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Atacdejazz’12

  • Fecha: 28 de julio de 2012.
  • Lugar: Espai Can Colapi, Tàrrega (Lleida).
  • Grupos:
    Sergi Sirvent Octopussy Cats
    Sergi Sirvent: piano y composición
    Voro García: trompeta y fiscornio
    Hugo Astudillo: saxos alto y soprano
    Albert Cirera: saxos tenor y soprano, y tenora
    Pau Domènech: clarinete bajo y flauta
    Jaume Llombart: guitarras eléctrica y acústica
    Jordi Gaspar: contrabajo
    Jordi Gardeñas: bateríaGrandmixer
    Marc Ayza: batería
    Core Rhythm: MC
    Tom Warburton: contrabajo y electrónica

    Marc Ayza DJ
    Marc Ayza: disc-jockey

  • Comentario: Los festivales tienen sentido si ofrecen propuestas arriesgadas, originales y, sobre todo, difíciles de apreciar en programaciones estables. Pocos son, sin embargo, los certámenes que, como el Atacdejazz, se atreven a huir del cliché, de la apuesta segura, y ponen el escenario al servicio de propuestas como los Octopussy Cats del camaleónico Sergi Sirvent, una banda conformada por maestros de diversas procedencias y generaciones de nuestro jazz, curtidos en el off-off de la escena condal. Y si alguien creía que un octeto con melodías penetrantes, cambios repentinos, pasajes disonantes y estructuras complejas podía asustar a la concurrencia targarina —o a la de cualquier otro lugar alejado de las catacumbas jazzísticas—, se equivocó del todo: la actuación octopusiana coincidió con uno de los momentos más concurridos —y celebrados— del festival.

    Arrancaron con “Jocs de paraules”, pieza inspirada en el universo del free jazz clásico, con retahílas rítmico-melódicas que avanzaban a tientas. Una delicia tronadora que precedió la interpretación de temas como el celebrado “Interlúdic”, de estética oscura y ritmo ondulante, “Ode to the listener”, con reminiscencias mingusianas, “Primera feira”, de aire tropical, o laswingueada ad hoc “Concèntric”. El puchero sirvetiano contenía ingredientes procedentes tanto de la música contemporánea como del jazz periférico y la tradición del bigbandismo clásico. En todo caso, destacaba por el delicado envoltorio sonoro de un conjunto de composiciones sazonadas con timbres sugerentes, las cadencias progresivas con las que evolucionaban las diferentes piezas y, sobre todo, el aire orquestal de la propuesta. En este sentido, cabe destacar el papel de los solistas, alejado de cualquier amago de exhibicionismo. Tanto los músicos de la sección de viento como los del resto de la banda interpretaron solos de concepto, a partir de determinados motivos y en beneficio de la estética de cada composición.

    Octopussy Cats es una de las apuestas más majestuosas de los últimos tiempos de nuestro jazz, una propuesta en nada concesiva, abierta según todas las acepciones del diccionario. No en vano, el maestro Sirvent definió uno de los temas como un intento de mostrar “todas las músicas”.

     

    Un golpe seco en la caja marcó el inicio de la segunda sesión de la noche, protagonizada por el trío formado por Core Rhythm, a la voz, Tom Warburton, al contrabajo y aparatos electrónicos, y Marc Ayza, a la batería. Juntos firman el proyecto Grandmixer, en el que descubrimos nuevas facetas de dos de sus integrantes: Core Rhythm, que, sin renunciar a la declamación casi teatral de su discurso rapeado, acelera el ritmo de sus ripios y actúa como un MC clásico, es decir, de pie y agitando el micro; y Tom Warburton, que explota su vena de maquinista —de maquinillas, se entiende—. Para Marc Ayza el proyecto Grandmixer tal vez representa una vuelta de tuerca en la tarea de juntar el jazz con las tendencias más contemporáneas de la música afroamericana —el hip hop en todas sus vertientes— o, simplemente, en demostrarnos la arbitrariedad del etiquetaje, la segregación y la categorización en el contexto de la música negra.

    A modo prácticamente de collage, la música de Grandmixer combinaba el pulso enérgico del groove con el sonido cadencioso de un contrabajo cantor, bases sampleadas y el tono extrovertido del MC Rhythm. Capas que se superponían de forma caprichosa, con detalles propios de la cultura afroamericana —con, por ejemplo, fragmentos de discursos del reverendo Martin Luther King—. El volumen y la impedancia sonora eran otro de los rasgos de la propuesta, y también la creación y combinación de patrones rítmicos sorprendentes. Ritmos bailables pero con pequeños detalles de exquisitez, como para apreciarlos desde la silla o desde la barra.

    Uno de los momentos más brillantes del concierto aconteció en la parte central de la sesión, cuando se despojó la música de recursos pregrabados y de repente Grandmixer pasó a ser un trío sin, digamos, instrumentación armónica. En ese interludio Warburton y Ayza confirmaron al respetable lo ya sabíamos: que son una magnífica base rítmica, y más si la condimentamos con las imprecaciones del vocalista Rhythm. Se trató de un instante brillante, deslucido no obstante por la respuesta poco entusiasta de una afición más proclive a prestar atención con proverbial solemnidad que no a levantarse y mover el pandero. La de Grandmixer fue una propuesta tal vez desubicada. No obstante, sedujo a cuatro muchachas que no pararon de bailar durante todo el concierto.

    Bailar y disfrutar del pulso magnético de la música negra fue el objetivo de la última sesión del Atacdejazz’12: una sesión de baile con Marc Ayza actuando de disc-jockey. El baterista sustituyó las baquetas por los platos de la mesa de mezclas y pinchó una selección de su ingente discoteca, a la vez que en una pantalla lateral se proyectaban delicias como “Los héroes de los Sitios de Zaragoza”. Fue entonces cuando en Can Colapi se reprodujo un triste clásico discotequero: las chicas bailaban con donaire mientras los chicos más tímidos —la gran mayoría— se arremolinaban en la barra, o permanecían sentados en las mesas, consumían con desenfreno y miraban de reojo las evoluciones de la pista de baile. Un fenómeno que, como la música de referencias múltiples que pincha y practica Marc Ayza, es común en muchas épocas, lugares y circunstancias.

    Texto: © 2012 Mat Martí Farré
    Fotografías: © 2012 Atacdejazz