El Club (segunda parte y fin) por Marcos Pin [Relato]

Por Marcos Pin [que aunque no sea difícil jura que es mucho mejor músico que escritor, tal y como se puede comprobar en Spotify]

El Club (Segunda Parte y final) …ir a la primera parte de El Club… 

3

La rabia y frustración ayudaron a que, de una fuerte patada, arrancase los tablones que tapiaban la entrada.

Aparté las maderas con ambas manos, intentando no cubrir ni apagar el mechero que había dejado a un lado, alumbrando desde un altillo. Sentí como alguna astilla llegaba a desgarrar ligeramente mi piel. Me llevé el arañazo a la boca, limpié su sangre.

El portalón presidía aquel callejón en la oscuridad. Vestido del color de la noche más profunda, con ribetes y aristas también en madera, testigo de épocas mejores; orgulloso de haber lucido pintura cara, exhibía una mirilla dorada, grande; en el centro —de las de rejilla—; tenebrosamente, parecía observarme burlonamente desde el interior.

Lo empujé varias veces, con fuerza; hasta el punto de hacerme daño en el hombro. Aquella puerta permanecía cerrada a cal y canto. Desistí.

Busqué mis bártulos, al tiempo que recuperaba el Zippo. Mi intención no era otra que la de salir de allí y, en eso estaba cuando, súbitamente, una corriente de aire frío ladeó y acabó por apagar la llama del encendedor.

La luna desapareció, súbitamente, tras la oscuridad de una inmensa nube.

En un abrir y cerrar de ojos, lo que comenzó siendo el golpeteo de unas pocas gotas sobre latas, maderas y cartones, acabó en aguacero. La lluvia caía con tanta fuerza que llegué a sentir dolor cuando esta me golpeaba.

Me giré, desconcertado, buscando algo con lo que poder hacer palanca y forzar la puerta. Me guarecería dentro, esperaría a que el diluvio amainase:

«—Con suerte, encuentro algún cigarro —pensé.»    Dí con algo parecido a una barra de metal. Serviría.

Volví a la puerta para forzarla.

—¡Qué cojones!

La encontré entreabierta.

—¡Oiga! ¡Maldito tarado! —grité—. ¡Esto ya no tiene puta gracia!

Dí una patada de loco que consiguió abrirla de par en par.  Así la barra de hierro, con fuerza, en mi mano derecha y prendí el mechero con la izquierda.

—Voy a entrar, maldito capullo —advertí a la oscuridad.

Tras la puerta, me enfrenté a un pasillo corto. Alumbré en círculos: fotografías de músicos y bandas que reconocí; cubrían las paredes. Todo aparecía cubierto por una gruesa y extensa capa de polvo. Roña y más roña. Me fijé en el suelo: sin huellas, y mucho menos, de botas con tacón. La telaraña que atravesé con el rostro, acabó por confirmar que yo era el primero en cruzar aquel umbral, y en años. Me auto-convencí: «—Casi dislocas un hombro, pero, finalmente, la abriste.» Un rótulo al fondo, sobre un mostrador, pequeño decía: «Ropero». Me acerqué y deslicé la cabeza en su interior: ¡Qué extraño! Pude ver como decenas de abrigos, gabanes y prendas varias, polvorientas, colgaban de sus perchas; cada una de ellas con número.

Miré a mi izquierda. Sendas cortinas rojas velaban una estancia contigua. Intenté separarlas, primero con la barra, que todavía asía con fuerza (por si acaso), pero me fue imposible. Tuve que dejarla, apoyada sobre la repisa recibidor del guardarropa, para poder, con fuerza y ambas manos, correr el cortinón. Se abrió en dos partes: derecha e izquierda. Polvo y mugre cayeron sobre mi pegándose a mi cabello, rostro, y las ropas mojadas.

En cuanto hube cesado de toser, me adentre en la habitación.

Entre sombras, atisbé lo que en su día había sido un club. Y de los grandes.

Di un paso atrás, recuperé la barra y agarré una de las bufandas del ropero que enrollé como pude. Prendí fuego a lo que ahora era una antorcha.

Por un momento, bajo la luz de la llama, me pareció ver un club repleto: público ocupando mesas, camareros atareados, músicos sobre el escenario. Vi, repentinamente, como sus rostros, monstruosos, se giraban; fijando una malévola sonrisa en mí; advirtiendo: No entres.

Achaqué la alucinación al cansancio pues duró el tiempo que tardé en cerrar y abrir los ojos de nuevo. Agité la cabeza, deshaciéndome del espejismo. De alguna manera, me tranquilizó el descubrir sobre la barra, junto a una copa a medio acabar, un paquete de cigarrillos. Parecía haberme estado esperando. Lo cogí y limpié contra el pantalón. Todavía alterado, saqué un cigarro (reblandecido) y lo encendí. Lo sentí delicioso, aunque su sabor fuese el del polvo y la humedad. Tras una profunda calada, observé de nuevo la sala [una bocanada]. Me incliné sobre la barra y atrapé la primera botella que pude alcanzar.

Justo lo que necesitaba.

Sobre el escenario, al fondo, descansaba un contrabajo, apoyado sobre una silla, al lado de la batería. Las telarañas cubrían y unían a ambos.

Me acerqué, envalentonado por el trago profundo de whisky. Sorprendentemente, todas las mesas, todavía, estaban servidas. Algunas sillas, guardaban prendas y bolsos tendidos de sus respaldos. «—…una buena noche —imaginé.»    La madera crujió cuando subí al escenario.

El piano estaba abierto y, sobre su silla; mugriento, descubrí un olvidado Mark VI .

Sentí curiosidad y temor a la vez: ¿Qué habría sucedido para que aquel lugar hubiese sido abandonado con tanta celeridad y urgencia? ¿Qué músico deja atrás lo que le da de comer: su instrumento? Sonreí. Mi suerte había truncado:

—Un bolo, no, pero todo esto —me dije—… ¡Esto vale una pasta!.

Aparté el saxo, limpié el taburete como pude. Tomé asiento.

Apuré la botella, a modo de celebración. Noté como el brebaje hacía efecto y entraba en calor. Dispuse el vidrio vacío a modo de portavelas; la antorcha dentro. La dejé alumbrando, sobre el piano.

Estaba ebrio.

Sobre el atril del piano, la partitura de Shorter. Toqué para nadie, con pasión, «Cadaverous Dance».

4

No podría decir con certeza durante cuánto tiempo dormí. Recuerdo que desperté tiritando de frío y respirando mal. Había soñado con aquel lugar: que alguien o algo, desde debajo del piano, me asía con fuerza. Agarraba una de mis piernas con garras de ultratumba y tiraba de mi con fuerza sobrenatural; sin yo poder hacer nada más que abrazar un gato muerto, como si de una almohada salvavidas se tratase; llorando, peleando por no ser devorado por el abismo; al intentar zafarme de aquel monstruo…

Cogí el mechero. La antorcha se había consumido por completo. Prendí un manojo de partituras y encendí un cigarrillo para calmarme. Tosí. Escupí. Puse los papeles ardiendo, con cuidado, sobre el suelo y cubrí la llama lentamente con la toalla roñosa, que alguno de los músicos había olvidado en la huida. Hice una pequeña hoguera con la que calentarme. Me arropé y froté las manos ofreciendo mis palmas al calor.

Después de un par de cigarrillos, con la garganta seca, barajaba la posibilidad de abrir un nuevo licor cuando, asombrado, pude ver como la llama en la hoguera se hacía más  y más pequeña; diminuta. Casi desaparecida, fundió la habitación en una total oscuridad.

Sentí un escalofrío. La temperatura bajó, drásticamente. Mi vello se erizó.

Supe que no estaba solo.

Miré a mi alrededor, buscando. La piel de gallina.

—¿Hay alguien ahí? —pregunté, mirando fijamente al cortinón de la entrada. Aguardando el momento en que éste se moviese. Pero no llegó a suceder.

—No delires —me dije—. Aquí no hay nadie. Pronto amanecerá y tendrás que ideártelas para llevar todo esto. Sacarás una pasta…

Fue entonces que lo escuché con claridad: el tamborileo. Producido por uñas golpeteando sobre el mármol de una de las mesas. Al igual que la campana: pausado, cadencioso, como si de una macabra procesión se tratase.

Tenebroso.

—¡¿Quién anda ahí?! —grité, incorporándome de un salto. Forzando el mantener la calma.

No hubo respuesta. No veía a nadie.

Ta-ka-tá…

—¿Oiga? —insistí.

Ta-ka-tá…

Me abalancé sobre el piano. La botella cayó al suelo (sin llegar a romper) poco después de que yo desenvainara la barra [Antorcha]. La agarré, fuertemente, con ambas manos.

—¿Qué quiere? —pregunté amenazando con el hierro a todas partes, intentando ubicar, sin éxito, la procedencia del sonido.

Ta-ka-tá…

Ta-ka-tá…

Sentí como la temperatura bajaba todavía más. Mucho frío.

Las sombras se mezclaron con el vaho de mi aliento agitado.

Ta-ka-tá

—Hola, Lester.

Una voz profunda, grave, susurrante, muy pausada irrumpió en la estancia.

Sentí pánico. La piel de gallina.

—¿Q-Qu-Qui-én es usted? —tartamudeé.

Ta-ka-tá…

Pude ver su sombra: tétrica. Ocupaba una de las mesas en la esquina. Lejos de la barra, el lugar de mayor oscuridad en la sala.

—Tengo muchos nombres —contestó.

Me fue imposible ver su rostro. Permanecía oculto tras el velo de una sombra. Aún así, intuí una figura alta y delgada; cómodamente sentado, piernas cruzadas y rostro alargado, con la cabeza ligeramente ladeada; acechante en la noche.

—¿Cómo sabe usted mi nombre? —osé preguntar.

Un escaso haz de luz destapó sus dedos sobre la mesa [Ta-ka-tá.]: largos, afilados, vestidos con anillos grandes —grotescas y monstruosas cabezas de animales—; uñas largas que acababan en una afilada punta, del color más negro que jamás he visto.

—¿Qué quiere?

—No hagas preguntas cuya respuesta conoces —advirtió.

Detuvo el tamborileo. Se agarró ambas manos, entrelazando los dedos lentamente. Las posó sobre su rodilla.

—Lester —dijo a la vez que inspiraba pausadamente, como queriendo olerme—, he venido a comprar.

Fueron, o así me parecieron, minutos (como horas) de argumentos a favor:

—Serás el mejor, Lester …

—Fama y fortuna te aguardan….

—No más mierda, Lester…

—Los mejores teatros, las mejores chicas…

Thelonious, hijo, aquello me asustó; y mucho… Pero, ni así, llegó a convencerme, pues yo no soy ese tipo de hombre. La trompeta es mi vida, hijo. O eso creía hasta que cambió el discurso y argumentó en contra:

—Tu hija…

—Miseria… Dolor…

—Tu nieto… muerte, desolación…

—¡NO SIGAS! ¡PARA! —lo interrumpí. No quise seguir oyendo, aquellas, sus amenazas.

Rió como nunca he oído reír a nadie.

Aceptaría el trato.

En ese momento, sollozando; cabizbajo, rendido, me disponía a ceder y decir «Sí» cuando y, créeme: sentiré el peso de esta maldita culpa mientras viva… en ese momento, desde atrás, alguien me asió del hombro. Me giré, desconcertado y asustado como estaba. No podía creer lo que mis ojos veían. Allí estaba Liza. Sonriendo como un ángel. Sujetándome del hombro, tranquilizante. Me miró fijamente. Se acercó a mi oído y, dulce como era ella, me dijo con un tierno susurro: «No lo hagas».

Fue la última vez que la vi.

Fue en ese momento que lo supe: tu abuela había muerto.

5

—Despierta, vago —sentí una patada en las piernas—. O pagas, o hasta aquí da tu dinero, jipi de mierda.

—¿No podría, por favor…?

—¡Abajo! —ordenó, al tiempo que cogía con rabia mi petate y lo lanzaba a la intemperie— ¡Fuera del autobús!

Era el único pasajero; en la que, apostaría, era la noche más oscura, fría y lluviosa del siglo. El dinero sólo me había alcanzado para llegar hasta aquella parada. Me dirigía de vuelta a la ciudad.

Paré en la puerta delantera, intentando guarecer la trompeta entre mis ropas antes de salir a la intemperie. El conductor perdió la paciencia y, de un empujón, me sacó fuera.

—¡Oiga! —protesté, tras recuperar el equilibrio.

—¡A tomar por culo! ¡Payaso!

Apretó el botón que cerró la puerta y, bruscamente, se puso en marcha. A toda velocidad.

Caminé en la oscuridad, bajo el aguacero, sin poder ver por donde iba. No sabía si en la dirección correcta o contraria. Levanté la vista y pude ver una tenue luz en la distancia. Anduve algún kilómetro más hasta encontrarme parado en lo que parecía un cruce de caminos. El camino de la derecha conducía a la luz que había visto antes. Pude vislumbrar el contorno de un pueblo. De inmediato, recordé la historia que, años atrás, mi abuelo me había contado durante mi última visita al sanatorio. Jamás, a nadie se lo conté: el que mi abuelo había hablado.. De cualquier forma, nadie me hubiese creído. Después de aquello, regresó a su mundo de autismo, frente a la ventana.

Escuché campanas.

A punto estaba de tomar aquel camino cuando alguien me asió del hombro.

Mi abuelo había muerto.

Tomajazz: © Marcos Pin, 2018




El Club (primera parte) por Marcos Pin [Relato]

Por Marcos Pin, que aunque no sea difícil jura que es mucho mejor músico que escritor, tal y como se puede comprobar en Spotify

El Club (Primera Parte)

1

By HaeBOwn work, CC BY-SA 4.0, Link

Entreabrí la puerta lentamente. No quería entrar. No quería estar allí. Deseaba no haber ido… Lo hacía, únicamente, por cumplir la promesa que, un par de horas antes, había hecho a mi madre:

—Antes de coger ese autobús, ve a verlo. Cuéntaselo. ¡No me mires con esa cara!…

Cabizbajo, metí primero la cabeza; mirando al suelo impoluto. Pude sentir como el olor a desinfectante ascendía por mis fosas nasales y se confundía en mi imaginación con el hedor a enfermo en toda la clínica:

—¿Abuelo…? —Levanté la vista, buscándolo.

Lo encontré donde lo había dejado en mi última visita, para mi vergüenza, demasiado tiempo atrás.

—Soy yo, Thelonious…

No esperé respuesta, sabía que no la habría. Como en otras ocasiones, dudé incluso si sabría que alguien había entrado, que estaba allí, que (él mismo) seguía vivo.

Años de medicinas, terapia y médicos inútiles acabaron por confinarlo entre aquellas blancas paredes que delimitaban la estancia; desde la que, a través de una única ventana, postrado en silla de ruedas; pasaba los días, los meses, años… con la mirada perdida, orientada a ninguna parte. Ido.

—Disculpa que haya pasado un tiempo —me excusé mientras tomaba asiento al otro lado, sobre la cama; esforzándome para que no notase mis ganas de salir huyendo (si es que todavía notaba algo…).

—… Mamá manda saludos; dice que domingo estará aquí, como siempre…

Miré alrededor, buscando conversación:

—Adoro este cuadro donde estamos los tres —dije al tiempo que cogía una de las dos fotos enmarcadas que, en su día, su única hija había colocado sobre la mesilla con el objetivo imposible de «alegrar la habitación». Una de ellas, la más pequeña, la retrataba a ella, cuando joven. La otra, que ahora observaba sosteniéndola entre mis manos, era la única foto mía, de niño, junto a ambos: mi abuela y él.

Siempre me había hipnotizado aquella sonrisa. Definitivamente, había quedado plasmada en aquella fotografía. Mágica, especial, magnética; era una sonrisa sabia que infundía tranquilidad. Mi abuelo la lucía entonces, reflejo inconsciente de una denotada felicidad; cruelmente arrebatada para siempre el día, hará ahora unos veinte años… el día en que, sin él poder estar presente, moría mi abuela.

Dejé la foto en su sitio.

—Abuelo, me voy de gira —lo miré—. Por fin, mi primer trabajo tras acabar la escuela.

Sonreí para nadie.

—Supuse que te gustaría saberlo, bueno, mamá dijo —entristecí—… que te alegraría. Mantuve un largo silencio durante el cual temí, por primera vez en toda mi vida, la posibilidad de no volver a verlo. Probablemente, fue lo que me llevó a despedirme de aquella manera; como si de la última vez se tratase:

—¿Sabes?, me hubiese encantado escucharte tocar alguna vez —me decidí—. He oído alguna grabación, de esas en directo. Especialmente una en la que me dedicas un concierto: «a mi nieto de cinco años» …bueno, claro, y los discos: todos…

Me incorporé y caminé hacia la ventana. Su rostro permanecía impasible, inalterado, perdido.

—Es todo un honor seguir con tu instrumento. ¿Sabes?, los compañeros del conservatorio viven impresionados con que seas, tú, mi abuelo —reflexioné—…Te prometo: haré lo imposible por continuar con tu legado.

Posé mi mano sobre su hombro al tiempo que reprimía la emoción. Volví la mirada al suelo y di media vuelta para irme [y no volver]. De reojo, dirigiéndome a la puerta, observé la foto con los tres, por última vez; al lado de la de mi madre joven. Giré la manija no queriendo hacer ruido, huyendo de aquella habitación tan triste; no queriendo regresar jamás.

Estaba a punto de pronunciar el «adiós», para el cuello de mi camisa, cuando escuché:

—¡Hijo!

Pensé que había sido fruto mi imaginación: las ganas, reprimidas durante tantos años, de escuchar su voz. De cualquier forma, di media vuelta igualmente, sin soltar la puerta. Sorprendido. Nuestros ojos se encontraron. No supe qué decir o hacer. ¡Un médico!, pensé…

—Espera —dijo con un muy fino hilo de voz al tiempo que me tendía su mano—. He de contar algo.

Corrí junto a él y, cogiéndole la mano, me arrodillé a su lado.

—¡Abuelo! ¡Has vuelto!

—Lo que tengo que contarte, es importante.

2

Preservation Hall, New Orleans by InfrogmationOwn work, CC BY 2.5, Link

Nunca ha sido fácil… Nada (ni siquiera el hecho de tocar), para un músico de Jazz.

A veces pienso que esta música lo pone todo de su parte para no existir: es difícil de aprender, dura de transmitir; desgarradora y, a la vez, remedio y cura para los achaques del alma…

En aquellos tiempos, nos ganábamos la vida como podíamos. Salíamos de casa con una banda y, la mayor parte de las veces, meses después, regresábamos solos.

Cuando la gira llegaba a su fin, muchos de nosotros decidíamos probar fortuna en pueblos y pequeñas ciudades de paso, camino de vuelta a casa. Buscábamos bolos con bandas locales y/o participábamos en concursos musicales (haciéndonos pasar por aficionados). Todo por dinero.

Por aquel entonces yo ya era abuelo. Tu madre: soltera. Y aquel año, aquel maldito año Liza cayó enferma. Mi Liza… tu abuela.

¡Maldito dinero! Necesitábamos del último centavo.

Una de esas noches en la carretera, durante una jam, escuché a uno de los muchachos hablar de un club:

—Lo peor es desviarse tanto de la ruta a la ciudad —contaba—. El pueblo está muy apartado. Habría que estar muy desesperado para intentar un bolo allí.

Lo estaba.

Recuerdo que caminé durante más de una hora desde donde el autobús me había dejado:

—Lo siento, amigo. Hasta aquí puedo llegar. El camino es demasiado estrecho y, ya ve, ni siquiera está asfaltado.

La noche cayó entrando yo en el pueblo; donde fui recibido por el sonido sordo de una campana, sin duda, procedente de alguna iglesia que no conseguí ubicar. Lo tomé como la explicación más lógica a lo desierto de aquellas, sus calles. «Algún entierro —pensé.

Estará el pueblo como para música —me resigné.»

Ayudado por la luz de la luna llena, estuve un buen rato deambulando por el empedrado. Aquel lugar, tan oscuro, parecía un laberinto. «Aquí no queda ni el Minotauro —ironicé—. Espero, no sea el difunto…» La noche era fría.

Decidí descansar y, para ello, tomé asiento sobre el viejo, húmedo y solitario banco en una plaza. Aguardar a que la ceremonia acabase, me pareció una buena idea. Seguro que alguien aparecía, tarde o temprano, de regreso a su casa.

Rebusqué en mis bolsillos: sin tabaco. Saqué el mechero Zippo y jugué a abrirlo, encenderlo y cerrarlo. Agradecía el calor de la llama que dibujaba formas al mezclarse con el vaho de mi aliento.

Jugaba a que el sonido del mechero iba a contra del de la campana cuando, éste segundo, cesó de repente y dio entrada al de unos pasos que se acercaban; lejanos al principio, cadenciosos. Cada vez más próximos y rápidos. Bota de tacón sobre la piedra, deduje; aunque, al igual que había sucedido con el repique de las campanadas, el eco que producía el rebote del sonido en las paredes despistaba e impedía conocer con certeza su procedencia. Buscaba, mirando a todas partes cuando, en una de estas, atisbé una sombra en movimiento.

Entorné los ojos para agudizar la vista y vi lo que parecía una silueta en la distancia; caminando calle abajo. La sombra de un hombre alto, delgado y corpulento.

—¡Oiga! —grité queriendo llamar su atención.

Pareció no haberme oído pues continuó su camino. Con prisa, giró a la derecha. Guardé el mechero con celeridad. Cogí mi bolsa con ropa y la que guardaba la trompeta. Salí corriendo tras él al tiempo que encaramaba ambos bártulos sobre mi espalda.

—¡Señor! ¡Espere! —¡¿Cómo no podía oírme?!

Aumentó su velocidad. Tuve la sensación incierta: «¿estará huyendo de mi?»

Tras varios giros entrelazando aquellas estrechas callejuelas (que no hicieron otra cosa sino conseguir que me perdiese totalmente), el sonido de sus pasos cesó, como el de la campana había hecho minutos antes: repentinamente; a la vuelta de una esquina.

—¡Amigo! —alcancé jadeante.

—¡Qué manera de correr! Disculpe —tomé aliento al tiempo que encaraba el callejón—.

—¿Todos están en tan buena forma, aquí, en…? —no llegué a acabar la frase.

Allí no había nadie.

—Pero, ¿dónde se ha metido? —murmuré con curiosidad— ¡Oiga! —llamé.

Busqué con la mirada. Derecha, izquierda: nada.

—¡Señor! —dije adentrando la cabeza, con timidez, precavido; en la oscuridad del callejón.

El silencio era absoluto; el olor: nauseabundo.

Pude escuchar con claridad el palpitar de mi corazón. Pensé que se me saldría del pecho.

Miré al cielo. La luz de la luna destapó paredes altas a ambos lados. Si hubiese extendido mis brazos en cruz, hubiera podido acariciar ambas a un tiempo, con los dedos.

Ni rastro de puertas o ventanas.

Pude ver que, al fondo, el callejón se estrechaba y curvaba. Decidí adentrarme por completo. Sentía una mezcla de curiosidad y alerta; bien podría tratarse de algún ladrón, agazapado, esperando una oportunidad…

Dí varios pasos al frente y tropecé con algo duro. Tomé el Zippo del bolsillo. Lo prendí y miré al suelo:

—¡Dios! —exclamé, apartando la vista al tiempo que cubría mi nariz con mi antebrazo—. ¡Qué asco!

Di un paso largo para poder así esquivar, de un salto, el cadáver putrefacto de lo que había sido, en vida, un gato negro.

—¡Oiga! ¿Dónde se ha metido?… —insistí, alzando la voz, mirando y escudriñando al frente.

Enfadado:

—Si se trata de una broma, sepa usted que es de mal gusto.

Tomé la ligera curva al fondo y me di de bruces con cajas amontonadas y escombros.

Basura y podredumbre por doquier.

Alcé el mechero y le siguió mi vista. Detrás, al fondo, atisbé lo que parecía una puerta.

«¡Ajá! —deduje— Te tengo, gilipollas.»

Esquivé como pude toda aquella porquería y me planté delante de un enorme y mugriento portalón del mismo color que el gato.

Miré en alrededor, buscando. No tardé en darme cuenta: por aquella puerta no había entrado ni salido nadie ni nada en años. Décadas quizá. ¿Dónde se había metido aquel hombre misterioso? Era imposible que hubiese tapiado aquella entrada en el poco tiempo que yo había tardado en llegar al callejón, tras él.

Enfoqué la llama del mechero a todas partes. Buscaba, desconcertado; sin saber muy bien lo qué.

En una de estas, iluminé los restos de lo que parecía haber sido, en su día, un letrero. Dejé mis cosas sobre el lugar que me pareció el más limpio de aquel suelo mugriento y, de puntillas, alcancé a limpiar, con la manga izquierda de la chaqueta, la roña que cubría aquella placa.

Me sentí como un idiota. ¡Haberme desviado tanto… !

La mayor estupidez que había hecho.

Aunque alguna letra faltaba, pude leer:

LA SOMBRA
Club de Jazz

Continuará… ir a la segunda parte de El Club… 

Tomajazz: © Marcos Pin, 2018




La Undécima (por Marcos Pin) [Relato]

LA UNDÉCIMA

A mi amigo Narci, por inspirar esta historia.

Duke Ellington 1” by Hans Bernhard (Schnobby) – Own work. Licensed under CC BY-SA 3.0 via Wikimedia Commons.

—A ver qué tenemos hoy… ¡No!… ¡¿Otra vez…?! Susana, abre el expediente seis, tres, nueve, barra… ¿por cuál vamos? Ah, Robustiano, estás aquí… ¡muy bien!, tráeme un café primero, antes de hacer pasar al acusado. Solo, como siempre. Intenta que no se te caiga esta vez…

—Nueve, señoría.

—Si, nueve, gracias Su… Está raro Robustiano, ¿no?

—Yo lo veo igual que siempre…

—¿Igual de troglodita? Jiji, se habrá peinado… ¡Pobre hombre!

—Tenemos para hoy, diez casos, señoría.

—¡Diez, por Dios! No saldré nunca de aquí. ¡Pfff…! He quedado para comer… ¿qué es lo último?

—Otro de corrupción, un concejal. El pueblo contra…

—¡Ah, sí, sí…!, Fernando. Hablé ayer noche con su abogado. No va a presentarse. Luego lo veré en el restaurante… Gracias, Rob, muy amable. Y no has derramado ni una gotita, jiji… Pues vamos allá. Empecemos, haz que pase “el elemento, este…”. Susana, acércate; escucha: fíjate (¡shhh…!), en esa cara de cavernícola, creo que Robustiano ha estado llorando… Jiji-ji, seguro que no recuerda dónde ha enterrado el desayuno, jiji…

Otra vez, no me lo puedo creer. No aprendo… En buena hora se me ocurrió a mí dedicarme a esto. Qué razón tenía… No han dejado de resonar en mi cabeza sus palabras desde el día en que las pronunció por primera vez para mí; remarcando todos y cada uno de sus golpes de voz con la batuta del dedo índice, staccato y crescendo: «Con la cu-cha-ra que es-co-jas, comerás». Por fin, a mis cuarenta y pico, empiezo a entender aquella advertencia… y me veo ridículo en el recuerdo (donde sonrío, arrogante y soberbio, y contesto: «¿Tú qué sabrás, mamá?»). Qué le vamos a hacer… ya es tarde, demasiado tarde… Hablando de tarde, y de madres: supongo que alguien habrá llamado a mi mujer para contarle que me han detenido, otra vez… ¡Menuda me espera…!

—¿Y éste del banco? —me señala un agente gordito al tiempo que hace la pregunta a otro, también de azul pero delgado (Laurel y Hardy, no puedo evitarlo…). Hardy lee prensa deportiva sobre una mesa vacía, a la entrada del pasillo. Hace que, de alguna manera, se sienta más en forma aunque, lo que realmente le fascina, son las cifras astronómicas que aparecen en cada artículo y, en secreto, piensa: «si estos idiotas ganan esto en calzoncillos, ¿qué tendría que cobrar yo?…»

—Otro del “Llás”… —contesta despectivamente, sin apartar la vista del número de la prima—. Lo pillaron ayer. Está viniendo Hulk, el idiota, a buscarlo para juicio…       Laurel gira su cabeza sobre mí y me mira con el desprecio del necio en sus ojos:       —¡Escoria! —murmura y me escupe; con tan mala puntería, mejor dicho, con tan poca potencia, que el escupitajo acaba en su camisa, junto a la estrella que es la placa, estrellado en la estrella (pienso)—. ¡Mierda, mira lo que me has hecho hacer, Ramón…!       El tortazo duele pero no me importa, de hecho, me cuesta aguantar la risa, una pequeña, nerviosa e impotente que guardo para mí. Me mantengo cabizbajo. Incluso cuando recoge el lapo y limpia su mano en mi camisa al tiempo que dice, apretando los dientes con rabia contenida:

—Esto es “Yast” de ése, Ramón. Mira, aquí lo tienes…

La noche, repleta de vejaciones, me hubiera convencido del cambio de nombre si el policía más delgado, Hardy, que dobla ahora el periódico y sale de su “letargo numérico – deportivo” para indicar mi situación al alguacil recién llegado, no lo hubiese pronunciado:       —¿Duarte?, sí, ahí lo tienes, Robustiano —golpea un par de veces la mesa desnuda con el periódico doblado y prosigue—: no hemos podido quitarle las esposas, no sabemos dónde está la llave… Y como el detenido no se ha quejado, je,je… Ya sabes, a estos “músi-cos”, las manos siempre atadas…

—¡Uy, qué tonto, Ramón! — me dice Laurel con tono infantil, llevándose ambas manos a la cabeza y parpadeando rápidamente, a lo dibujo animado— …si la tengo aquí, en el bolsillo de atrás… —y, al girarse queriendo mostrarme su culo de gordo, la porra que le cuelga del cinturón me golpea la cabeza, con un sonido sordo.

Me doy realmente cuenta, tras quitarme las esposas, y por primera vez, de lo muy apretadas que estaban. Todo este tiempo que he pasado esposado al banco del pasillo, hace que mis hombros recuperen su posición natural con dificultad. Refriego las muñecas, aliviando el escozor, al tiempo que el alguacil gigante me coge del codo y, sin mediar palabra, me levanta y empuja a través del pasillo. Atrás quedan las risas grotescas de ambos policías. Me resulta imposible discernir si el chiste es Robustiano, lo soy yo, o somos ambos.

—Pues como te lo digo, Susanita, te quedarían muy bien estas mechas —la juez sacude su cabeza, como en un anuncio de champú—. Bueno, si te las pudieras permitir, claro, lo sé, mujer… pero un día de capricho, ¿no?… —la taquígrafa asiente con paciencia, restando importancia a los consejos que su jefa repite a diario y que sabe absurdos—. Tú lo que tienes que hacer— continúa, ahora en tono maternal, bajando el volumen como si de un secreto se tratase—, es amarrar a alguno con pasta; con mucha pasta —aprieta el puño al decir esto último—. Ya no tienes veinte años, chica, y el tiempo pasa. Fíjate, ¿quién va a querer nada contigo? Taquígrafa de juzgado, del montón. Como tú hay miles, muchacha —en la cara dibuja una mueca de asco que precede a la conclusión—: …no te lo digo por mal, chica. Lo hago por tu bien, por ayudarte. Porque mira que estás dejada… ese pelo tuyo, teñido, ¿verdad?

—Es natural, señoría.

—Rubias de ojos azules hay a montón, hija. Cada vez sois más, bfff… una plaga… Ven un día conmigo al club; te presentaré a alguien. Lucirías muy bien del brazo de un señor…

—Gracias, señoría, pero ya salgo con alguien.

—Un muerto de hambre, seguro— afirma al tiempo que coge el martillo de madera—. Pobre chica… —sentencia. De un martillazo en la mesa, como de loca y, mirando a la puerta cerrada, al fondo: —¡Robustiano! —grita—, idiota redomado—, murmura—, ¿dónde está el acusado? ¡Panda de inútiles! —inquiere e insulta a la vez. Rasgo común en todo aquel que se sabe intocable, que, por falta de la inteligencia más elemental, se considera a sí mismo, superior, como de otra especie (que lo son, pero nunca superior).

Robustiano abre la puerta y me cede el paso de entrada a la sala. Justo me agarra del hombro para indicarme que espere, mientras cierra tras de mí. De nuevo, me coge del codo y me planta delante de la juez. El estrado sigue pareciéndome tan alto como la primera vez. Hace que me sienta enano.

—Pero ¡¿qué hace este hombre sin esposas?! —se enerva en lo alto— ¡Robustiano, póngaselas inmediatamente! ¿No sabe que es músico? A los músicos, las manos siempre atadas, coño. ¡No aprendemos! ¡¿No conoce el protocolo, Robustiano?! ¿Qué tendrá en esa enorme cabeza hueca? ¡Qué despilfarro de espacio, por Dios!

Poco duró el alivio en mis muñecas.

—Ahora, sí, retírese.

El alguacil se dirige a la esquina del estrado donde, sabe, debe esperar nuevas órdenes y se permite, durante el corto trayecto, una mirada furtiva a Susana, que hace algún que otro ajuste final en el taquígrafo, preparada para el trabajo.

—Comencemos —exhorta la juez al tiempo que mira a la transcriptora para cerciorarse de que todo está dispuesto correctamente—: el pueblo contra Amador Duarte. Expediente seis, tres, nueve, barra, nueve. Se acusa al señor Duarte de incitación a la rebelión, contaminación acústica, burla al sentir común y estafa artística. Que conste en acta: reincidente. ¿Qué es, señor Duarte, su once vez?

—Undécima, señoría

—No, no, señor Duarte. Once, once veces ha, usted, estado aquí —me explica, como a un niño.

—Se dice undécima, señoría. Es un ordinal…

El golpe de martillo sobre la mesa provoca que, de repente, cese el sonido hipnótico de las teclas en la máquina de mecanografiar. Continuo cabizbajo.

—¡Mal empezamos si no respeta usted a este tribunal! Permítame que le explique: aquí se viene a hacer justicia, no oratoria barata —tras el enojo, se dirige, con calma forzada y fingida, a la taquígrafa—. No escriba esto último, Susana. Corrija y ponga undécima —vuelve a mirarme, en apariencia tranquila—… ¿Cómo se declara, señor Duarte?

—Inocente, señoría y, si me permite, también puede usted decir decimoprimera.

Come, y calla… come, y calla… come, y… Recuerdo esas palabras, ahora que fuera de mi cabeza sólo suenan exabruptos. Pero ese no es el mensaje para la ocasión sino otro. Otra de las frases grabadas a fuego en mi cerebro, junto a la de la cuchara escogida:

«Callado, estás más guapo» («¡Qué tontería, mamá! Yo estoy guapo siempre…»)        Algunas personas lo consideran hablar de más. Yo prefiero llamarlo, aportar. Este vicio mío, de intentar siempre enriquecer al prójimo… como me gusta que hagan conmigo; de hecho soy de los que creen que una conversación sólo es buena si ambas partes la terminan con mayor sabiduría y el tema atrae a ambos, claro. Y digo esto último, por la cantidad —enorme— de conversaciones absurdas que en este momento se llevan a cabo en el mundo (cuánta energía desperdiciada. ¡Uy, perdón!, que no se crea ni se destruye; mal transformada). Esta filosofía (¿por qué no llamarla así?) no hace más que acarrearme problemas desde que tengo uso de razón: que si un estudiante que no me habla porque apunto sus defectos (al tiempo que señalo sus virtudes… es increíble cómo sólo se quedan con lo malo…); que si a un músico le hiero en el orgullo al pedirle que toque piano (lo siento, sólo lo pido once veces. A la doceava [decimosegunda], llamo a otro…) En fin, como decía mi viejo amigo Dexter: tenemos que llamar a las cosas por su nombre o acabaremos pensando que la mierda es tarta…

—¡¿Qué si está sordo, señor Duarte?!…

—Disculpe, señoría.

—Claro, tanta droga y vida nocturna… A propósito, ¿cómo ha dado su test de narcóticos, ha disfrutado de su examen rectal? —rebusca en sus papeles, con risa de ratón, al tiempo que lleva a cabo su venganza dialéctica —… Porque, virgen, lo que se dice virgen, virgen… usted no es, ¿verdad? jiji… ¿cuántos van? ¿undécim…? ¡Bah, tonterías!… Aquí están.

Lee con incredulidad y se dirige a mí, de nuevo:

—Ya me dirá cómo lo hace… limpio, otra vez. Si se le ve que va puesto, con esa pinta… Esto omítalo, Susana. No queremos que nos consideren prejuiciosos. Mire usted, señor Duarte. Aunque no lo crea, me pilla de buenas y con talante comprensivo. Pues no ha querido Dios que todos tuviésemos el don de la inteligencia. ¿Se imagina?, ¿usted de juez y yo de…  yo de…? bueno, lo que sea que usted hace. Por cierto, don Amador, ¿qué hace  usted… aparte de ruido?

—Solamente lo ordeno.

—¿Cómo?

—El ruido, Señoría. Lo que hago es ordenarlo, convertir mi mundo en un mensaje.

Soy compositor.

—¡No siga, Duarte, por favor! —dice con desdén— O tendré que pedir un nuevo test. Esa patraña, se la cuenta usted a sus seguidores. Indeseables y colgados, como usted. Por mucho que intente vendérmelo, jamás escucharé nada suyo. Nada bueno puede salir de un despojo así, ¡qué asco!

«Ha de ser difícil juzgar lo desconocido» —pienso—, «bueno, no tanto, en realidad, lo hacemos a diario» —concluyo.

—Pasará usted la noche en el calabozo, señor Duarte, y mañana ya veré qué hago con usted.

—¿Señoría? —oso — ¿podrían avisar a mi esposa de…?

—¡Pobre mujer! —me interrumpe — Robustiano, que avisen a la santa. ¡Qué desgracia le ha caído! Pensará que está usted de fiesta, por ahí… No, no me interrumpa. Le decía que, esta noche, al calabozo, de cabeza. Pero fíjese, me he levantado hoy, creativa — coge su teléfono y busca en la pantalla con el pulgar mientras dice—: voy a pedir que… a ver si consigo… mmm, sí, a la “un – dé – ci – ma”, aprenda usted algo (ji-ji-ji): le van a poner a usted, “Señor, Chacha del Ruido” (porque ordena y limpia), durante toda la noche, y por los altavoces de la celda, mi “playlist” personal. Aquí está, sí, ahora mismo doy orden de que la metan en el hilo. Va, usted, por fin, a descubrir la buena música.

«¡Qué locura! ¿Cómo puede, esta mujer, escuchar esto? ¡Así tiene la cabeza…! ¡No!, ¿no lo ves, Duarte? Ya estás juzgando. Al final, nada es mejor que nada, solamente diferente… Varios caminos al mismo destino. Pero, ¡¿esta basura…?! No es basura, es lo que es y punto, por eso, es, como es… basura… ¡Joder, tanto rollo Zen!; el Todo, la juez, el mundo, la música, el Jazz… El Jazz lo sabe, a fin de cuentas surge y se nutre de ello y, como decía Blakey, limpia la suciedad [la basura] al final de cada día.»

Los que saben, dicen que nuestro cerebro procesa alrededor de 60.000 pensamientos diarios, de los cuales, la mayoría son negativos. En mi caso, resulta difícil convertirlos a positivo, esto no deja de ser una celda. De nada serviría describirla, es una celda, y punto. Todas son lo mismo: un lugar para esconderte, no tú del mundo sino a ti, de él y al mundo, de ti.

«¿Esta armonía no es la de antes? ¡Dios, qué canción más…! Hala, otra vez juzgando… Bueno, piénsalo fríamente. ¿No es lo que haces al escribir? Esta nota, no tiene color. Este motivo, es soso. Este acorde, no va a ninguna parte. Batería, aquí no, es ruidosa, es ruidoso, soy ruidoso… estoy perdiendo…, perdiendo el juicio…»

La trampilla de las bandejas, en la puerta, se abre. Me traen la cena. Supongo que será la cena, no lo sé. No sé qué hora es. Tampoco necesito saberlo… recojo la bandeja. La trampilla vuelve a abrirse, me giro de vuelta y, esta vez, alguien empuja un papel dentro. Dejo la bandeja sobre el catre, lo recojo y leo:

Señor Duarte:

Gracias por su música. Por favor, no deje nunca de componer. Mi pareja, la señorita Susana, y yo, queremos agradecer todo su talento, la emoción que nos evoca, la historia que nos transmite, la fantasía, belleza… Hacen del mundo, de nuestro mundo, un lugar mejor. Gracias,

Robustiano

La carta manuscrita hace que mis oídos dejen de prestar atención. Mágicamente, consigue que la tortura cese. No puedo evitar pensar que, igualmente, y al hilo de mis pensamientos anteriores, estoy siendo juzgado. No sé si justamente, pero juicio al fin y al cabo.

Acerco la bandeja, la poso sobre mi regazo. La noche, o el día, ambos, han sido muy largos. Tengo sed… y algo de hambre. Al levantar la tapa del recipiente, con cuatro compartimentos: uno para el pan, un plato, los cubiertos, el puré… el puré; del puré sale un lápiz, uno de esos con goma. Levanto y aparto la bandeja, por intuición, y ahí está: un manojo de folios, de los que ya no hay desde que los ordenadores lo hacen todo, de los amarillos, pautados. Sobre la primera hoja puedo leer un título, sin duda, a petición de Susana y Robustiano: Esperanza.

Limpio el lápiz de restos de puré con la camisa, donde hace horas hubo un escupitajo y recuerdo la frase de Duke: “…lo que yo hago, es convertirlo en la energía necesaria para escribir un blues”.

Tomajazz: Texto © Marcos Pin, 2018




HDO 400. Al habla con… Marcos Pin “Triangle & Square” [Podcast]

El viernes 27 de abril el guitarrista (y colaborador de Tomajazz) Marcos Pin publica su nueva grabación titulada Triangle & Square, disponible en formato digital con precio abierto. Esta es una grabación compuesta por originales del músico gallego estructurados en torno a dos suites, y desarrollada en un inusual formato de cuarteto de guitarras, para el que contó con la colaboración de Jens Larsen, Virxilio da Silva y Alfonso Pais.

Con motivo del lanzamiento, Marcos Pin charló con Pachi Tapiz acerca de esta grabación y otras cuantas cuestiones. Como no podría ser de otra manera, en el programa, intercaladas entre la conversación, suenan varios temas de Triangle & Square: “On A Bop Night”, “San Marcos”, “Soledad” y “Lugo’s Cold”.  También suena el tema “I Love You Too” (el motivo se explica en la propia entrevista), de su anterior obra, el magnífico Broken Artist.

Tomajazz: © Pachi Tapiz, 2018

HDO es un podcast de jazz e improvisación (libre en mayor o menor grado) que está editado, presentado y producido por Pachi Tapiz.

“Con la entrevista a Marcos Pin HDO llega a su entrega número 400… está claro que los caminos largos empiezan con unos pasos cortos… aún recuerdo cuando poco antes de unas vacaciones de verano de hace tres años el podcast comenzó tímidamente… ¡Y ya el programa número 400!”
Pachi Tapiz




La ruptura. Por Marcos Pin [Relato]

La ruptura

¡No lloré! ¡Qué le den…!

Aquella cafetería me gustaba. Era acogedora. Silenciosa. Nadie pone ya monedas en los jukebox y, sinceramente, lo agradecí. Necesitaba silencio, mucho silencio; aquel silencio…. Fue un buen refugio: íntimo, oculto, aislado entre los paneles que separaban las mesas. Solos yo y la empañada cristalera. Mirando como las gotas se deslizaban sin un plan, al azar, sin rumbo. La lluvia funciona sin monedas; música deprimente. El atrezzo perfecto para aquel día de mierda.

Desempañé ligeramente el cristal con la manga de mi gabardina, empapada. Fue entonces cuando me había dado cuenta de que debería haberla colgado en el perchero, al entrar. Afuera, tras las gotas, alguien salpicaba al correr, sonaba a charles de Roy Haynes (el Times nunca fue un buen paraguas, ni siquiera un buen periódico). Habría apostado a que entraba, huyendo del aguacero, pero pasó de largo. ¡Un momento, esa chaqueta!… Agrandé el agujero, desempañando con la otra manga, pero ya no había nadie fuera. Tampoco dentro…

—¿Más café, señor? —«Se ha ganado una buena propina» —pensé al tiempo que extendía la taza, sin mirar. Para cuando hube girado la cabeza descubrí que ya no estaba. Como por arte de magia, se había transformado en el humo que emanaba del café recién hecho. —«…La camarera invisible —ironicé. —Mejor dicho —corregí—: …el idiota ciego» —y aquella mañana regresó golpeándome de nuevo con dureza, sin avisar, a traición, en lo más bajo y profundo…

Nunca despiden a nadie en un día soleado. Nunca antes lo había pensado. Durante los veinte años que llevaba trabajando en la misma oficina, había visto docenas de despidos. Y ha de tocarme a mí, para darme cuenta de que siempre nos echan en días horribles. Pensaba en ello mientras me empapaba de camino a casa. ¡Qué crueldad! ¡Qué hijos de puta!… Apostaría a que seguían un parte meteorológico y elegían, adrede, el día más cabrón. Recordé cuántas veces antes me había consolado, con cierto alivio y preocupación: «Joder, qué día de perros, por lo menos no has sido tú al que han dado la patada».

Subí la escalera al apartamento que Monique y yo compartíamos pensando en aquello; en la forma en la que le contaría que nuestros planes de boda tendrían que posponerse; preocupado por cómo se tomaría aquel revés. A siete peldaños de la puerta, escuché un solo de trompeta en Basie. La bella y caprichosa Monique había puesto uno de mis vinilos. Sabía que, aunque lo negara, acabaría por gustarle el Jazz. Me hizo sonreír levemente.

—Sentémonos aquí, Mel —dijo alguien desde atrás, al tiempo que dos personas ocupaban el cubículo contiguo en la cafetería, apartándome de mis pensamientos. —Tenemos que hablar; este es un lugar tranquilo.

—Menudo día, señores —irrumpió amablemente la camarera invisible—. ¿Qué van a tomar?

—Horrible, nena… Cerveza y whisky para mí, por favor.

—Lo mismo, gracias.

Recordé la botella de Macallan en el suelo, con la que choqué al abrir la puerta del apartamento, arrancada a la fuerza de mi colección de escoceses. Todavía derramaba un último hilo de licor. Se me antojó un cadáver.

—¿Qué pasa, Thaddeus? ¿Qué es eso tan urgente que tienes que contarme? —imaginé, por un segundo, que se cogían las manos. —«Suena a pelea de pareja gay» —me dije.

—Aquí tienen: dos cerveza y dos chupitos.

Pensé en pedir lo mismo pero no quise delatar mi presencia y que ambos se sintiesen incómodos. Me agazapé en silencio, odiando mi vida. Reconcomiéndome. Pensando en lo que había sucedido; en los doce años que Monique y yo llevábamos juntos; en como planeábamos un futuro en común.

—Mel, han sido doce años —sus palabras retumbaron como el eco. —«Qué casualidad —pensé—, los mismos que Monique y yo». Sorbí café frío y maldije, para mí.

—Lo sé, Thad, doce felices años, juntos.

—Lo han sido, doy fe. Los más felices de mi vida…

Se hizo silencio. Imaginé a ambos cabizbajos, sin soltar sus manos entrelazadas. También yo había sido el hombre más feliz del mundo junto a Monique los últimos doce pero todo cambió aquella mañana cuando llegué al apartamento y descubrí, junto al cadáver sangrando su última gota de whisky, la ropa desperdigada sobre el suelo: la de Monique, que reconocí, y la de algún hombre, que jamás había visto antes. Sentí como su chaqueta, desde el sofá, se reía y burlaba de mí al tiempo que un piano súbito en la orquesta de Basie conseguía que asaltasen mis oídos los jadeos provenientes del dormitorio.

—Te aseguro, Mel, que no era tan feliz desde Basie —me incorporé alterado. ¿Era aquello algún tipo de broma?

—Gracias por todo, Thad. —pude escuchar como ambos asentían —¿Dónde irás?

—A Copenhague

—¿Nos volveremos a ver? —El largo silencio volvió al bar. Ambos conocían la res- puesta.

—Es lunes —rompió uno de ellos—. Hagamos de este, último, el mejor.

La camarera no quiso cobrarles a cambio de sus firmas sobre la carátula de un álbum. Ambos salieron a la lluvia y se abrazaron. Un abrazo del que no podría haber salido otra cosa más que música. Pasaron frente al cristal y me descubrieron, testigo de su ruptura, llorando como un niño, a moco tendido.

Thad Jones y Mel Lewis se separaban para siempre aquella noche y, al igual que yo y Monique, a la que no volví a ver, nunca nadie supo el por qué.

Tomajazz. Texto e idea: © Marcos Pin, 2018 www.marcospin.com




El viaje (Segunda Parte y fin). Por Marcos Pin [Relato – Concurso]

Muy buenas, amigos de TomaJazz:

Primeramente, me gustaría agradecer vuestra participación en el concurso que proponía en la primera parte de este relato, El Viaje. He pasado unas semanas de lo más contento, respondiendo a comentarios, preguntas, escuchando sugerencias y, alguna que otra vez, intentando convencer a algún que otro lector de que la trama aquí expuesta es, pura y dura, ficción. Espero que esta segunda parte así lo demuestre y, en caso de no hacerlo, no dudéis y poneos en contacto conmigo ya que tengo la fortuna de tener, entre mis amistades, a excelentes psicólogos, psiquiatras y, también por si hace falta, fisioterapeutas, osteópatas, bailarinas/es y algún que otro camello de poca monta…

Igualmente, quisiera proponer un nuevo concurso. Este es muy fácil. La pregunta: ¿Con qué genial cantante estuvo casado nuestro protagonista? El premio: Os haré llegar un enlace para la descarga de mi último álbum, Broken Artist (el libreto no tiene desperdicio…): podéis participar a través de este enlace.

Finalmente, espero, de corazón, que os guste y divierta esta segunda y última parte. Si fuera así, no dudéis y compartidlo, comentadlo, criticadlo… ¡Ah!, no olvidéis poner algún discazo de Parker mientras lo leéis; a modo de “aliño” (sirve Spotify) Hasta la próxima, gracias.

Marcos Pin

Charlie Parker en el Three Deuces, agosto de 1947. En segundo plano, Miles Davis.
Fotografía por William P. Gottlieb 

 

El viaje. Segunda parte

 

—Sólo mi madre me llama así —balbuceé, al tiempo que me envalentonaba y, simulando ahuyentar al frío, me recompuse mientras me fijaba en su sonrisa que desvelaba mi fracaso al querer disimular el temblor en mi voz. Se atisbaba maliciosa, ladina, tras la llama de la cerilla con la que encendía un cigarrillo. Carraspeé, sin nada que decir, planeando una huida.

—Lo sé —afirmó al tiempo que abanicaba el fósforo y lo arrojaba, con desdén, sobre la acera. Su tono era de lo más sobrio. Comprendí entonces que en ningún momento había llegado a estar borracho aquella noche. Sólo lo había supuesto. Me sentí engañado, desconcertado, asustado y prejuicioso a la vez.

Dio una calada honda y expiró lento, pensativo, descomponiendo, con el humo, la luz de la farola que observaba meditabundo, sin mirarme.

—Lo sé todo sobre ti —continuó, al tiempo que devolvía el cigarro a sus labios y giraba el rostro buscándome. Me miró de soslayo.

Mis músculos se tensaron y mi corazón cogió el solo a lo Gene Krupa. La adrenalina tomó el mando y dio orden de, si fuese necesario, salir corriendo a la menor brusquedad de movimiento en Parker. No descartaba tampoco la confrontación y, sin que él lo supiese, rebuscaba armas de cualquier tipo en los bolsillos de mi gabán. Sólo atisbé a encontrar los billetes que Dizzy había puesto allí minutos antes y sudor, mucho sudor en mis manos, enterradas en puño.

—¿…Todo? —osé preguntar, temeroso de que fuera cierto.

Sentí como mis piernas dejaban de existir. Dudé si, en caso de tener que hacerlo, me permitirían salir corriendo o el miedo haría de mi una presa fácil.

—Si, todo —respondió sentencioso y su mirada, incisiva y penetrante, avaló la frase.

Los segundos parecieron siglos. Los últimos diez años pasaron ante mí. Sentí derrota, vergüenza y frustración. Pensaba en que mi sueño había muerto cuando Charlie rompió el silencio. Suavizando ambos, rostro y voz, dijo:

—Sé también que no tienes adónde ir —dio una última calada e hizo que la colilla corriese idéntica suerte a la de la cerilla. Pertrechó su alto al hombro y, cogiéndome del codo (rígido de terror), continuó—, Ven conmigo. Sé lo que has hecho. Hablemos.

Me alivió saber que podía caminar aunque mis piernas flaqueasen. Brevemente, sentí el impulso de salir corriendo y perderme en la noche pero el estrés y cansancio del viaje sumados a la intensidad musical de la noche resolvieron que no era una buena idea. Parker lo notó y, de algún modo, decidió calmarme:

—Tranquilo, no voy a hacerte daño —sentí alivio e intriga a un tiempo —. Debes de estar hecho polvo. Ese tipo de viaje no es para cualquiera. Has llegado hoy, ¿verdad?

Asentí.

—Lo sabía. Mi primera vez, hizo que permaneciese inconsciente durante días.

—¿Lo has hecho otras veces? —dudé si hablábamos de lo mismo.

—Sólo dos y, créeme, no quisiera repetirlo —soltó mi brazo y rebuscó en el bolsillo de su gabardina—. Hemos llegado, es aquí.

Del bolsillo sacó una llave y abrió la puerta del que, a simple vista, parecía un edificio abandonado, desvencijado.

Entró él primero y, tras empujar bruscamente el cadáver de una bicicleta anciana que atoraba la puerta, pulsó los restos de un interruptor para encender una bombilla que dudaba, en su parpadeo, si valdría la pena alumbrar aquello.

Me indicó que lo siguiera, con un gesto, y alcanzamos un primer piso a través de unas escaleras estrechas que, en tiempos, podrían haber vestido moqueta pero que ahora, únicamente lucían manchas indefinidas de todo tipo. El crujir de la madera en los peldaños ya no ahuyentaba a las cucarachas y, sabiéndose dueñas del inmueble, ignoraban a quien en él entraba. Olía como ellas querían, a cloaca.

Caminamos por un pasillo pasando delante de dos puertas cerradas, cada una de un mal pintado color. Pude escuchar a alguien toser, tos enferma, tras una de ellas. De la segunda, procedía la llamada de auxilio de Schubert.

Charlie abrió los dos candados de su alcoba y empujo la puerta levemente, cerciorándose de que no había nadie dentro. Miró a ambos lados del pasillo y susurró:   —Entra.

La luz repentina hizo que algo huyera por un agujero en una esquina. Comprendí la pesadez del aire (cargado de tabaco, humedad y moho) tras atisbar una única ventana, tapiada. Me sorprendió descubrir un pequeño mapa de moqueta púrpura en el suelo, recuerdo de días mejores.

—¿Cuánto llevas aquí? —pregunté al tiempo que buscaba un lugar dónde sentarme.   —Tres días. Procuro no quedarme demasiado en el mismo sitio —tras despojarla de una camisa que secaba, me extendió una silla mugrienta—. En cualquier momento podrían localizarte —advirtió.

—¿Cómo lo hacen?

Negó con la cabeza y, tras hacer a un lado unas partituras, se sentó sobre la cama. Pude leer Ornithology.

Posó el saxo donde la almohada (un saco viejo relleno con periódicos) y arrastró su brazo debajo de donde sacó una botella.

—No tengo vasos —me la tendió.

—Dá igual —acepté.

—Tendrás preguntas.

—Muchas…

Dí un sorbo largo a aquel brebaje del que había oído hablar pero que nunca antes había probado. Tosí con fuerza. Hubiese vomitado si hubiera tenido el qué. Sentí como el líquido me quemaba por dentro mientras esperaba a que su legítimo dueño acabase de liar un cigarrillo y así poder devolverle el recipiente. Lo prendió y tomó el whisky. Schubert seguía sonando en la habitación de al lado y a nadie parecía importar que fuera tarde. Apostaría por la sordera o la pérdida de conciencia del vecino tísico.

Parker tomó aliento.

—Pasaron algo más treinta años antes de que pudiesen solventar el problema que tú creaste la noche de tu huída —dio un sorbo, sonrió evocativo y continuó—: Yo era apenas un recién nacido cuando todo aquello sucedió y, ya ves, aquí estamos; en apariencia, de la misma edad. Maldigo el día en que aprendimos a viajar de esa manera.

Asentí, simulando vergüenza.

—No voy a enumerarte los peligros que conlleva, a fin de cuentas, estoy ante el hombre que ha realizado el primero —hizo ademán de brindar y me pasó la botella. La rehusé con convicción—. Si cambias el tiempo, cambia el espacio. Todos lo sabemos. El mínimo cambio puede mutar todo esto, el Universo —su gesticulación ostentosa hizo que la ceniza cayese sobre la cama. No le dio la menor importancia. Prosiguió:

—Y vas tú… Y decides cargártelo todo. ¡Con dos cojones…! —hizo una breve pausa para resumir, incrédulo— ¡Al no regresar…!

Miré al suelo.

—Charlie, yo…

—¡No, no… No! —Me interrumpió bruscamente, alzando el dedo índice en tono amenazador— Déjame acabar… ¡Cojones, me lo debes! —golpeó el suelo con un agresivo taconazo. Schubert, repentinamente, dejó de sonar y un par de cucarachas tomaron nota corriendo hacia la salida de emergencia que era la esquina.

Se recompuso.

—Es lo menos que puedes hacer —dijo calmado —… por haberme jodido la vida.

Quise hablar pero no pude.

—Treinta años buscándote en los libros. Esos libros cambiantes que son los de historia desde que el imbécil de Einstein consiguió con sus ecuaciones que inventasen esa mierda —prosiguió. Al principio creyeron que tu plan era ese, que no era otro que el de cargarte al científico de los cojones y evitar así que se llegase a inventar La Máquina. Fue entonces cuando comenzaron a entrenarme, como habían hecho contigo, de niños, convirtiéndonos en viajeros —ambos recordamos, por separado, amargos momentos que podrían resumirse en el mismo—… Tu caso me lo asignaron hará veinte. Debía encontrarte, viajar cuando el logaritmo que quebraste hubiese sido recompuesto y —hizo una breve pausa—, matarte.

—¿Qué sabes?, ¿hice algo…? —de repente, me asaltó la preocupación, convencido, tras escuchar sus palabras, de que gente inocente podría haber sufrido por mi culpa—. Mi intención sólo era…

Volvió a interrumpirme bruscamente, negando con la cabeza.

—Nada de eso, nada de eso, no… —sentí cierto alivio—. Tras haberme sido asignada la misión, comencé a buscarte en los libros de historia. Como sabes, muy pocos teníamos acceso a ellos. Sé que tus tiempos fueron duros pero, créeme, treinta años después de que te fueras, en los míos, todo se había endurecido mucho más —noté amargura en su voz—. Consiguieron acabar con todas las artes. Yo ni siquiera supe qué era aquello (libros, discos, películas, partituras, pintura…) hasta que me designaron el trabajo de perseguidor . Tu perseguidor.

Solicité la botella extendiendo mi brazo. Me la pasó diciendo:

—Fue ahí dónde comencé a saber de ti: De tu boda con una cantante a la que escuché y se me saltaron la lágrimas de emoción; de tu música junto a nombres que la humanidad ignora (Quincy Jones, Barney Kessel, Milt Jackson… ); de tus composiciones para cine, televisión… De cómo descubriste a una tal Krall…

Por supuesto, yo ignoraba todo aquello que Charlie, mi perseguidor, contaba pues no había sucedido todavía. Lo escuchaba atónito. Yo… sólo acababa de llegar. El primer hombre en hacer aquel viaje.

Al igual que él, mi entrenamiento había transcurrido durante algo más de dos décadas. Fue así como descubrí la música (primero el trombón y luego el contrabajo), como Charlie, en las sesiones de estudio (Investigación e Inmersión en la Historia Antigua, así lo llamaban) que nos obligaban a realizar en lugares ocultos y prohibidos a la población. Escondía audio, libros, películas y las disfrutaba luego a escondidas, practicando música. Practicando y soñando con aquello que había existido en el pasado [presente ahora]; del que ya nadie sabía ni había oído hablar de porque, eran sabedores, haría del mundo un lugar mejor.

Fue por amor al Jazz que decidí escapar de aquello. Viajar al pasado y quedarme. Destruir La Máquina. Que nadie pudiese jamás encontrarme. Aquella noche junto a Dizzy, Parker y Roach había sido pago, más que suficiente, por todo el riesgo y esfuerzo. Había valido la pena. Lo hubiese hecho otra vez.

Recordé:

—Dijiste que habías viajado, ¿dos veces?

—Si, la primera creí haberte localizado en una Jam. Fue la primera vez que sentí el inmenso poder de hacer música con otros. Como tú esta noche —sonrió de oreja a oreja, feliz— pero yo aún no estaba preparado y me echaron. Pude convencer al mando para que programasen el destino de mi segundo viaje para dos años después de eso. Había practicado, a escondidas, como un loco obseso. Como tú, quería tocar y comencé ahí — hizo una pausa para resolver—, mi huída… Sabía que llegarías hoy, Raymond Matthews Brown, y brindo por ello y nuestro viaje en el tiempo.

Alzó la botella, ya vacía, y yo hice lo propio con un vaso imaginario.

—¿Habrá otros perseguidores? —me asaltó la duda pero no llegué a escuchar la respuesta. El sueño me había vencido.

El teléfono sonó.

—Hola Ray —reconocí la voz de mi ex esposa.

—Hola, ¿qué tal todo?

—Tengo malas noticias.

—¿Cómo?

—Bird ha muerto —silencio—. Un ataque al corazón. Provocado, dicen, por la risa; en casa de la baronesa.

Palidecí. ¿Quién muere de risa…?

Fin

 

Tomajazz. Texto e idea: © Marcos Pin, 2018 www.marcospin.com




El viaje (Primera Parte). Por Marcos Pin [Relato – Concurso]

He estructurado este relato, totalmente ficticio, en dos partes. Con esta primera, para los más sagaces, me gustaría proponer un juego:

  Aquellos de vosotros que creáis conocer el nombre del protagonista en la historia hacédmelo saber mediante este enlace y en recompensa, a los que hayáis dado en el clavo, os enviaré con sumo gusto un par de álbumes. ¡No dudéis y probad vuestra habilidad como detectives! (1)

Espero os divierta tanto como lo ha hecho a mí escribirlo. ¡Un abrazo!

Marcos Pin

Sobre el escenario de The Open Door. Greenwich Village. New York (izq-der):
Charles Mingus, Roy Haynes, Thelonious Monk, Charlie Parker. 1953.
Fotógrafo: Bob Parent.

El viaje. Primera parte

 

  ¡He llegado! ¡¡Lo he conseguido…!!

  El viaje ha transcurrido entre mínimos percances: algún que otro mareo, nauseas, pequeños brotes de ansiedad. ¡Es curioso, ahora tengo la sensación de que ha sido fugaz!

  Me entristece que haya tenido que ser de esta manera, en secreto, a traición… pero si lo hubiesen sabido, jamás hubiera podido… ¡¡Bah, olvídalo, ya estás aquí!!

  Una ciudad tan grande, ¡qué oscura…! ¡Menuda tormenta!, con los truenos no puedo casi oír mis pensamientos. Espero que pronto amaine, estoy empapado. Al frío lo reconozco, es el de siempre.

  …¡Pero no te distraigas, tienes que llegar a tiempo! ¡Dichoso viento! El plano, ¿dónde está…? Mojado como mi ropa ¡Apura!, no queda tiempo. ¿Y si hubiera errado en día? ¿hora? ¡¿lugar…?! Todo habría sido en vano. ¡Qué aire! ¡Aj, dichosa estática…!

  No es momento para dudas, quejas, arrepentimiento… No te entretengas: ¡¡corre!!

  Como en las viejas fotos. Recuerdo las primeras, las de los libros de historia, en donde, aunque en blanco y negro, mi cabeza acertaba con el color rojo del toldo que atraviesa la acera. Lo imagino cubriendo a una muchedumbre con prisa por entrar pero hoy no hay nadie. La calle está desierta. Otra vez me asalta la duda, ¿habré calculado mal la hora, el día…? Puede incluso que haya errado en el mes. ¿Y si todo se va al garete: el colosal esfuerzo de años, las cábalas, los engaños…? ¡Un momento!, escucho algo… Sí, son voces que vienen de abajo y, si mis cálculos no fallan… ¡Sí, si, ahí viene, está subiendo! ¡Rápido, escóndete…! Siento alivio al tiempo que mi corazón bombea excitación.

  Bajo sigilosamente la escalera, empinada, estrecha, de madera; agarrando con firmeza la barandilla en un vano intento por confundir el sonido de mis pasos con el de la lluvia afuera. No lo hago con afán de discreción sino para poder seguir escuchando las voces, adivinar sus dueños. Las comparo inconscientemente con aquellas escuchadas cientos de veces en viejas grabaciones y entrevistas. ¿Serán ellos? Creo que… Empujo la puerta y se hace el silencio en el interior.

  Dos hombres al fondo, junto al escenario, giran sus cabezas al unísono y enfocan su mirada en mi. Uno de ellos imprime una sonrisa burlona y amigable a la vez. Reconozco a John y mi cuerpo se paraliza. Por un instante, mi cabeza duda entre entrar o dar media vuelta y salir corriendo pero el camarero me ayuda en la decisión al grito de «¡La puerta!».   Desde la barra, estratégicamente escondida a la derecha para dejar espacio a mesas y sillas de las que en días como hoy parecen disfrutar fantasmas; secando lo que parece un vaso, con desdén, murmura cabizbajo, sin mirarme; con el “decrecendo” de la ironía [el camarero]:

  —¡Vaya, hombre! Ya me han jodido el cierre…

  Sabía que molestaba. Tan solo diez minutos antes habían tomado la decisión de cancelar el concierto. Tom, el camarero, recogía ávidamente al tiempo que maquinaba la visita sorpresa a una “amiga especial”. John Birks, abría ahora la funda de la trompeta que había guardado poco antes de que yo empujase la puerta. Meneaba su cabeza, cadencioso, como expresando decepción y felicidad a un mismo tiempo. Su interlocutor cesó abruptamente la conversación que mantenían. Me miró y se movió apresuradamente siguiendo la dirección de una línea que pintada en el suelo indicaba a los nuevos [clientes] la dirección al baño.

   —¡Conque ya estás aquí! —me sorprendió una voz que provenía de la esquina menos iluminada del local, entre la barra y una puerta que anunciaba “Privado”—-Supongo que un viaje así bien merece algo de música —concluyó al tiempo que se levantaba pausadamente y abandonaba la silla que ocupaba en la penumbra.

  Con el alto en una mano, un vaso mediado en la izquierda y en la boca humedeciendo una de sus cañas, pasó a mi lado sin mirarme. Rió maliciosamente. Olía a “prohibición”, tabaco fuerte y alcohol. Sentí un escalofrío. ¿Se referiría a mí con lo de «un viaje así»?

  Yo sabía quien era él pero era imposible que él supiese de mí, quien era yo y que había venido a hacer. Me tranquilicé pensando que probablemente delirase en su borrachera. Seguramente, esta, era la razón por la que no había guardado su saxo. Ni siquiera habría estado atento en (o no se habría enterado de) la conversación que un rato antes había concluido con la cancelación y cierre.

  Dí un par de pasos hacia atrás sin apartar mi vista de él, observando como esquivaba mesas y sillas camino del escenario. Choqué contra la barra con mi espalda y de nuevo el camarero me sacó de mi letargo:

  —¡Charlie, nada de alcohol en el escenario…! —gritó—Y usted, amigo, son quince dólares la entrada. Hoy sólo harán un pase. Consumiciones y propinas no incluidas. ¿Qué le pongo?

  —Agua, por favor.

  —¡¿Agua?! —gritó John Birks, alias “Dizzy” que venía ahora hacia la barra al tiempo que apartaba alguna silla para facilitar el camino a Parker—. Chico, ¿no tienes bastante con la que cae ahí fuera? Si lloviese whisky los paraguas serían cubos… Tom, no le pongas nada, escucha —ya estaba a mi lado y me agarraba del hombro al tiempo que continuaba hablando al camarero—: No podemos tocar, Douglas ya se ha ido.

  —¡Cierto! —recordó Tom.

  —Lo siento mucho, chico —giró su cabeza y me miró a los ojos—, pero habíamos cancelado el bolo justo antes de que tú aparecieses por esa puerta y nuestro contrabajista salió corriendo. Hay algo aún más horrible que la tormenta que está cayendo esta noche y es que hoy juegan los “Knicks” —su sonrisa delató el chiste—. Douglas salió como una bala para poder ver el partido. Creo que ha apostado. ¡Fíjate!, hasta ha dejado atrás su caseta del perro [Doghouse] —y señaló el contrabajo que sobre el escenario permanecía apoyado en una silla—. Lo siento, chaval, pero hoy no habrá Jazz para ti—me consoló con una paternal palmada en el hombro antes de concluir, tras una pausa —a menos que toques ese violín para toros [Bull Fiddle] —y clavó sus ojos en los míos, por encima de sus gafas, buscando asegurarse de que había comprendido.

  Ignoré a Charlie que en ese momento reía irónicamente desde el escenario. ¡Pobre borracho! (pensé) y seguí con mi plan.

  —Lo hago —asentí y noté como al hablar me temblaba un poco la voz.

  —¿El qué…tocar el contrabajo? —irrumpió el hombre que salía del baño, todavía ajustándose los pantalones— ¿Lo haces bien?

  —Soy el mejor —Respondí seguro de mi mismo.

  Había ensayado aquella conversación en mi cabeza millones de veces durante los últimos diez años. Tom relevó a Parker en las carcajadas que el trompetista acalló con el gesto de una mano.

  —¡Oh là, là…! —dijo con humorístico acento francés—. ¡¿Qué tenemos aquí?! Un gatito mojado [Wet Cat] ¿De dónde eres, “Mejor Contrabajista”? ¿Te ves mejor que el “Vicioso  Douglas”?

  —Me llamo…

  —¡Shhh…! —me interrumpió bruscamente llevando su dedo indice a la boca— No he preguntado tu nombre. Te lo pediré sólo cuando decida llamarte. He preguntado de dónde eres.

  El borracho, desde el escenario, murmuró algo ininteligible al tiempo que yo recomponía mi papel de actor. Era ahora cuando me jugaba la coartada.

  —De Pittsburgh, señor.

  —Pensilvania —puntualizó el batería, ya perfectamente vestido.

  —Gracias por el apunte geográfico, señor Roach —dijo al tiempo que se giraba rápidamente encarando el escenario. Dio un par de pasos y enérgicamente exhortó—: ¡Vamos a tocar!

  Justo en ese momento Charlie comenzó a improvisar un medio tempo del que reconocí la armonía a medio coro. Acabé de desenfundar el contrabajo en el “Turn Around” [cadencia de acordes para devolver el tema a su principio armónico] y, confiando en que estuviese afinado, toqué la tónica en el uno, junto a Dizzy, que rompía mi plan trazado sentado al piano. «Mayor el primero», pensé. Hicimos sonar “Here´s That Rainy Day” [Aquí Está Ese Día Lluvioso] por más de diez minutos durante los cuales recordé la tradición de comenzar con esa pieza  los conciertos en los que el público era escaso. Luego vinieron más y más temas donde Gillespie cambiaba a voluntad entre trompeta y piano. Tocamos durante horas, compitiendo con los truenos afuera, para deleite de Tom y de su “amiga especial” que había planeado la misma visita sorpresa pero en dirección opuesta y porque, para fortuna de ambos, Tom no había cerrado aquella noche.

  —Escribe aquí tu nombre, muchacho —me dijo “Dizzy”—. Mañana quiero verte aquí a las siete y media. El primer pase es a las ocho. Toma, compra un traje —y metió dinero en mi bolsillo. Cogió el papel donde había escrito mi nombre y se fue andando con prisa, dejándome completamente solo.

  Permanecí un par de minutos allí de pié, en la calle, con el club ahora cerrado a mis espaldas. No tenía adonde ir. No conocía a nadie en la ciudad. Había olvidado el plano sobre una de las sillas, una al lado de un radiador, con la intención de que secase. Al azar, decidí tomar la dirección contraria a la en que Gillespie se había dirigido. Aunque ya no llovía, el frío era el de siempre.

  Caminé hasta el final de la calle y giré a la derecha, había decidido buscar un lugar donde pasar la noche cuando un hombre, oculto en un portal, hizo que el terror se apoderase de mí con sus palabras:

  —¿Adónde crees que vas, R. M.?

  La luz de la farola próxima me permitió ver su rostro por un instante y palidecí. Charlie Parker sabía mi nombre…

Continuará…

Tomajazz. Texto e idea: © Marcos Pin, 2018 www.marcospin.com

  (1) Enlace desactivado, el concurso ya ha finalizado: ¡gracias por participar!

  

  

  




La Navidad de Mr. Bean por Marcos Pin [Artículo]

El estudiante de las cinco me miró sorprendido. No sabía si echarse a reír o preguntarme si en verdad era agua lo que guardaba en mi botella. Optó por lo primero pues seguramente consideraba ofensivo inquirir y sabía a ciencia cierta que, aunque se viera con razón, jamás conseguiría que compartiese mi brebaje…

Jugaba con ventaja pues yo ya había hecho la pregunta con anterioridad; reconocí esos ojos golosos mirando la botella que suelo dejar sobre el piano, retoqué la afinación de mi tercera cuerda (¡dichoso sol…!); sonreí y opté por preguntar de nuevo:

– ¿…Has escuchado alguna vez a Bean?

– A… ¿Mr Bean?– preguntó con timidez.

– Si; a dúo con Chiquito, que en paz descanse…

Me gusta el desconcierto. No puedo evitarlo. A veces creo que en parte me dedico al Jazz para poder vivir una y otra vez la sensación, esa curiosidad que se crea ante la incertidumbre: observar la cara en los baterías esperando la señal para el último acorde, fijarme en como los hosteleros buscan excusas al final del bolo (“…a fin de cuentas, cobráis por hacer lo que os gusta.”) Exageré el momento estirándome hacia el piano al tiempo que escuchaba preocupación y duda en su acorde mayor séptima, podía oír como se sentía ofendido; aún así, sonreí de nuevo; bebí con sed, y recuperé el tono sobrio:

– Billy Bean fue un guitarrista de Philadelphia. Murió hace relativamente poco, en 2012, con ochenta y nueve años.

– Jamás había oído hablar de él.

– Te creo, no es uno de los más populares.– Comencé – Tony Bennett lo contrató para su banda pero no duró ni un año, desconozco el por qué.

– ¿Problemas con drogas? He leído en un artículo que Jimmy Raney y Bob Brookmeyer

– ¡Nada de eso! – Le interrumpí. – Desconozco el motivo, ¡qué más da…! Sus discos con John Pisano son magníficos.

– John Pisano, ¿el guitarrista? ¿Dos guitarras?… ¿como en el Rock? – De nuevo sus ojos apuntaron directamente al piano.

– Efectivamente, Pisano y Bean fueron excelentes amigos tanto dentro como fuera de los escenarios. A veces pienso que John era su único admirador en la época… Hoy en día puedes encontrar música de ellos con facilidad en la red, Makin´ It y Take Your Pick son sus dos discos de estudio, con cuerda, madera y metal en sus pistas. ¡Tienes que escucharlos!, las composiciones y arreglos son increíbles. Déjame hacer una cosa, te envío el enlace a mi “playlist”

Mientras buscaba mi teléfono seguía hablando:

– Encontrarás también en internet mucha más música de estos dos virtuosos, te cuento: John llevaba su grabadora a todas partes; durante años grabó sesiones a dúo, cuarteto, ensayos… ¡Ya te imaginas! Recuerda lo que siempre os digo, “grabad y escuchad, es importantísimo para crecer y mejorar como músico.” – Abandoné este último tono paternalista para continuar: – La cosa es que en el 98 String Jazz Label se enteró y publicó las cintas. ¡Bien por Pisano!, ¿no…? Apuesto a que sabía que tenía “cosa buena” en sus archivos…

– ¡Guau!, no tenía ni idea… Dime más de Mr Bean ¿A quién se parece…?

– …Al expresidente Zapatero… – Ninguno reímos.

– Ahí no hay agua, ¿verdad? – Se decidió a preguntar por fin. Ahora reímos ambos.

– Escucha, en serio, Mr Bean es único. Su sonido es limpio, las notas en sus líneas, Be Bop, cantan y transmiten. La dirección en sus solos es asombrosa, parecen compuestos en vez de improvisados. Como en muchos pero especialmente en Bean, se puede apreciar la manera de contar historias que el mismísimo Wes poseía.

– ¿Convicción en el discurso?

– ¡Exacto! – Me enorgullecí.

– ¿Y no tiene nada como líder?

– Es curioso, da la sensación de que nunca tuvo esa necesidad artística. Supongo que le llenaba trabajar para músicos como John Lewis, Herbie Mann, Zoot Sims o el ya nombrado Pisano. No sé… Lo más parecido a liderar una banda quizá sea el trío que formó junto a Hal Gaylor, contrabajista y Walter Norris al piano para grabar un disco para Riverside…

– ¡Trío clásico, sin batería…! – Interrumpió.

– ¡Efectivamente, muy bien! – Volví a sentirme orgulloso y, en cierto modo, “útil”…

– The Trio, ese es el título del disco. Puedo pasarte si quieres un enlace a mi transcripción del corte primero: “Grooveyard”, un tema de Carl Perkins.

– Si, por favor. Así me mantendré ocupado estas navidades.

– Grabaron el disco pero el proyecto duró un suspiro, apenas tocaron juntos como trío, por falta de trabajo, ya ves, no es cosa de ahora… Es sorprendente como algo excelente puede llegar a no tener repercusión alguna. El Jazz es muy cruel en ese sentido… – Iba a hablarle de como me fue imposible presentar Broken Artist cuando, en ese momento, llamaron a la puerta y mi estudiante de las seis la abrió.

– Pues nada, ¡que disfrutes de la Navidad con Mr Bean! – Le dije, y comenzó a recoger su guitarra y partituras.

– Igualmente, nos veremos después de las fiestas.

– ¡Disfruta mucho…! – Me levanté para despedirlo con un abrazo mientras el recién llegado ocupaba su asiento y sacaba sus bártulos.

La puerta se cerró, tomé mi asiento de nuevo e hice la pregunta obligada:

– ¿Estás afinado?

Obtuve la respuesta estándar:

– Ya afiné en casa…

No me gusta el desconcierto cuando se convierte en resignación. Estiré mi brazo alcanzando el piano pero, la botella… ya no estaba.

Me gustaría dedicar este pequeño “cuento navideño” a mis estudiantes, ¡gracias por vuestra inspiración! y aprovechar para desear a todos: oyentes, lectores, amigos de TomaJazz, compañeros músicos y gentes de bien, amantes de esta maravillosa música: El Jazz, lo mejor para estas fiestas y la mas grande de las suertes para el 2018. Pachi, Rafa, Sergio, ¡muchas gracias!

Tomajazz: © Marcos Pin, 2017 www.marcospin.com




El romance musical entre Raney y Brookmeyer [Artículo]

 

 


 

Concluía mi último (y primer) artículo recomendando y animando a la escucha del muchas veces desapercibido Tal Farlow y quisiera comenzar esta segunda entrega mensual para la revista haciendo lo propio con otro genial guitarrista (un poco si se me ve el plumero, ¿verdad…?)

Jimmy Raney (James Elbert Raney, 1927-95), guitarrista de Louisville, Kentucky, comenzó su carrera sustituyendo al ya mencionado Tal Farlow (¡ironías de la vida…!) en el trío que Red Norvo, vibrafonista de Illinois apodado “Mr Swing”, dirigía con el mismísimo Stan Getz y el propio Raney en plantilla. Maldecido por el síndrome de Meniere, enfermedad degenerativa del oído que conduce a la sordera (su corazón falló antes de que esta sucediese), Jimmy Raney luchó como pudo contra los arribos de la vida. En el 67 abandona Nueva York para salir del alcoholismo y vuelve a Louisville desde donde continúa trabajando, como él sabe, al más alto nivel. Su palmarés está compuesto por mas de una treintena de discos como líder y supera el medio ciento como “sideman”, acompañando a talentos como los de Stan Getz, Oliver Nelson, Lee Konitz, Artie Shaw, Barry Harris y un largo etcétera.

Robert Edward Brookmeyer (Bob Brookmeyer, 1929-11), Kansas City; comenzó, cuando adolescente, como pianista en Big Bands pero pronto se decantó por el trombón de pistones, instrumento que hizo sonar en formaciones junto a Gerry Mulligan, Stan Getz, Jimmy Giuffre, Clark Terry, Jim Hall, Lee Konitz… creedme, podría estar escribiendo nombres en páginas y páginas, es uno de esos músicos que ha estado en “todo”; no deja de sorprenderme su escasa popularidad…

Tras trabajar durante una década como músico de estudio en Los Angeles, paradójicamente, se muda a Nueva York escapando del problema que comparte con Raney: el alcohol.

En Nueva York será director de la big band creada en su día por Thad Jones y Mel Lewis y a partir de los años 80 mantiene una destacable presencia en Europa, escribiendo para numerosas orquestas y llegando incluso a emprender una escuela en Holanda.

El Brookmeyer compositor y arreglista es, sin dudas, uno de los más inteligentes musicalmente hablando: me mantiene fascinado su técnica en contrapunto, su balance instrumental, denso; sus formas compositivas… El trombonista de Kansas ha arreglado música para artistas que abarcan desde Ray Charles a Eliane Elias pasando por la Metropole Orchesta, Terry Gibbs, The Thad Jones/Mel Lewis Orchestra, etc.

Dos son los trabajos discográficos que juntos llevaron a cabo la magnífica pareja Raney y Brookmeyer, ambos datados en el 56 y ambos altamente recomendados y recomendables en igual valor.

Jimmy Raney in Three Attitudes muestra a un estupendo guitarrista liderando tres formaciones diferentes, tres conceptos, como bien informa el título: tres actitudes.

Los músicos ya sabéis a qué se refiere con lo de actitud dentro de una banda; a los no músicos os contaré que cada proyecto, en esto del Jazz, implica una forma de “encajar” como músico, una forma de manejar nuestro sonido y estilo, de interactuar con diferentes músicos y, valga la redundancia, actitudes.

Bob Brookmeyer, Al Cohn y Red Mitchell son los protagonistas, respectivamente, de cada una de esas “actitudes de Raney”. Un disco exquisito.

Jimmy Raney Quintet featuring Bob Brookmeyer es el segundo de los álbumes con Raney y Brookmeyer dirigiendo la sesión. Ocho pistas cortas, que encajan perfectamente en el vinilo, cuatro a cada lado, con Hank Jones y Dick Katz alternándose en el piano, Teddy Kotick al contrabajo y Osie Johnson en la batería.

Cuatro estándares (“Isn´t It Romantic”, “How Long Has This Been Going On?”, “Nobody Else But Me” y “Too Late Now”), dos composiciones de Raney (“The Flag Is Up” y “Jim´s Tune”), y dos de Brookmeyer (“No Male For Me” y “Get Off That Roof”) componen un álbum cargado de buen humor: traducid los títulos y probablemente acabéis en risa, comprendiendo el concepto humorístico del álbum y mostrando al mundo el romance musical que estos dos genios no dudaban en manifestar.

Todo el álbum es Be Bop del bueno, del muy bueno, ¡del mejor! Jimmy Raney toca en éxtasis, sus solos transmiten, son adictivos, te mantienen en la historia de la primera a la última nota, ¡magia pura! pero lo que realmente me gustaría resaltar en el disco es la capacidad de este hombre para arreglar. Hablaba anteriormente del contrapunto en Brookmeyer, pues bien, fijaos en la técnica de Raney… ¡Increíble! Todas y cada una de las líneas que se entrelazan entre trombón y guitarra tienen una dirección fortísima y al tiempo una independencia brutal. Pienso a veces, al escuchar el álbum: “¡Cómo no va a ser genial si el mismísimo Brookmeyer no tiene nada que objetar…” Os dejo en este enlace mi transcripción del arreglo de “Isn´t It Romantic? (Hartz/Rodgers)”, primera pista del álbum para que comprobéis visualmente también esto que intento explicar, encontrareis igualmente un “playlist” con el disco.

Bob Brookmeyer y Jimmy Raney, dos gigantes en muchos foros olvidados y/o infravalorados. Lo que digo a mis estudiantes:

 

¡Muchachos, usad las orejas, no dejéis que os engañen…!

Texto: © Marcos Pin, 2017 marcospinmusic@gmail.com / www.marcospin.com




El Otoño en Nueva York de Farlow [Artículo]

 

Tal Farlow. Fotografía por Vernon Hyde

 

Talmage Holt Farlow -Tal Farlow (1921-1998)- es, sin lugar a dudas, uno de los más grandes guitarristas de Jazz de todos los tiempos. Para mi decepcionante sorpresa, desconocido por muchos cuando lo nombro en clase (tanto a él como alguno de sus álbumes).

Su sonido, su estilo, sus “frases de mano enorme” (como me gusta llamarlas); su sentido del humor, su ingenio e imaginación a la hora de experimentar con la guitarra son marca de la “Casa-Farlow”, uno de los mayores exponentes en la guitarra Bop.

Aunque todos sus álbumes son exquisitos, calificaría de ineludibles su primer álbum como líder: Tal Farlow Quartet (Blue Note 1954): uno de los primeros cuartetos con dos guitarristas en la formación (sin pianista). Como veis, no es cosa de hoy en día, ya que uno no sabe qué hacer con tanto guitarrista en las escuelas y sus combos (si se me permite la broma); el fantástico The Swinging Guitar (Verve Records 1957) debe formar también parte de toda estantería de guitarrista y, por supuesto, el que hoy traigo a este artículo Autumn in New York (Verve 1954).

Seis standards y dos originales de Farlow (And She Remembers Me” y Tal´s Blues) componen el álbum al que dan vida lógicamente el propio Tal, Gerry Wiggins al piano, Ray Brown al contrabajo y Chico Hamilton en la batería.

“I Like To Recognize The Tune” (Richard Rodgers) abre el disco. Desde mi punto de vista toda una declaración de valores. La introducción corre a cargo del batería, la primera “A” la expone Brown, Mr. Farlow entra en la segunda, toma el puente, última “A” ligeramente modificada y guitarra y contrabajo comparten un “Tag”. El único solo es el de Tal Farlow, un ejemplo de fluidez y dirección, un diccionario de Be Bop. ¿Queréis saber dónde y cómo resuelve una frase bop?, esta y la segunda pista, una pieza de Gershwin, Strike Up The Band” son dos ejemplos a tener en cuenta. En esta segunda, “uptempo”, solo Tal hace solo y… ¡Qué solo!…

El tercer tema es al que yo quería llegar: “Autumn In New York”.

La pieza de Vermon Duke revive en las manos del genial guitarrista. Él solo la expone, sin sección, de forma magistral. Me encanta el que haya bajado la quinta cuerda una octava, ¡qué original;, las “voicing” adquieren sin duda un color mucho más pianístico; ¡vaya!, el “drop tuning” ya se hacía en los cincuenta… (ironía)

Entra la sección y el solo comienza, sublime rítmicamente, tomando como punto de partida la melodía, como solo los muy grandes saben hacer; compositor e improvisador coinciden en el punto de vista, el carácter, en definitiva ¡el mensaje!. Dos coros que destacan por su construcción “pregunta-respuesta” y la complejidad rítmica que adquiere como colofón al final del segundo coro, antes de retomar la melodía, si es que realmente se ha ido alguna vez… Recomendaría sin ninguna duda a todo aspirante a guitarrista de Jazz (o cualquier otro instrumentista), cantar este solo. Solo puede traer beneficios, ¡lo garantizo!

Podéis bajar la transcripción del solo y disfrutar del álbum en formato “playlist” desde el siguiente enlace.

“And She Remembers Me” es una composición del propio Mr Farlow. El “head” parece querer llevarnos al “latin mood” pero no es así. Tal se empeña (y lo consigue, ¡vaya si lo consigue…!) en darnos una lección magistral de fraseo, lenguaje y direccionalidad bop. ¡Me gusta la cadenza…! Quedo en deuda, he de traer la transcripción de este tema a la sección. ¡Prometido!

Las pistas cinco y seis son dos piezas de Hart y Rodgers. Tal sigue enseñándonos como se toca la guitarra en la balada “Little Girl Blue”, en esta ocasión la clase es sobre el tópico “Chord-Melody”. Cada acorde es oro aquí.

“Have you Met Miss Jones” lo hace “uptempo”, frases largas en el solo, perfectamente hiladas y conectadas. Siento un pianista feliz, ¡un solo al fin! Fijaos que a excepción de algún “fill” de Brown (incluso alguna tímida incursión con el arco) nadie había tenido solo hasta ahora, únicamente el líder. Y parece que ha gustado porque Tal le deja introducir su composición blues: “Tal´s Blues”, pista siete. También da solo a Ray Brown; hay que esperar seis piezas para escuchar ese solazo, vale mucho la pena. ¡Qué manera más hermosa de tocar negras en el “comping”! ¡Súper llenas!…

Y ha finalizado el banquete y llega el postre: un súper rápido “Cherokee”(Ray Noble), “Aes”, contrabajo y guitarra y B, sección rítmica entera durante el “head”.

Tal parece hacer un completo resumen de su magistral clase con su solo: colocación de frases, dirección, blues, cómo contar una buena historia… ¡Solo de batería!, ¡Fantástico Chico Hamilton! No la escuchábamos en solo desde la introducción en el primer tema.

El álbum está perfectamente construido, los tempos, las tonalidades. Justo cuando empiezas a preguntarte por los demás solistas, aparecen. Uno de mis discos favoritos, espero que los que no lo conozcáis le deis una oportunidad y los que lo tenéis, le deis una re-escucha.

Tomajazz: © Marcos Pin, 2017 / https://www.marcospin.com




365 razones para amar el jazz: una cita de Art Blakey [268]

Una cita:

El Jazz te limpia la suciedad de cada día

Seleccionado por Marcos Pin: “Coincido con la opinión de Art Blakey”

Fotografía de Art Blakey por Roland Godefroy via Wikimedia Commons