image_pdfimage_print

Por Jan Tilkut.

El pasado 29 de agosto se cumplieron cien años del nacimiento de quien estaba destinado a convertirse en una estrella fulgurante de la música jazz, una estrella que, como las de verdad, como las que están allá arriba en el firmamento, continúa brillando mucho después haberse ido.

 

 

Charlie Parker en el Three Deuces, 1947. Fotografía por William P. Gottlieb – https://www.flickr.com/photos/library_of_congress/4843755786/, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=20705291

Con su nacimiento, el 29 de agosto de 1920, Parker dio comienzo a una década excepcional en la que irían llegando, una tras otra, figuras enormes, músicos que iban a hacer historia en el jazz del siglo XX: Miles Davis, Chet Baker, Paul Desmond, Stan Getz, John Coltrane… No cabe duda, pues, de que los astros se alinearon durante esos años y marcaron el destino de estos músicos excepcionales que vivieron rápido, hicieron buena música y se fueron pronto, todos ellos.

Pero hoy en Tomajazz homenajeamos a Charlie Parker, el primero en llegar y el primero en irse, ese del que dicen que fue capaz de dividir la música jazz en tan solo dos categorías: la que se había hecho antes de él y la que se hizo a partir de su llegada. Así de grande fue la huella que dejó este cat, al que por una ironía del destino llamaban también bird.

El joven Charlie vino a nacer en Kansas City, pero en “la buena”, la que está en el estado de Kansas; no en “la mala”, que se encuentra en Missouri, a solo unos siete kilómetros de distancia, aunque lo cierto es que no iba a tardar mucho en darse cuenta de dónde estaba la diversión de verdad. A los once años de edad, empezó a tocar el saxofón en las clases de música de la Penn School y un par de años más tarde en la Lincoln High School, en cuya banda de música tocaba el saxo barítono, lo que a su madre no le hacía mucha gracia, porque era casi tan grande como él y “le empequeñecía”. Así que, en cuanto pudo le compró un saxo alto, que, irónicamente y a pesar de su nombre, es más pequeño.

El repertorio de los jóvenes músicos incluía piezas clásicas, espirituales, y temas diversos de compositores afroamericanos, como Samuel Coleridge-Taylor, William L. Dawson o John Thomas Douglass. No fue gran cosa, pero esa iba a ser la única formación musical ortodoxa que recibiría en toda su vida. El resto de sus conocimientos los adquiriría a través del contacto directo con músicos profesionales, que, o bien le tomaban como aprendiz, o bien le servían de modelos a los que imitar. Eso, una cantidad considerable de trabajo duro ensayando en patios traseros, y una buena dosis de talento personal —el genio innato que Charlie Parker llevaba dentro—, sería lo que acabaría haciendo de él en apenas unos años una figura legendaria en la historia del jazz.

Sin embargo, de la escuela Penn, se llevó algo más que le acompañaría durante el resto de su vida profesional: su apodo, yardbird. Según contarían más tarde sus antiguos compañeros, en cierta ocasión y para participar en un concurso de disfraces, los niños se vistieron de aves, con alas y plumas incluidas. En un momento dado, el profesor de música se dirigió a ellos diciéndoles: “¡Vosotros, ‘yardbirds’ (aves de corral, gallinas, pollos), entrad en la escuela!”. Al pequeño Charlie el término se le quedó grabado y desde entonces comenzó a referirse al “pollo”, su comida favorita por aquel entonces, como “yardbird”, algo que al resto de sus compañeros les hacía mucha gracia y, ya se sabe lo que son estas cosas, yardbird se convirtió desde aquel momento en el sobrenombre que le seguiría a todas partes, si bien con los años quedaría reducido a “bird”, Charlie “Bird” Parker.

Los compañeros de escuela guardarían buen recuerdo del joven Charlie y hablarían, más tarde, de un chico inteligente y agradable, que repetía una y otra vez que quería ser músico. Es cierto que no destacaba en los estudios, pero tampoco se metía nunca en problemas y eso, en aquellos momentos, ya era mucho. De todas formas y como decimos más arriba, Charlie no tardó en darse cuenta de que la diversión de verdad estaba los nightclubs de la Kansas City de Missouri, en donde se estaba gestando una nueva corriente jazzística separada de lo que en aquel momento hacían las big bands.

Y este es el momento de detenerse a hablar un poco del lugar donde esta pequeña revolución musical estaba ocurriendo, y no por casualidad, sino porque a menudo los cambios se producen en lugares así. Decir que Kansas City, durante los años treinta, era una “ciudad sin ley” sería un poco exagerado, pero la realidad no andaba lejos. Fueron los años del alcalde Tom Pendergast, que dirigía el municipio en el mejor estilo del político corrupto y sin escrúpulos que el cine convertiría en tópico algunos años más tarde. Durante su mandato, las drogas, el juego y la prostitución estaban al alcance de la mano de quien quisiera tomarlos, por lo que Kansas City (la de Missouri, que quede claro) se ganó el merecido apodo de Ciudad del Vicio.

Situada en el centro del país era un auténtico cruce de caminos, tanto del ferrocarril como de las recién nacidas líneas aéreas; todo el mundo se detenía allí, antes de seguir su camino a otra parte. Había un dicho que resumía el estado de cosas y que, más o menos era como sigue: “Ve a Kansas City, pásatelo bien, y lárgate cuanto antes”. En lugares como este, donde se encuentran gentes procedentes de sitios muy diversos y con bagajes culturales —musicales, en este caso— muy distintos, a menudo se produce una mezcla, una fusión de todo ello, que da lugar a nuevas formas de expresión. Surgen elementos que comienzan siendo híbridos y que terminan como algo totalmente original.

Así pues, los gatos de Kansas City pronto desarrollaron un estilo propio que los hacía reconocibles allí donde quiera que fuesen. Había clubs nocturnos con música en directo por toda la ciudad, pero en especial en el centro, en las inmediaciones del cruce de la Calle 18 con Vine, y solo sus nombres ya dan una idea del ambiente que se respiraba en ellos: Hell’s Kitchen, Hay Hay Club, Hawaiian Gardens, Dante’s Inferno… Las sesiones se extendían a menudo hasta el amanecer, y surgió entre los músicos una dura competencia por ofrecer lo mejor de sí mismos, por ir más allá que los del club de al lado. Era un ambiente que estimulaba la creatividad, y los solos de los instrumentistas se convirtieron en exhibiciones que pretendían mostrar algo más que la mera habilidad musical.

Los músicos de Kansas City se enorgullecían de interpretar las piezas de memoria, sin partitura, lo que inevitablemente terminaba generando una cierta espontaneidad e improvisación. Así que, quien quisiera integrarse en una de estas bandas tenía que ser capaz de seguir a los demás músicos cuando estos decidían apartarse de la melodía tradicional y comenzaban a explorar por territorios desconocidos. Uno de los elementos que terminarían convirtiéndose en un rasgo de identidad de la música proveniente de Kansas City eran los complejos ostinatos o riffs, introducidos en la melodía principal por dos o más músicos, o secciones de instrumentos, que “creaban una frase musical” nueva, repetida a lo largo del tema.

El “invento” no tardó en ser exportado a otras partes del país, con la banda de Count Basie como su mejor exponente y la de Glenn Miller, que lo lanzó al mundo con su composición “In the Mood”. Algunas décadas después, serían bandas de rock bien conocidas —Black Sabbath, The Kinks, Radiohead— quienes harían uso frecuente de los riffs en sus canciones.

Esa venía a ser la situación, musicalmente hablando, cuando Charlie hizo su aparición, dejándose caer por los nightclubs, siempre con su saxo a cuestas, observando a bandas como las de Count Basie o Bennie Moten o al saxofonista Lester Young, aprendiendo de lo que oía y, en ocasiones incluso haciendo sus pinitos cuando le dejaban subir al escenario. Por desgracia, fue en esa época cuando empezó también su relación con la droga, que ya no abandonaría nunca. La heroína fue durante muchos años omnipresente en los backstages del jazz y fueron muchos los músicos que destrozaron su vida por culpa de la aguja.  Parker: “Todo vino por entrar en la vida nocturna demasiado pronto… Cuando no has madurado lo suficiente para saber qué está pasando, la cagas”. Tenía quince años.

Al año siguiente, en el Reno Club, tuvo lugar un incidente que se menciona a menudo: al joven e inexperto Charlie le han dejado unirse a una jam session en la que toman parte músicos veteranos, muchos de ellos miembros de la banda de Basie. Interpretan “Honeysuckle Rose” y Charlie se lanza con un solo, pero se equivoca en un compás. Inmediatamente, el batería Jo Jones arroja uno de los platos de su instrumento a la pista de baile, imitando el sonido del gong con el que Edward Bowes señalaba los errores de los músicos en su famoso programa de radio “Amateur Hour”. Risas generalizadas. Charlie, humillado, recoge sus cosas y se marcha a su casa, tragándose la rabia.

No le sentó nada bien y en los meses siguientes se dedicaría a practicar incansable en el patio trasero de su casa. Ese año, 1936, fue complicado para él: aparte del incidente en el Reno Club, se casa por primera vez y sufre un grave accidente de tráfico, que le deja secuelas permanentes y le provoca intensos dolores que requieren del uso de morfina para hacerlos soportables. Si tenemos en cuenta que ya había adquirido el hábito de consumir heroína, bien podemos decir que se juntó el hambre con las ganas de comer.

Fotografía de William P. Gottlieb. The Library of Congress – [Retrato de Charlie Parker, Carnegie Hall, New York, N.Y., ca. 1947] (LOC), Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=42836547


En todo caso, Charlie Parker está decidido a hacer carrera como músico y se esfuerza todo lo que puede por mejorar con su instrumento. Al año siguiente, en 1937, lo contratan en los hoteles de veraneo de las Montañas Ozark, donde forma parte de la banda del cantante George E. Lee, y para cuando vuelve asombra a todos con la destreza adquirida. Se une al grupo de Jay McShann, con quien hace buenas migas y donde aprende del veterano saxofonista Henry “Buster” Smith, pero sigue consumiendo regularmente y McShann es estricto en este tema. Tras varios avisos le echa de banda.

Hacia 1939, las cosas empiezan a ponerse feas en Kansas City. Se producen varios tiroteos entre los hombres del alcalde Pendergast y los federales, le acusan de evadir impuestos (¡del dinero cobrado por sobornos!), y lo meten en la cárcel. Fue el toque de queda para advertir a todo el mundo que la fiesta se había terminado. Los clubs cierran y los músicos, nunca mejor dicho, se desbandan. Charlie reúne un poco de dinero y se marcha a Nueva York, siguiendo a McShann y con la esperanza de que le readmita en el grupo.

En esa época y según diversos testimonios, su estado es lamentable. Lleva una vida dura en la que se dedica a limpiar locales y a lavar platos en los nightclubs. Por otro lado, es innegable que sabe tocar su instrumento, no es del montón ni mucho menos, y poco a poco consigue volver a subir a los escenarios. Es entonces cuando se produce una especie de epifanía, mientras interpreta el tema “Cherokee”, de Ray Noble, junto con el guitarrista “Biddy” Fleet. Más tarde, los amigos de Charlie a quienes les contó el incidente ayudarían a reconstruir, más o menos, su relato de los hechos: “Recuerdo que una noche estábamos en una jam, en un local de la Séptima Avenida. Era diciembre de 1939. Yo estaba un poco aburrido de los cambios estereotipados que se utilizaban por aquel entonces. Yo oía algo (en mi cabeza), a veces, pero no era capaz de tocarlo. Bueno, pues esa noche, mientras interpretaba “Cherokee”, me di cuenta de que utilizando los intervalos más altos de un acorde como una línea melódica y apoyándola con los cambios apropiados, podía tocar lo que escuchaba. Sentí que volvía a la vida”. Aquello fue el origen de un nuevo estilo, el bebop.

Si musicalmente fue un buen momento memorable, lo cierto es que su vida privada era un desastre y desaparecía durante semanas sin que nadie supiese nada de él. Finalmente, regresa a Kansas City, al hogar familiar para asistir al entierro de su padre. Se junta por un tiempo con la banda de Harlan Leonard y más tarde convence a Jay McShann para que le deje unirse a ellos una vez más.

Cuando comienza la década de los cuarenta, Parker tiene diecinueve años, pero, como suele decirse, ha vivido mucho y musicalmente ha ido acumulando una valiosa experiencia, aprendiendo siempre de los músicos con los que toca. Continua con McShann durante casi tres años, y si bien sus problemas con la droga (no olvidemos que no era el único músico que los tenía, ni mucho menos) siguen presentes, el ambiente de creatividad y excitación musical ante nuevas formas de interpretar que aporta al grupo hace que para todos sean años muy valiosos. Gene Ramey recuerda: “La banda de Jay McShann era la única que conocí en la que los músicos se pasaban su tiempo libre ensayando y probando cosas nuevas. Todo inspirado por Bird, por las nuevas ideas que él aportaba, haciendo que todos estuviesen ansiosos por tocar”.

En 1944 Billy Eckstine decide formar una banda que terminará siendo la primera en hacer jazz bebop y ficha a Parker y a músicos destacados, como Dizzy Gillespie, Shorty McConnell, Bennie Green o Howard Scott, entre otros, y como vocalistas al propio Ekstine y a Sarah Vaughan. Era, en realidad, una big band de altos vuelos. La cosa funciona durante algún tiempo, pero no tarda en echar de menos la libertad que le proporciona estar en una banda pequeña donde pueda dar rienda suelta a su creatividad.

Por otro lado, para los músicos es una época complicada porque coincide con problemas sindicales que impiden todo tipo de grabaciones comerciales durante un par de años, lo que significa que para quien tuviese algo nuevo que aportar, como era el caso de Parker y su nuevo estilo, era realmente difícil hacerlo llegar a un público extenso o a otros músicos.

 

Parker junto a (de derecha a izquierda) Tommy Potter, Max Roach, Miles Davis, y Duke Jordan, en the Three Deuces, New York, en 1945. Fotografía por William P. Gottlieb.  Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=11087275

 

Sin embargo, después de la noche viene el día; hacia 1945 la prohibición desaparece, y las grabaciones vuelven a circular por todo el país. El sello Savoy apuesta por el bebop y el estilo se extiende con rapidez. Charlie Parker vuelve a tocar en la Gran Manzana comienza a grabar con figuras bien asentadas en el panorama jazzístico, como Dizzy Gillespie (con quien compone clásicos como “Anthropology” o “Moose the Mooche”), Max Roach o Bud Powell y el resultado son grabaciones históricas. Sin lugar a dudas son los años más productivos de “Bird” Parker. Escribe “Scrapple from the Apple”, basándose en la progresión de acordes del tema “Honeysuckle Rose”, aquel con el que le habían humillado en el Reno Club tiempo atrás y, en un hermoso desquite musical, lo convierte en un clásico del bebop.

Una visita con Gillespie a California para intentar llegar al público de la Costa Oeste se frustra por un problema de intendencia; aquí la heroína es difícil de conseguir, así que Parker intenta sustituirla por el alcohol y termina ingresado durante seis meses en el Hospital Mental de Camarillo. Al salir vuelve a Nueva York, donde no hay problemas para conseguir una dosis siempre que la necesite. Curiosamente, empieza entonces un segundo periodo muy productivo, con grabaciones para los sellos Savoy, Dial y Verve, siempre acompañado de los mejores del momento: el batería Max Roach, su amigo Dizzy Gilespie, Erroll Garner en el piano, Curly Russell al contrabajo y a la trompeta un chico que por aquel entonces estaba empezando, Miles Davis.

Se interesa cada vez más por lo que están haciendo en esos momentos compositores clásicos modernos como Igor Stravinski y en su visita a París, para tomar parte en el Festival Internacional de Jazz de 1949, abre su concierto con unos acordes de La Consagración de la Primavera, que había sido interpretada por primera vez en esa ciudad, treinta y seis años antes. Se embarca en proyectos en los que mezcla músicos de jazz con una pequeña orquesta de cámara. El resultado es un álbum excepcional, Charlie Parker with Strings (1950).

Se une sentimentalmente a Chan Richardson, quien se convierte en pareja de hecho, a pesar de que seguía casado con su segunda esposa, Doris, y en los años siguientes tienen dos hijos en común; un niño y una niña. Sin embargo, lejos de proporcionarle la estabilidad familiar que hubiese necesitado para poder centrarse en su carrera musical, su vida personal va deteriorándose e, inevitablemente, termina por afectar a su desempeño artístico. En 1954 incluso le prohíben la entrada en el club neoyorkino que habían bautizado con su nombre, el Birdland y él, desesperado, intenta suicidarse.

Su hija Pree fallece de neumonía ese mismo año y eso aumenta su consumo de alcohol, lo que a su vez agrava sus úlceras estomacales. Entra en una espiral depresiva y de nuevo intenta suicidarse. Todo parece indicar que el final está a la vuelta de la esquina y su amigo Gillespie diría algún tiempo después: “Justo antes de irme a Europa para una nueva gira me habló de juntarnos una vez más, añadiendo ‘antes de que sea demasiado tarde’. Por desgracia, ya era demasiado tarde. No necesito decir que he tenido algunas de las mejores experiencias de mi vida tocando con Charlie Parker”.

 


Por Berthold Faust – From the creater, Berthold Faust, CC BY-SA 4.0, Link

Las circunstancias exactas de su fallecimiento son confusas. De acuerdo con la versión más extendida, el 9 de marzo de 1955, antes de dejar Nueva York para dirigirse a Boston, visita a su amiga, la baronesa Pannonica “Nica” de Koenigswarter, en el Manhattan’s Stanhope Hotel. Parker empieza a sentirse mal y vomita sangre. Llaman a un médico que dictamina un agravamiento de las úlceras de estómago y cirrosis hepática. Recomienda su traslado a un hospital, pero Parker se niega. De acuerdo con su anfitriona, acepta quedarse unos días en el apartamento y recibir visitas diarias del médico. El 12 de ese mismo mes, parece haber mejorado un poco y se encuentra viendo a Jimmy Dorsey en la televisión, cuando de repente se ahoga, se pone en pie, pero da un traspiés y cae muerto al suelo. Más tarde, de Koeningswarter aseguraría haber escuchado un trueno en ese mismo instante.

Tenía 34 años, pero su salud estaba tan deteriorada que el médico que examinó su cadáver creyó que tenía, al menos, quince años más. Su biógrafo, Robert Reisner dijo en Bird, the Legend of Charlie Parker, que “nadie había intentado nunca matarse con tanta intensidad”.

Si las circunstancias de su vida personal habían sido dramáticas, su aportación a la música jazz fue enorme, inspirando a otros músicos e introduciendo cambios en la forma de entender los solos y la improvisación que siguen hoy en día vigentes. Charlie “Bird” Parker, a los cien años de su nacimiento, desde Tomajazz le saludamos, dondequiera que esté.

Texto: © Jan Tilkut, 2020 / https://jantilkut.wordpress.com/https://www.facebook.com/jan.tilkut

Fotografías e ilustración: © incluído en cada elemento empleado