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Uno de los más relevantes matemáticos de la historia pasó trece años de su vida ejerciendo la abogacía, y todo ello para ganarse la vida, en una época y una sociedad bastante desarrollada, como era la Inglaterra imperial victoriana. Arthur Cayley (1821-1895) nació en Gran Bretaña, pero pasó su primera infancia en Rusia, donde trabajaba su padre. En Cambridge demostró su valía: fue el número uno en matemáticas y demostró tener un singular talento para las lenguas: dominaba el italiano, el alemán, el francés, el griego, y naturalmente, el inglés.

Cayley terminó sus estudios y ejerció la abogacía con un éxito halagüeño. Pasaron los años y se produjo un cierto incremento de fondos en la gloriosa cátedra lucasiana, ya regida en su día por Newton; el sueldo de la universidad, muy modesto, mejoró y Cayley abandonó por fin su lucrativa carrera de abogado y dedicó todo su tiempo a su verdadera vocación, mucho menos remunerada. Su terreno fue el análisis, los cuaternios, las matrices y los determinantes, y la geometría n-dimensional, aunque hoy lo veneramos, sobre todo, por su trabajo en teoría de grupos. Él fue quien los estudió de modo abstracto y quien los sacó de su reducto en el mundo de las ecuaciones para dotarlos de existencia independiente y definirlos de un modo universal. Con su colega y amigo James Joseph Sylvester (1814-1897), formó un equipo científico de gran valor.

Joaquín Navarro. Al otro lado del espejo. La simetría en matemáticas. RBA Editores, 2010.