquivé como pude toda aquella porquería y me planté delante de un enorme y mugriento portalón del mismo color que el gato.

Miré en alrededor, buscando. No tardé en darme cuenta: por aquella puerta no había entrado ni salido nadie ni nada en años. Décadas quizá. ¿Dónde se había metido aquel hombre misterioso? Era imposible que hubiese tapiado aquella entrada en el poco tiempo que yo había tardado en llegar al callejón, tras él.

Enfoqué la llama del mechero a todas partes. Buscaba, desconcertado; sin saber muy bien lo qué.

En una de estas, iluminé los restos de lo que parecía haber sido, en su día, un letrero. Dejé mis cosas sobre el lugar que me pareció el más limpio de aquel suelo mugriento y, de puntillas, alcancé a limpiar, con la manga izquierda de la chaqueta, la roña que cubría aquella placa.

Me sentí como un idiota. ¡Haberme desviado tanto… !

La mayor estupidez que había hecho.

Aunque alguna letra faltaba, pude leer:

LA SOMBRA
Club de Jazz

Continuará… ir a la segunda parte de El Club… 

Tomajazz: © Marcos Pin, 2018