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Por Arturo MoraSergio Cabanillas

Marc Ribot’s Spiritual Unity
XXV Festival de Jazz San Juan Evangelista “La libertad y la improvisación en el jazz moderno”

  • Fecha: 5 de noviembre de 2006.
  • Lugar: Colegio Mayor Universitario San Juan Evangelista
  • Grupo:
    Marc Ribot’s Spiritual Unity
    Marc Ribot: guitarra eléctrica.
    Roy Campbell: trompeta, fiscorno, trompeta de bolsillo (“pocket trumpet”) y percusión.
    Henry Grimes: contrabajo.
    Chad Taylor: batería.

Comentario: Muchas veces los programadores de festivales y clubes pecan de comedidos. Creyendo esgrimir argumentos simples (simplistas, en realidad) según los cuales hay una relación directa entre la dulzura de la música y el número de asistentes a la sala, edulcoran las programaciones hasta límites insospechados.  Eso no es, por fortuna, problema en el Johnny, como se ha demostrado en ocasiones anteriores.  Esta vez la recompensa ha consistido en una grada casi abarrotada para ver un homenaje al icono del free jazz Albert Ayler.  Casi nada.

El honor correspondía a Marc Ribot y su Unidad Espiritual (“Spiritual Unity”), cuarteto que cuenta con la presencia de Henry Grimes, ni más ni menos que contrabajista del propio Albert Ayler.  La propuesta garantizaba sinceridad y vitalidad a partes iguales, y así fue.  Enzarzados en una interpretación inicial de más de media hora, los músicos mezclaban majestuosidad con melancolía en los pasajes lentos, gracias a la estridencia con que Ribot arrancaba notas de su guitarra, a la poco ortodoxa técnica de arco alemán de Grimes y al dramatismo derivado de las frases de Roy Campbell.  Los momentos rápidos eran más fácilmente identificables con el concepto de free jazz de Ornette Coleman, pero el sonido Ayler surgía especialmente en los aparentemente desorganizados fragmentos de fanfarria, definidos por el contraste entre misticismo y festividad.

Chad Taylor era el batería perfecto para la ocasión, atribuyéndose la difícil labor de dar cohesión a los discursos de sus compañeros, para lo que hizo uso de numerosos elementos percusivos con los que subrayar los pasajes más intimistas.  En momentos más ruidosos llegó a apoyarse en ritmos de rock, aunque nunca recurrió al artificio.  Ribot a veces improvisaba en el mismo contexto que su sección rítmica, en otras ocasiones doblaba o subdividía el tiempo creando dos niveles distintos, o bien se atrevía directamente con motivos polirrítmicos.   Siempre sentado, el de Nueva Jersey utilizó tanto el sonido limpio de sus cuerdas como la distorsión, ayudándose de los acoples de su amplificador y hasta de un e-bow con el que obtenía timbres chillones que acentuaban la intensidad de sus intervenciones.  Roy Campbell, en un papel completamente distinto, buscaba constantemente la línea melódica imposible, dejándose llevar por sus compañeros y añadiendo tensiones al conjunto, mientras Henry Grimes alternaba arco y pizzicato en sus frenéticos acompañamientos, demostrando una intuición fuera de serie.  Era curioso escuchar a los cuatro músicos entregados al mismo proyecto artístico, si bien representando cuatro roles diferentes directamente asociados a sus cuatro personalidades musicales.

El espíritu de Albert Ayler parecía apropiarse del escenario del Johnny por momentos.  Campbell aportaba misterio al fiscorno, especialmente en un devaneo casi sin acompañamiento donde utilizó referencias melódicas de tintes flamencos.  Con su pequeña trompeta de bolsillo, el californiano evocó sonoridades lejanas, como de otro mundo, sustentado en un acompañamiento de timbres étnicos.  Ribot extraía música de su guitarra sin importarle la legitimidad de la técnica utilizada, y cuando el concierto comenzaba a resultar demasiado denso, llegó a su fin.   El bis de rigor y la despedida de los cuatro jazzmen engalanada por los aplausos del respetable. Buena tarde para amantes del jazz, la música y la expresión artística en general. Y lo mejor de todo: aún quedan otros tres conciertos en este XXV Festival del San Juan Evangelista.