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Por Juan F. Trillo.

Tomajazz presenta un especial en tres entregas centrado en uno de los festivales de jazz más veteranos y de mayor prestigio de Europa, el Getxo Jazz, en Bizkaia.

Los primeros festivales de jazz aparecieron en el panorama nacional en los años sesenta del pasado siglo, con Barcelona y San Sebastián abriendo el fuego en 1966 (actualmente Voll-Damm Festival de Jazz Internacional de Barcelona y Heineken Jazzaldia, respectivamente). Apenas una década después, en 1975, la localidad de Getxo, en Bizkaia, incorporaba su propio festival al circuito veraniego de conciertos, incluyendo en aquel primer cartel a artistas como el pianista Tete Montoliu o a un tal Sting, todavía desconocido para el gran público por aquellos días. La de este año será por tanto la edición 44 del Festival Internacional de Jazz de Getxo, lo que significa que en estos momentos está en pleno funcionamiento una maquinaria organizativa perfectamente engrasada, cuyos sucesivos responsables acumulan un considerable caudal de experiencia y, en conjunto, lo han visto y oído casi todo.

Por otra parte, y a diferencia de los eventos de Barcelona y San Sebastián-Donostia, el Festival de Getxo ha logrado mantener una financiación independiente de patrocinios comerciales, sustentándose mediante una subvención municipal y la recaudación de la taquilla. No hay que olvidar que se trata de una población de menos de 80.000 habitantes, y si tenemos en cuenta que la calidad de su programación está a la altura de los festivales que se organizan en las grandes capitales europeas, nos daremos cuenta del mérito que todo ello supone. Si ha sido posible es gracias a una tradición musical fuertemente arraigada en esta localidad bizkaína y a que la asistencia a los conciertos ha ido transmitiéndose a lo largo de los años de una generación a la siguiente.

Vinculado en un principio a la Comisión de Fiestas de la localidad, sus primeras ediciones se desarrollan en condiciones bastante precarias, hasta que en 1985 el Aula de Cultura asume su organización y empieza disponer de más medios, permitiendo a los organizadores programar nombres de peso en el panorama jazzístico internacional, como Art Blakey, Freddy Hubbard, Jan Garbarek, Stephane Grapelli, Paco de Lucía o John McLauglin.

Desde el año siguiente se lleva a cabo, además, el Concurso de Grupos, que en 1994 comienza a aceptar candidatos de procedencia europea, lo que hace que el número de participantes se incremente paulatinamente, a la par que aumenta el prestigio del certamen, hasta alcanzar en algunas ediciones el centenar.

Para cuando comienza el nuevo milenio, el festival está ya perfectamente asentado en la oferta cultural de la localidad y en el circuito de festivales de jazz europeos, y elabora carteles que rivalizan con los de ciudades de mucho mayor tamaño (y por tanto con mayores recursos económicos), incluyendo conocidas figuras norteamericanas: Manhattan Transfer, McCoy Tyner, Michael Camilo o Dee Dee Bridgwater.

Para mi sorpresa es una única persona quien desarrolla toda la labor de organización y coordinación del festival: Iñaki Saitua. “Efectivamente, estoy solo en esta tarea, pero no hay que olvidar que cuento con la colaboración de otros técnicos municipales para aspectos concretos, como todo lo relacionado con la gestión de los contratos de los artistas, por ejemplo. Por otro lado, comienzo a preparar el cartel del año siguiente, tan pronto como finaliza un festival”, matiza Iñaki. A pesar de todo a principios de este año está todavía cerrando la lista de músicos incluidos en lo que será el Escenario Principal de 2020, los platos fuertes del festival, por así decirlo. “Como de costumbre, tendrá lugar el primer fin de semana de julio y los días previos, del 1 al 5, concretamente”, explica y añade que su principal quebradero de cabeza es encajar las fechas del festival con la disponibilidad de los artistas. “Además, la cercanía de otro gran festival, el BBK Live (9, 10 y 11 de julio, este año), también nos afecta en cierta medida, a pesar de que se trata de otro tipo de música y por consiguiente otro tipo de público. Un evento tan grande como ese siempre afecta a la asistencia, en mayor o menor medida, e incluso se llevan recursos técnicos que vamos a necesitar”.

Y luego están los rivales directos, los festivales de jazz de Gasteiz y Donostia, que a menudo fichan a artistas en los que Getxo podría estar interesado. “Y para finalizar, todo lo anterior hay que encajarlo con el presupuesto disponible”, remata Iñaki.

La sección Concurso de Grupos se lleva buena parte de los esfuerzos y del tiempo del organizador. A pesar de que quienes participan son grupos que todavía están empezando, la importancia y atención que se le dedica no es menor en absoluto. “Este año esperamos recibir solicitudes de unos 50 grupos de muy diversos países europeos, de entre los que seleccionaremos 4, que actuarán como teloneros de los artistas del cartel”. Para quienes buscan hacerse un nombre reconocible, la participación en Getxo Jazz es de gran importancia, pues supone un “empujón” considerable a su carrera musical.

El grupo que resulta ganador repite actuación el último día en una sesión que se graba y con la que se edita un disco que posteriormente se distribuye entre clubs, revistas, etc. y que le servirá de tarjeta de presentación en el futuro”, precisa Iñaki.

Además de todo esto, está la sección “Escenario de Calle”, en la que intervienen músicos locales ofreciendo conciertos gratuitos en distintos puntos de la ciudad y diversas actividades paralelas, como una exposición fotográfica y de grabados de imágenes relacionadas con el festival, un concierto al aire libre para niños, una marching band que recorre las calles con su música o las jam sessions que se organizan por las noches en el Piper’s Irish Pub y en las que a menudo participan los músicos que actúan en el Escenario Principal.

A pesar de que en muchos aspectos el festival ha mantenido la continuidad, los cambios, como el paso del tiempo, son inevitables. El año pasado, por ejemplo, se trasladó el escenario principal a un recinto cerrado, el Musikene. Hasta ese momento había venido realizándose al aire libre, bajo una carpa, lo que le daba un ambiente que es imposible repetir en una sala con butacas. El cambio ha supuesto, además, una reducción del aforo (y por consiguiente de la recaudación), que ha pasado de 1000 personas a tan solo 750. A cambio, ha ganado en comodidad y, sin duda alguna, en condiciones acústicas. Todo no se puede tener.

Texto y fotografías: © Juan F. Trillo, 2020 / https://jantilkut.wordpress.com/https://www.facebook.com/jan.tilkut