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TOMAJAZZ CON EL BOGUI (OCTUBRE 2008)

Como dicen los anglófonos, la música es una de las "performing arts", una de las artes que se ejercen ante un público. A pesar de que en los últimos tiempos el auge de la música grabada es desbordante, la verdadera comunicación entre intérpretes y oyentes sólo se produce en las actuaciones en directo.

De las diversas músicas, el jazz destaca por su componente de improvisación, de composición instantánea sobre el escenario. Un error frecuente es confundir la improvisación musical con la falta de preparación, cuando el hecho es que los músicos de jazz, a pesar de la falta de reconocimiento, de la escasez de medios, se preparan intensamente para llevar a cabo su labor. Resulta paradójico, pero a más trabajo de preparación, más libre es el músico a la hora de expresarse.

Cualquier persona que haya asistido a un evento en vivo, sea un concierto o incluso un partido de fútbol o una corrida de toros, sabe que entre los factores que conducen a una buena, o mala, tarde hay siempre un elemento imponderable, llámese los "hados", las "musas", el "duende" o el "ambiente". El jazz no es distinto en este aspecto, y los mismos músicos, con la misma preparación, pueden dar conciertos con muy diversos resultados. Por eso es fundamental atar todo lo atable, asegurarse de que los ponderables rindan a un nivel óptimo.

Eso es precisamente lo que se ha conseguido en el Bogui en los últimos tres años: poner a los músicos en el centro de atención, algo que, aunque parezca de cajón, no siempre ocurre. Aparte de cuestiones evidentes como el equipo (piano y amplificadores) o que se paga puntualmente a los músicos, éstos, actúen o no, reciben trato de favor en la puerta y en la barra. Dick Angstadt y su gente trabajan para que la música que se crea en su club sea lo mejor posible, y saben qué han de hacer para ello.

El pasado martes 21 la policía clausuró el Bogui. El motivo, una demanda judicial de la comunidad de vecinos –vecinos del Bogui– y la correspondiente decisión del Tribunal Superior de Madrid en segunda instancia. Sobre el papel, la cuestión está en manos de la administración de Justicia, pero a la espera de que se decida algo, hay una serie de cuestiones que deberían plantearse.

Una es el perjuicio que se está causando. Dejando a un lado las cuestiones emocionales –hay gente que lo está pasando mal con esta historia– el personal del club se ha quedado "cautelarmente" sin trabajo. Los músicos con actuaciones programadas se han quedado sin ellas. El punto álgido de la actividad anual del club, el festival de jazz de Madrid, pasará de largo, con la consiguiente pérdida de ingresos… ¿retirará el Ayuntamiento los fondos asignados al club con motivo de dicho festival?

La segunda cuestión es de proporción: ¿está todo lo antedicho justificado por el motivo de la demanda?

Desde su orígenes, el jazz ha sido una mezcla inestable de arte y negocio. Es una música minoritaria: “los del jazz” somos pocos en el contexto de toda la sociedad y, aun así, los músicos y los que les rodeamos solemos llegar a extremos de sacrificio –familiar, económico…– francamente absurdos que rayan en lo obsesivo. Los músicos de jazz, especialmente, ofrecen un nivel de dedicación, de amor al arte, desproporcionado con respecto a cualquier recompensa económica o de reconocimiento social.

Siendo todo eso cierto y a pesar de su dudosa viabilidad comercial por sí mismo, el jazz también es una actividad que mueve dinero. Quien regenta un club de jazz, aun con su puntito de chaladura, además de cuidar de su propia subsistencia, tiene que bregar con facturas, cuentas, nóminas y demás cuestiones prosaicas.

El Bogui es un negocio particular que ha sido suspendido por una orden judicial, y como tal, confiamos en que los correspondientes procedimientos sigan su curso y lleguen donde hayan de llegar. Pero, por tirar de tópicos, es mucho más que eso. Es un escaparate excelente de una forma de expresión artística que, aunque minoritaria, enriquece a toda la sociedad. Y, sobre todo, es un gran club de jazz.

A día de hoy no se sabe ni cuándo –ni dónde– reabrirá el Bogui, pero lo cierto es que volverá a abrir sus puertas. Angstadt y su equipo van a hacer todo lo posible a tal fin y, al menos de momento, los clubes de jazz no son ilegales. Por tanto, la instancia correspondiente debería explicar cuanto antes qué hay que hacer para reabrir el Bogui.

Por la cantidad de músicos nacionales y extranjeros que han pasado por su escenario, el prestigio del Bogui va más allá de nuestras fronteras. Este club es un importante activo de la vida cultural de Madrid y, como tal, su Ayuntamiento debería hacer todo lo posible para que reabra sus puertas en unas condiciones iguales o mejores que las de los últimos tres años y, sobre todo, cuanto antes.

Tomajazz

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