365 razones para amar el jazz: un libro. Live at the Village Vanguard (Max Gordon) [342]

Un libro. Max Gordon: Live at the Village Vanguard (Da Cappo Press, 1982)

Seleccionado por Juanma Castro Medina




365 razones para amar el jazz: un club de jazz. Village Vanguard [264]

Un club de jazz.  Village Vanguard. Greenwich Village. New York.

Seleccionado por Luis Escalante Ozalla

Fotografía del blog https://jazzyoutoo.wordpress.com de José Melo




Fred Hersch y la preocupación por el sonido. Entrevista por Ferran Esteve

Paradójicamente, tuvo que estar a las puertas de la muerte y volver a la vida para que el gran público descubriera a uno de los pianistas más influyentes de los últimos años. Desde que sobreviviera al coma que inspiró su espectáculo My Coma Dreams, Fred Hersch está en estado de gracia: cada nuevo disco, a trío o en solitario, es una obra de orfebrería. Ha dedicado parte de la primavera a dar una serie de conciertos en Europa. Pasó por Ginebra, donde actuó ante una sala con capacidad para 250 personas que lo escuchó con devoción. Horas antes, concedió esta entrevista. Y confirmó que, dentro de unos meses, nos obsequiará con un nuevo disco en solitario.

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Ferran Esteve: El proyecto Rooms of Light está en su recta final…

Fred Hersch: Sí. Empezamos con el proyecto en 2005 pero, por distintos motivos, en aquel momento la cosa no cuajó y lo abandonamos. Hace dos años lo retomamos y se estrenará en octubre.

Ferran Esteve: ¿Qué ha cambiado entre el proyecto de 2005 y el actual?

Fred Hersch: Le hemos dado un enfoque distinto. Cuando nos lo propusieron, ni Mary Jo [Salter, poetisa] ni yo teníamos mucho tiempo. Nos encerramos en una residencia para artistas y en dos semanas habíamos escrito tal vez siete canciones. Llegamos hasta las quince, descartamos seis y estrenamos lo que teníamos, pero el resultado no me convenció y decidí parar. Hace un par de años, propuse a Mary Jo volver sobre el material. Descartamos varias canciones más y escribimos seis. Hoy, tenemos un repertorio de dieciséis temas que hablan de distintos aspectos de la fotografía: daguerrotipos, fotografías icónicas, publicidad, paparazzi, pornografía, fotos hechas con un iPhone, rayos X y mamografías, fotos tomadas desde el espacio exterior, álbumes de bodas, fotos familiares… Habrá cinco cantantes, tres hombres y dos mujeres, que vienen del mundo del teatro musical, así que podrán interpretar a distintos personajes, y un conjunto de ocho músicos, y aunque trabajaremos con escenografía e iluminación, no mostraremos fotos, porque, además de que hay que conseguir los derechos de las imágenes, corres el riesgo de que el espectáculo acabe convirtiéndose en una proyección de diapositivas.

Ferran Esteve: ¿Cómo es la música que ha compuesto para Rooms of Light?

Fred Hersch: Sin parecer arrogante, la mejor manera de describirla es calificarla como “música de Fred Hersch”. No es música clásica, no es jazz, no es música de teatro musical… La música nace de los textos. A diferencia de Leaves of Grass o My Coma Dreams, la música aquí es menos jazzística; no hay nada de improvisación.

Ferran Esteve: Tras Leaves of Grass y My Coma Dreams, Rooms of Light es su tercer proyecto de este tipo. ¿Cómo se organiza para poder combinar la creación de una obra de esta magnitud con el resto de cosas que hace?

Fred Hersch: Cuando trabajo en este tipo de proyectos, necesito fijarme plazos: tengo que haber escrito tantas canciones para principios de febrero, tantas para principios de abril…Ahora estoy orquestando la última, y espero tenerla lista a finales de mayo. Aunque componer y orquestar son dos tareas que no tienen nada que ver, intento que no se me eche el tiempo encima. Al mismo tiempo, estoy componiendo una obra para un octeto vocal a cappella que es extraordinario y capaz de cantar cualquier cosa, Roomful of teeth, que no tendrá nada que ver con el material de Rooms of Light, y probablemente el siguiente encargo que aborde será una obra para un cuarteto de cuerda, mi primera de este tipo. Todo esto me obliga a organizarme muy bien. Me he dado cuenta de que, aunque soy rápido componiendo una vez tengo las cosas claras y la idea ya está en marcha, necesito entre dos y tres semanas para que un proyecto así empiece a rodar, así que suelo marcharme a una casa que tengo en Pennsylvania o pido una beca para una residencia para artistas en la que cuidan de ti y te puedes dedicar exclusivamente a trabajar porque no hay ninguna distracción.

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Ferran Esteve: ¿Cómo nacen este tipo de proyectos? ¿Son ideas que se le presentan sobre la marcha, un encargo que alguien le hace?

Fred Hersch: Hace poco toqué en Viena, y el organizador me preguntó si alguna vez me había planteado escribir un concierto para piano, y debo decir que no sé si sería capaz. En este sentido, la obra para el cuarteto de cuerda me parece algo más factible, porque la gente que se dedica a componer obras orquestales es de otra pasta. Además, mi prioridad para este verano es componer material nuevo para el trío porque, aunque tocamos temas de todos los discos que hemos grabado y de discos anteriores, no he escrito nada nuevo para el trío desde Floating. A propósito del trío, hoy he sabido que dos asociaciones de periodistas nos han nominado, a mí y al trío, como mejor pianista y mejor conjunto, respectivamente, y la noticia me ha llenado de alegría porque siento que la gente está respondiendo de verdad a esta formación, y se ha convertido en algo muy especial para mí.

Ferran Esteve: ¿Es el trío del que está más satisfecho?

Fred Hersch: Todos mis tríos eran fantásticos, pero me atrevería a decir que este me parece perfecto.

Ferran Esteve: ¿Y qué hace que sea perfecto?

Fred Hersch: A los tres nos preocupa mucho el sonido. Eric [McPherson] tiene un estilo precioso y el sonido de John [Hébert] es verdaderamente fantástico. Ambos pueden estar muy pendientes de los detalles y son, al mismo tiempo, muy libres. Entienden que cada tema tiene sus propias características. Hay tríos que aplican la misma fórmula a cualquier tema de su repertorio; eso es algo que puede funcionar en uno o dos discos, pero no cuando has grabado 15. En estos seis años que llevamos juntos, además, hemos logrado una química muy especial. Además, son una gente maravillosa, y nos lo pasamos en grande cuando salimos de gira.

Ferran Esteve: Ha dicho que el repertorio de este trío incluye no solo temas de los discos que han grabado, sino también de otros discos suyos anteriores. ¿Cómo se ha adaptado el trío a una música originalmente escrita para otros instrumentistas?

Fred Hersch: La hemos hecho nuestra.

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Ferran Esteve: Y en su caso particular, ¿ha cambiado la manera de entender esas piezas?

Fred Hersch: Por supuesto. Después del coma, todo en mi vida ha cambiado. Creo que ahora estoy tocando mejor que nunca. En otoño cumpliré 60 años y, en cierto sentido, me resulta curiosa esta sensación de que todo finalmente encaja. No estoy diciendo que antes fuera mal músico, porque con 24 años estaba tocando con Joe Henderson, así que no podía ser tan malo, pero sí tengo la impresión de que, aunque siempre he tenido una personalidad muy fuerte, ahora los críticos y el público se han dado cuenta de quién soy. A Joe Lovano le pasó algo parecido: cumplió 40 años y todo el mundo empezó a hablar de él, pese a que ya tocaba de maravillaba con 25 o 30 años. Pero es cierto que en ocasiones necesitas una masa crítica, y creo que, en mi caso, esa masa crítica existe desde hace unos años en los Estados Unidos, donde me han abierto las puertas de las mejores salas, como en Lincoln Center, el Festival de Jazz de San Francisco… Las cosas en Europa son un poco distintas, porque mis discos no llegan con tanta facilidad. Tal vez un día grabaré para un sello europeo y eso me ayudará. Aun así, en esta gira he tocado en sitios como La Villette, el Konzerthaus de Viena, el Palais des Beaux Arts de Bruselas…

Ferran Esteve: Al hablar de John Hébert, ha mencionado la palabra “sonido”, una palabra que parece tener mucha importancia en su caso, porque aparece muy a menudo en sus entrevistas. En alguna ocasión ha dicho que empezó a interesarse por el sonido cuando era un crío, algo que no parece muy frecuente.

Fred Hersch: Empecé a tocar con 4 o 5 años. Era una suerte de niño prodigio, y ya desde muy pequeño componía e improvisaba. Cuando tenía 10 años, mi abuela me compró un piano que nunca me gustó porque no me daba el sonido que escuchaba en los discos, el sonido de gente como Rubinstein. Así que dejé de tocar música clásica. Comencé con el jazz con 17 o 18 años, antes de que los estudios de jazz se convirtieran en un negocio, en una industria, pero mi sonido cambió en 1982 o 1983, cuando empecé a estudiar con la misma profesora de piano con la que sigo estudiando y que hoy tiene 94 años. Todas las piezas encajaron cuando vi cómo se enfrentaba al piano, cómo lograba el sonido que sacaba de su instrumento. A partir de ese momento, dejé de ser un pianista muy agresivo y mi manera de tocar fue evolucionando. Creo que siempre he tenido un buen sonido, pero hoy tengo la impresión de que soy uno de los pocos pianistas que utilizan el sonido como una herramienta para construir la música. Para mí, tocar es contar una historia, algo que a veces echo de menos cuando escucho a algunos pianistas, por muy buenos que sean. En mi caso, intento que cada frase sea un paso en este camino narrativo. Y es evidente que algunas noches las cosas salen mejor que otras, pero siempre trato de dar un mínimo.

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Ferran Esteve: ¿Esa agresividad a la que ha aludido tenía que ver con el hecho de ser un músico joven que intentaba abrirse camino?

Fred Hersch: Sí. Hace poco me ha pasado algo interesante. Existe una máquina que te permite pasar los casetes a CD, y tengo un montón de grabaciones mías en ese soporte, con Joe Henderson, Sam Jones, Jimmy Cobb, Art Farmer, Charlie Haden… Así que me están pasando esos casetes a CD, lo que me ha permitido volver a escucharme, con 25 años, al lado de Joe Henderson, por ejemplo. Reconozco al chico que toca, pero también me he dado cuenta de que, en aquella época, el jazz era fundamentalmente swing, y si no tenías swing, no tenías nada que hacer. Hoy las cosas han cambiado. Yo formé parte de bandas que tenían mucho swing. Tal vez la única excepción fue el tiempo que pasé junto a Art Farmer. Pero de él aprendí mucho: aprendí a estructurar una actuación, a desarrollar un repertorio… Por aquel entonces, también empecé a componer. Cuando eres joven, tienes otra energía, y eso es lo que oigo en los casetes, una energía distinta a la que tienes cuando vas a cumplir 60 años. En mi caso, hoy tengo, además de esa energía, 40 años de experiencia tocando jazz, y todo eso influye.

Ferran Esteve: ¿Qué siente cuando escucha esos casetes?

Fred Hersch: En primer lugar, cuando escuchas las cintas grabadas en el Vanguard, te das cuenta de que la gente hablaba muy alto. ¡Se oyen conversaciones enteras! Hoy, aunque hay gente que se pasa el concierto filmando a los músicos, haciendo fotos o enviando mensajes, el público no habla. La gente que paga una entrada quiere vivir algo único. Por desgracia, la generación más joven ha crecido con la idea del gratis total, e incluso tengo algún estudiante que se queja cuando no encuentra lo que busca en Spotify. Cuando yo era joven, me gastaba hasta el último dólar en discos o en ir a conciertos, y lo hacía porque era la única manera de aprender. Hoy todo está en la nube, así que las actuaciones en vivo se están convirtiendo en algo cada vez más especial: es la ocasión de alejarse de los teléfonos y del correo electrónico y de vivir algo distinto durante una hora o 75 minutos. Y me parece que es algo muy importante y muy necesario: la gente necesita recuperar la capacidad de sentarse y concentrarse en algo sin que la distraigan.

Ferran Esteve: Esa actitud a la que se refería, ¿la observa en sus estudiantes? El gratis total, que no van a conciertos o que no compran discos como hace unos años…

Fred Hersch: En los buenos estudiantes, no. Tuve como alumno a Ethan [Iverson] cuando tenía 21 años, y ya en aquella época era una persona que estaba enteradísima de todo. Los buenos estudiantes siguen yendo a conciertos, tratan de entender la historia de la música, la historia del piano en el jazz, y como profesor aprendo mucho con ellos… A veces, doy clases magistrales en programas universitarios de jazz y es sorprendente comprobar que apenas han escuchado jazz. Hoy, los guitarristas quieren sonar como Kurt Rosenwinkel, y no saben nada de la historia de la guitarra en el jazz. Y te podría nombrar a unos cuantos pianistas a los que todos los estudiantes quieren parecerse. Los alumnos no entienden que hay que empezar por el principio, que primero tienes que conocer a Earl Hines, a Teddy Wilson, a Ahmad Jamal… Es que esa idea tan extendida en la enseñanza del jazz de que todo el mundo puede tocar jazz… Incluso los buenos conservatorios han bajado mucho el listón en los exámenes de ingreso. Doy muchas clases magistrales y me encuentro con un montón de alumnos siguen el Real Book o que llevan los cambios escritos en una tableta. Y siempre les digo lo mismo: “Si fuerais estudiantes de piano clásico, tendríais que aprender de memoria las sonatas de Beethoven. ¿Me estáis diciendo que sois incapaces de memorizar treinta y dos compases, ocho de los cuales se repiten en tres ocasiones?”. El problema es que ni les parece necesario, ni poseen la técnica, ni han entendido que el jazz es un idioma que no se puede aprender en YouTube. Tienes que tocar, tienes que vivirlo, tienes que sufrir, tienes que desearlo con tanta fuerza que no podrás pensar en nada más, porque es muy difícil ganarse la vida como artista y es muy difícil dejar huella.

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Ferran Esteve: Tal vez, uno de los motivos que lo explique sea el sustantivo que ha utilizado cuando se ha referido a la educación por vez primera: “industria”. Usted pertenece a una de las últimas generaciones que aprendieron sobre los escenarios, tocando con músicos más veteranos. Hoy, sin embargo, se da la paradoja de que hay más lugares donde estudiar y, en cambio, menos donde tocar. Y el hecho de que estos programas no sean baratos hace que, además, uno no pueda decirle a un alumno al que han admitido y que ha pagado esa cantidad de dinero que no sirve, que no tiene el nivel.

Fred Hersch: La industria vende libros, cursos y títulos universitarios, y tengo la impresión de que buena parte de lo que se enseña se basa en fórmulas: transcribe esto, apréndete este tema en los doce tonos… Dado que yo no aprendí así, tengo tendencia a verme más como psicólogo que como profesor: mis alumnos vienen, tocan, comentamos cosas que creo que les pueden servir, pero todo depende de lo que ellos aporten, porque si no aportan nada, no hay nada que hacer. Y no creo que esa idea tan extendida en estos programas de que uno mejora tocando con otros estudiantes sea tan acertada, porque uno aprende tocando con gente mucho mejor que tú. Y puede que en las escuelas más elitistas esto sea posible, pero en la mayoría de escuelas, no. En Estados Unidos se está dando otro fenómeno que me parece preocupante: puedes tener una licenciatura, un máster y un doctorado en jazz y dar clases de jazz y no haber tocado nunca jazz. Yo tengo un título universitario, sí, pero ni tengo un máster, ni un doctorado, sino casi 40 años de experiencia. Y hay gente que enseña esta música y solo la conoce a través de fórmulas. No son artistas, y creo que solo un artista puede formar a un artista. ¿Cuántos pianistas clásicos acabarán haciendo carrera? En la vida real, la competencia es feroz.

Ferran Esteve: Tal vez en estos programas habría que preparar a los alumnos para una posible decepción, decirles que, con un poco de suerte, tocarán en los grandes clubes una vez al mes como mucho…

Fred Hersch: ¡O dos veces al año! En Nueva York hay cada vez menos locales y más competencia. Cuando llegué a Nueva York, en 1977, la gente bebía, tomaba drogas… Las entradas de los clubes no eran tan caras porque los locales ganaban dinero con las copas. Hoy, sin embargo, tienen que cobrar más porque la gente ya no bebe. También han adelantado los horarios de los pases. Antes, tocabas a las diez de la noche, a las once y media y a la una de la madrugada. Hoy, los conciertos en el Village Vanguard son a las ocho y media y a las diez y media, y en algunos locales empiezan incluso a las siete y media y sirven cenas. La situación económica de los clubes ha cambiado mucho. A todo esto hay que añadir instituciones como el Lincoln Center que ofrecen una experiencia mucho más “estándar”, el concierto empieza a las ocho y acaba a las diez, pero también me atrevería a decir que más aséptica.

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Ferran Esteve: Por lo general, uno sabe qué va a ver a estos sitios…

Fred Hersch: Sí, la programación suele ser más previsible, corren pocos riesgos. A mí me encanta tocar un Steinway magnífico en el Konzerthaus de Viena o en el Carnegie Hall, pero necesito tocar en clubes, porque de lo contrario pierdo el contacto con la realidad. Hace nueve años que, en mayo, toco una serie de conciertos a dúo en el Jazz Standard, y cada año invito a seis personas con las que no he tocado nunca. Este año, por ejemplo, tocaré con Ambrose Akinmusire, Miguel Zenón, Regina Carter, Kenny Barron, Ravi Coltrane y Brad Mehldau. Con el paso del tiempo, me he ido ganando un prestigio que me permite hacer este tipo de cosas, y las hago porque me divierten, pero también porque son algo imprevisible para el público. Intento hacer de todo: tocar, componer, tocar en clubes, en salas grandes, no componer… Hay días en los que no toco el piano, ni escucho música… A veces, necesitas descansar. La gente me suele preguntar cuántas horas estudio al día, y la verdad es que no estudio. Si tengo un concierto y el repertorio es nuevo, le echo un vistazo, y si toco en una sala, intento tocar el piano antes de la actuación para hacerme a él, pero el resto es experiencia.

Ferran Esteve: Sigamos hablando de cambios: pasemos a la industria discográfica. Hoy, la gente puede comprar discos o temas de un disco. ¿Cómo se plantea sus trabajos, sabiendo que puede ser que haya gente que ya no escuche esa obra en su integralidad?

Fred Hersch: Creo que tenemos que seguir haciendo discos para aquel pequeño porcentaje de personas que se sentarán a escuchar un disco de principio a fin. El orden de los temas o la presentación física del disco son cosas que me tomo muy en serio, en la medida de mis posibilidades. Para ser un artista que hace jazz instrumental, vendo muchos discos en los Estados Unidos, sobre todo en los conciertos, tal vez porque mi público es algo mayor. Aunque entre mi público también hay muchos jóvenes, quien suele comprar discos es la gente mayor. También es posible que el hecho de que tenga un público más amplio se deba a mi trabajo como activista, al hecho de que ser un músico que reconoció hace años su homosexualidad, a que soy alguien que se ha introducido en la conciencia pública de una manera distinta a como lo han hecho el resto de pianistas. Estoy preparando un libro de memorias que debería aparecer a principios de 2017 en Crown Publishing Group, una de las divisiones más prestigiosas de Random House. Se mostraron muy interesados por los distintos aspectos de mi historia: la llegada a Nueva York a finales de los años setenta, mis recuerdos como músico gay que salió del armario, el haber sobrevivido al VIH durante más de treinta años y a un coma. Creen que es una historia que puede llamar la atención sin necesidad de que sepas nada de música. También se está recaudando dinero para acabar un documental sobre mí. Ojalá el libro y el documental aparezcan al mismo tiempo. Para mí, el activismo tiene tanta importancia como la música, y me lo tomo muy en serio. Hoy, además de a la música, me dedico a recaudar fondos, a crear conciencia o a hablar en conferencias médicas o ante grupos de estudiantes homosexuales.

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Ferran Esteve: Hace unos años, contaba que, después de saber que contraído el VIH, vivió unos años musicalmente muy fecundos porque se decía que cada nuevo disco podría ser el último. ¿Podríamos decir que toda la actividad de estos años después del coma obedece a un planteamiento similar?

Fred Hersch: No, en absoluto. Pronto cumpliré 60 años y espero vivir todavía muchos años y hacerlo con normalidad. Tengo el virus bajo control, mi estado general de salud es bueno y miro hacia adelante. Es cierto que podría sufrir un infarto y morirme; en ese caso, espero que la cosa sea rápida. Haber sobrevivido a lo que he sobrevivido, a tantos años de mala salud y a un coma, recuperarme y tocar mejor que nunca son cosas que jamás habría imaginado cuando era un chico de 17 años que vivía en Cincinnati, y me parece un sueño haber tocado con la gente que he tocado o en los lugares en los que lo he hecho, haber podido ganarme la vida como artista. En los últimos dos años, he tenido una suerte increíble: el reconocimiento del público, de los críticos. Lo más importante ahora mismo es no trabajar demasiado y tener tiempo para recuperarme, escribir nuevos temas y no quedarme estancado. Hace poco, además, decidí que voy a abandonar una parte de mi actividad docente: dentro de dos semanas, iré por última vez a Boston, al New England Conservatory. Ya tomo suficientes aviones cuando voy a tocar, no necesito el dinero y el nivel de los estudiantes ya no es lo que era.

Ferran Esteve: ¿Cuándo empezó a detectar este descenso continuado en el nivel de los estudiantes?

Fred Hersch: Siempre ha habido estudiantes sobresalientes, pero creo que la cosa ha empezado a ir a peor en los últimos dos años. En Estados Unidos, una universidad privada cuesta 200.000 dólares al año, salvo que obtengas una beca que lo cubra todo, y los buenos estudiantes van en ocasiones a las universidades que los becan, pese a que saben que podrían recibir una formación mejor en otro sitio. En ningún caso tienes ninguna garantía de que tanto estudio dé sus frutos, salvo si luego estudias un máster y haces un doctorado y te dedicas a la docencia. Por ese motivo, la gente está buscando alternativas. Por ejemplo, si sabes que el precio anual de uno de estos programas es de 50.000 dólares, ¿por qué no ahorras 40.000, te vas a Nueva York y dedicas ese dinero a tomar clases particular con tantos músicos como quieras e ir un par de veces por semana a ver conciertos? Puede que vivir la música de esa manera sea una experiencia mucho más positiva que correr detrás del maldito título.

Entrevista: © Ferran Esteve, 2015
Fotografías: © Joan Cortès, 2015




Historia de un club de jazz en Sevilla, el Naima cumple 18 años. Por Jesús Gonzalo

Historia de un club de jazz en Sevilla

 

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El Naima Café Jazz de Sevilla cumple 18 años

 

El club Naima está bien situado en Sevilla. Localizado entre las calles Conde de Barajas, que pertenece al Barrio de San Lorenzo, uno de los epicentros cofrades de la ciudad, y la calle Trajano, que justo nace unos metros antes al girar a la izquierda en la Alameda de Hércules, espacio de ocio social e ideológicamente bastante distanciado de lo que significa la Semana Santa. En medio de ambos mundos, así de entrometida es esta música, tenía que abrir, ya hace 18 años, un club de jazz…

De estos sitios y de esta música de “gente bohemia”, como manda el tópico, se dice y escribe lo mismo. Que si son lugares humeantes (hace tiempo que ya no), oscuros, con música que sólo entienden los músicos y un público con cara de intelectual y estudiado desaliño…En fin, tópicos para definir una atmósfera decadente que ha sido retratada mil veces en su iconografía en blanco y negro o llevada al cine en películas como “Round Midnight” (Bertrand Tavernier, 1986), con el genio enfermizo que protagoniza en algún lugar de Europa, entre Bélbica y Dinamarca, el gran Dexter Gordon. Mitos y tópicos alimentados por las leyendas de “Bird”, Chet Baker, Billie Holiday o Miles Davis, cuya autobriografía comienza rememorando un concierto que tuvo lugar cuando era un adolescente en un establo cerca de San Luis, donde vio por vez primera a los genios del bebop juntos, Parker y Gillespie. Saliendo de los primeros sitios en el Storyville de Nueva Orleans, lumpen donde la música se codeaba con prostitución, drogas y juego de cartas,  ahí lo tenemos, un establo, primer club de jazz…

La realidad siempre suele ser bastante más compleja, sobre todo porque cambia. Y eso fue lo que le sucedió a esa esquina sevillana donde confluyen dos barrios tan distintos. El jazz, para ser un poco más precisos que cualquier habladuría, es básicamente un deporte de riesgo. A cualquier nivel o actividad con que se le relacione. No se rían, va en serio. De hecho es una de las decisiones más atrevidas y serias, sin dejar de lado cierta ironía, que alguien puede tomar en un determinado momento de su vida. El momento en que esta música te atrapa.  Lo que le sucedió a dos jerezanos, otra gran paradoja frente al flamenco reinante, cuando decidieron fundarlo. Jorge Moreno y Carlos Rivas, jerezanos sin montura ni solera, van y le ponen al nuevo local el nombre de un tema de John Coltrane, el que dedicó a uno de sus dos grandes amores: “Naima”.

Historia y alrededores

Como se imaginan, y bien lo saben en el Café Central de Madrid y en otras muchas partes del mundo, un club de jazz no es precisamente un negocio de éxito masivo asegurado, aunque siempre da lustre, aquí, en Copenhague, París o Tokio…Suelen ser lugares pequeños y acogedores que con el tiempo han ido creando su propio clima. Todo aficionado al jazz debe conocer los nombres de los históricos Birdland, Village Vanguard, Minton`s , Five Spot o ese tan acogedor que cerró hace unos años llamado Bradley`s. En Europa sigue el danés Jazzhaus Montmartre, el Jamboree en Barcelona y en el París intenso de Julio Cortázar y Boris Vian los hubo, aunque ahora ya nada conserve el encanto que los escritores saborearon en Le Caveau de la Huchette si vamos al comercial Paris Jazz Club…

Pequeños en su mayoría, cálidos pese aparecer incómodos, los clubes de jazz siempre han tenido más pinta de refugio ante la amenaza exterior que de servir a la conspiración. Ahí están los neoyorquinos Birdland, Village Vanguard, el desaparecido, forrado de madera, Bradley`s, desde hace un tiempo el muy reducido pero prestigioso Cornelia Street Cafe, también el Naima en Sevilla lo es...

Pequeños en su mayoría, cálidos pese a parecer incómodos, los clubes de jazz siempre han tenido más pinta de refugio ante la amenaza exterior que de servir a la conspiración.  Así que llegar a 18 años supone muchos esfuerzos y sinsabores y algún que otro milagro que no asignaremos a San Lorenzo… Aunque, claro está, ellos no han sido los primeros en dar el paso. Sin contrastar todo lo que hubiese sido posible con más tiempo y ayuda, podría señalar que sí existieron el club de la calle Sol, “tugurio” habitado en su nocturnidad por fumadores empedernidos, periodistas y otras especies… Existió el Blue Moon, en Nervión, al que José Antonio Maqueda “Pitito” cambio el nombre para llamarlo Jazz Corner y llevárselo a las inmediaciones de la Avenida de Kansas City. Y cerca, en Dos Hermanas, mantiene su puesto de más veterano en la zona el Soberao Jazz.

El Naima, decía, empezó como suelen hacerlos los clubes de jazz, con música en directo, con jam sessions, que son la expresión más espontánea y también la más onanista del jazz. Para que se produzcan debe de haber un escenario y un montón de músicos tocando distintos instrumentos.  No duró gran cosa esa iniciativa original por aquéllo del ruido ambiente y ese tipo de oleadas de limpieza acústica que nunca acaban con la verdadera contaminación de ruido… Campañas políticas, ya saben, van y vienen. Eso hizo virar el rumbo del negocio hacia un diseño de interior más cuidado, que vino acompañado de sus ya famosas camisetas (aún creo que mantienen la de la trompeta de perfil) y una música que salía por altavoces con calidad en todos los sentidos. El Naima pasó de ser un incipiente club a conformarse con tener que ser un “Jazz Café”.

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Una tarde cualquiera

El Naima tiene un horario que va de la hora del café (o té, que lo hacen muy bueno con hierbabuena) a las 16 horas hasta el cierre, de madrugada. En cierto periodo de estos 18 años, que no he podido disfrutar desde el principio, he ido convirtiéndome en un tipo que pasó de la noche al día. Así que yo prefiero ir al Naima por las tardes, cuando, sobre todo ahora en invierno, todavía hay luz solar. Lo bueno de este local es su localización entre dos calles, en una esquina, con dos accesos de entrada, y sus ventanales, con la serigrafía del nombre esculpida en ellos… La luz macilenta de esta época del año hace más acogedor si cabe su interior. Además, para dar más pistas al buen aficionado, la música se escucha bastante mejor a esas primeras horas de apertura, cuando hay menos público. Con la llegada de la oscuridad el color del local cambia, aunque desde la calle, con sus farolas típicas de luz amarillentas, hace penetrar en el interior un color familiar, con esa gama de amarillos tan de Sevilla. La noche dibuja sombras en el espacio e invita a cierta penumbra cómplice que se abraza a la música en directo.

Como decimos, y pueden ver en la foto de más arriba, es un lugar pequeño, con una barra de madera en semicírculo y unas cuantas mesas que se amplían a una pequeña terraza exterior, preceptiva por obligación para los meses de calor y como zona de fumadores. Si la barra es la orilla de todos, algunos encuentran acomodo en esas mesas que parecen pequeñas islas, que a veces cuesta conquistar y otras aguardan serlo pacientemente. El pequeño territorio intermedio es el del tránsito, es donde el tiempo en el Naima parece no cobrar importancia, pero en realidad es desde donde puedes observar todo lo que sucede.

 

Cuadros del pintor Manolo Cuervo en una de las paredes del Naima Jazz Café

 

Su sello distintivo, además del jazz, es su cálida y colorista decoración, que se fue haciendo con el tiempo. Y sigue ahí, de unos años ahora reforzada por los grandes lienzos del pintor Manuel Cuervo, que antes vivía en ese mismo barrio. Son las suyas unas pinturas a medio camino entre pop art, collage y diseño gráfico.  Las camisetas se ven ahora colgadas de perchas al lado de la barra, a la derecha de la puerta que conduce a los servicios; han aumentado el número, el color y los motivos. Sirven de promoción del local y son su seña de identidad. La música enlatada ha dado también paso a la pantalla y los vídeos. En cuanto a estilos, el Naima siente predilección por las novedades y las músicas hermanadas con el jazz: modernidad sin perder la cabeza. El baile en un espacio tan reducido y con predilección por la intimidad de las mesas resulta complicado. No era ni es costumbre poner peticiones del público, a no ser que alguien más pesado de lo normal insista… Disponen de una vitrina para venta de discos selectos, ahora mayormente andaluces pero recordamos las lujosas series del sello francés Label Bleu o Winter & Winter tras ese cristal… Desde hace un año, hablando de discos, el Naima se ha lanzado a la producción musical de autores andaluces afincados entre Sevilla y Cádiz a través del sello Blue Asteriod Records, que cuenta ya con cuatro títulos que aquí comentaremos.

 

Foto colectiva durante la visita que hizo Harris Eisenstadt en su gira Andalusian Days por Cádiz y Sevilla, tomada esa misma mañana tras la master class que dio en el club Naima. De Izquierda a derecha: Daniel Cano, Jaime Serradilla, Jorge Moreno (cofundador del club), Pedro Cortejosa, Harris Eisenstadt, Carlos Bermudo, Arturo Serra, Vorto García y (abajo) Leandro Perpiñán y Jesús Gonzalo

Foto colectiva durante la visita que hizo Harris Eisenstadt en su gira Andalusian Days por Cádiz y Sevilla, tomada esa misma mañana del 3 de febrero de 2012, tras la master class que dio en el Naima. De Izquierda a derecha: Daniel Cano, Jaime Serradilla, Jorge Moreno (cofundador), Pedro Cortejosa, Harris Eisenstadt, Carlos Bermudo, Arturo Serra, Voro García y (abajo) Leandro Perpiñán y Jesús Gonzalo

 

Café, club y viceversa

Tras una frustrada apertura de una segunda sede en la cercana localidad de Mairena del Aljarafe (se trataba de otro local con personalidad propia e incorporaba conciertos), justo cuando se asomaba la crisis que aun aprieta, en octubre de 2011 el Naima recuperó la música en vivo como reclamo de clientes, compaginando su identidad como café. En estos años la medida ha cuajado, fortaleciendo al local y convirtiéndole en escenario de referencia en la ciudad. En el impulso de la programación en directo tuvo una gran implicación el contrabajista (ya multiinstrumentista) Jaime Serradilla, que comenzó tímidamente a trío junto al guitarrista Carlos Bermudo con uno o dos conciertos a la semana, luego con el Two Feels Jazz Duo y Jazz by Hart. Más adelante, en un grupo  dirigido por el guitarrista Toño Contreras, con la batería de Nacho Megina y el contrabajo de Serradilla, se dio un paso más atrevido con la fundación del aún activo The Jazz Lab (“laboratorio” sin arreglos previos y creación espontánea) que se amplió a un “Juke Box”, sistema por el que el público puede pedir un tema a cambio de que “inserte” una moneda. Otro paso definitivo para reforzar la programación fue recuperar las jam sessions que desde hacía años venía haciendo los domingos en la Alameda de Hércules el histórico músico local (contrabajista que aquí gusta de tocar los teclados) Manuel Calleja. En toda esta escena, son los standards los que marcan la pauta, aunque tímidamente empiezan a aparecer composiciones propias.

En la actualidad Serradilla (arriba en la foto al contrabajo junto a Daniel Cano a la trompeta) ha cedido protagonismo a otros músicos pero mantiene un puesto señalado los miércoles con su nutrida y variada formación  International Company (Rafa Núñez, Rafael Ayuso, Thomas Berensen, Chema Tornero, Gabriel Valiente, Daniel Abad, José Miguel Reina o Mateus Prado),  plataforma entre combo formativo y creación en vivo. Todo lo dicho, y el esfuerzo colectivo, han hecho posible consolidar una actividad diaria y pasar a ser sede de pequeñas muestras-festivales como la dedicada al Swing o también para la presentación de libros tan señalados como “Fruta Extraña”, antología de “Casi un siglo de poesía española del jazz”, escrita y recopilada por el profesor Juan Ignacio Guijarro. Otros músicos cuya aportación ha sido fundamental en la intensa actividad alcanzada por el Naima estos pocos años han sido Javier Ortí, Daniel Cano, Carlos Bermudo, Leandro Perpiñán, Jesús Maestre (más por cliente) o  grupos como Oh Sister!, Urban Gospel, Van Moustache o Nat`n Jazz Quartet.

El día del cumpleaños, celebrado durante todo el último fin de semana de noviembre, se invitó al trío del pianista malagueño José Carra, que ya había pasado con éxito por aquí con el dúo que mantiene con Arturo Serra. Vibrafonista que tocó aquí junto a Serradilla, Pedro Cortejosa y Daniel Cano, en 2012, acompañando al compositor y baterista canadiense Harris Eisenstadt, músico considerado entre lo mejor del jazz avanzado de Nueva York.

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Quizá fuera Miércoles Santo aquella tarde. La verdad es que nunca me interesó saber el recorrido de los pasos de Semana Santa, grave error cuando vives en una ciudad en la que puedes ser aplastado o atrapado durante horas… Estaba en el Naima. Me sorprendió ver subir la procesión tomando la calle Trajano. Aún resonaban los acordes de un piano, quizá fuera el de Kenny Barron, cuando se hizo el silencio… Desde los ventanales del café penetraba el sonido de la procesión y del gentío tomando posiciones. Miré hacia dentro y vi que estaba vacío, me había quedado solo. Sentí ese instante en el que el jazz de la esquina entre San Lorenzo y la Alameda de Hércules calló a modo de respeto. Capté entonces la verdadera atmósfera de un club de jazz en Sevilla.

© Jesús Gonzalo, 2014




Tomajazz recomienda… un tema: “A Time for Love” por Red Rodney

Red Rodney - Live at the Village Vanguard

El trompetista Red Rodney fue uno de esos afortunados supervivientes de los primeros años del bebop y, después de una azarosa vida atado a sus adicciones con algún episodio espectacular de estafa, resurgió en los años ochenta en mejor forma que nunca.

Al principio de ese decenio grabó un disco en directo en la catedral que es el Village Vanguard acompañado por su quinteto habitual, con el tan prodigioso como desconocido Ira Sullivan. Con Sullivan al fiscorno y Rodney con sordina Harmon, el grupo nos ofrece una versión del standard de Johnny Mandel sencilla, sin pretensiones y tremendamente conmovedora.

Originalmente grabado para el sello Muse, “A Time for Love” está disponible en el cedé Live at the Village Vanguard (32Jazz 32167), y como descarga en mp3 (Savoy Jazz).

Escucha “A Time for Love” en Spotify