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Por Juan F. Trillo.

Born to Be Blue. Hola miedo.

Hola miedo. Hola muerte. ¡Que te follen!”. He aquí la filosofía de vida del músico jonkie – genial y heroinómano – Chet Baker, resumida en tres cortas frases y elemento central de la película Born to Be Blue (2015).

La cadena de televisión en streaming Netflix acaba de incluir en su oferta la cinta, rodada hace ya unos pocos años, que relata parte de la vida del famoso trompetista. Una historia que se presta a ser trasladada al cine como pocas: Chet Baker, el paradigma del artista maldito, el blanquito genial de la Costa Oeste, el James Dean del jazz. Se trata de una película de producción canadiense dirigida por Robert Budreau e interpretada en sus principales papeles por Ethan Hawke y Carmen Egogo, a partir de un guion del propio director.

El problema de las películas biográficas es que el espectador conoce el final. Así que el director tiene que concentrarse en contarnos la historia, que ya sabemos cómo termina, de forma atractiva y, en este caso, Budreau ha tirado de varios recursos fílmicos. El primero de ellos es una especie de meta narrativa que riza el rizo: Ethan Hawke interpreta a Chet Baker interpretándose a sí mismo en una película sobre su propia vida. Luego, las escenas en blanco y negro alternan con saltos temporales y espaciales entre Lucca, Italia (1966), New York City (1954) y Los Ángeles (1966). Budreau juega además la baza de la estética con la ayuda del excelente responsable de fotografía que hace un trabajo notable, lo que, sumado a una banda sonora de excepción (algo que en este caso se da por descontado), da como resultado una película con la que se disfruta durante las casi dos horas que dura.

En cuanto a la historia, se limita a contarnos un fragmento de la vida del protagonista (tomándose unas cuantas licencias), un lapso relativamente breve en el que Chet Baker acaba de dejar la droga, intenta mantenerse limpio, conservar una relación afectiva estable y relanzar su carrera volviendo a empezar desde lo más bajo, esto es, tocando en una pizzería por las propinas y trabajando en una gasolinera. Y está a punto de lograrlo; vuelve a grabar, vuelve a tocar en el Birdland de Nueva York, y consigue el aplauso de grandes como Dizzie Gillespie o Miles Davis (este último a regañadientes). Todo ello justo cuando vuelve a caer en la adicción, una vez más, y ésta ya para siempre. Pero, ¡eh, se trata de Chet Baker; lo tomas o lo dejas!

Ethan Hawke interpreta a un Chet Baker creíble (no tanto en las escenas en las que canta) apoyado por un excelente plantel de secundarios, para contarnos la historia de un músico al que no le hubiese venido mal seguir el consejo de su productor, Dick Bock, e intentar “ser feliz durante más de diez segundos seguidos”.

Texto y fotografías: © Juan F. Trillo, 2020 / https://jantilkut.wordpress.com/https://www.facebook.com/jan.tilkut