HDO 477. JazzSpainX27 AKA UHDJSI IV [Podcast]

Por Pachi Tapiz.

Coincidiendo con la celebración del “Black Friday” de 2018, en HDO lanzamos un programa muy especial. HDO 477 JazzSpainX27 supera ampliamente la duración máxima individual de los casi 500 programas ya publicados, y está dedicado a la música de más de 25 referencias nacionales publicadas en España en los últimos meses. Sin pretender ser un “los 25 mejores discos de 2018” o similar, la selección intenta poner en valor el jazz que se hace en estos momentos en nuestro país por músicos jóvenes y veteranos; por grupos amplios y reducidos; por grupos que miran unas décadas atrás o hacia propuestas más actuales; por músicos del norte, del sur, del este, del oeste y del centro. El resultado es un programa que es lo más parecido a un 6X1: veintisiete – grabaciones – veintisiete, más de seis horas de música sin apenas interrupciones, y propuestas muy variadas dentro del jazz (la improvisación libre temática o no la dejamos para una próxima ocasión), en un único programa.
Por dejar constancia, en este programa suena las siguientes grabaciones:

  • Larsen C And The Millennials: Larsen C And The Millennials
  • Jorge Rossy Vibes Quintet: Beyond Sunday
  • Sedajazz Kids Band: Growing Up
  • Vicente Espí Cuarteto: Espiral
  • Urjauzia: Urjauzia
  • Pablo Castaño Quartet: A-La-Láa
  • Baldo Martínez: Cuarteto Europa
  • Involucions: Unexpected
  • De Diego Brothers: Since 1993
  • Javier Lopez Jaso – Marcelo Escrich Quartet: Aporia
  • Le Dancing Pepa Swing Band: Hat’n Dance
  • Alba Careta Quintet: Orígens
  • Brigada Bravo Díaz: Músicas populares de la Gran Guerra
  • Ere Serrano: Aujourd’hui mon coeur
  • Reunion Big Band: Unexpected Paths
  • The Dixielab: Hear Me Talking To You
  • Dee Burrows Quartet: Change
  • Roberto Somoza: Saxophone Clarinet Jazz Solo
  • María Toro: Araras
  • Trío Garum: Trío Garum
  • Quinito Mourelle: Suite de las ocho
  • Gonzalo del Val: Standards In Dublin
  • Chano Domínguez – Javier Colina: Chano and Colina
  • Sedajazz Big Band: Compendium by Jesús Santandreu
  • Roberto Somoza: Play Ballads
  • Jon Urrutia Trio: The Paname Papers
  • Marcos Pin: Four On Six

Tomajazz: © Pachi Tapiz, 2018

HDO es un podcast de jazz e improvisación (libre en mayor o menor grado) que está editado, presentado y producido por Pachi Tapiz.

Para quejas, sugerencias, protestas, peticiones, presentaciones y/u opiniones envíanos un correo a hdo@tomajazz.com




HDO 134. Quinito Mourelle: sus palabras y su música. Entrevista por Pachi Tapiz [Podcast]

quinito_mourelle_2Quinito Mourelle es músico (pianista) y compositor, además de novelista (acaba de publicar su quinta novela –Mi última reencarnación), doctor en periodismo, periodista en activo y crítico de jazz en la reserva. En 2016 ha autoeditado Lontananza, una grabación en un formato de trío no muy habitual en estos tiempos que incorpora piano, tuba –Ignacio Fernández-, y saxos, clarinete, y flauta –Roberto Somoza. Este polifacético artista charló con Pachi Tapiz sobre esta obra, así como de su aproximación a la música, a la escritura, al periodismo, a la crítica, y a la creación en general. Como complemento a sus palabras, en HDO suenan varios temas del más que recomendable Lontananza.

© Pachi Tapiz, 2016

HDO es un podcast que está editado, producido, presentado (y más cosas que no reproduciré aquí), por Pachi Tapiz.

Quinito-Mourelle-Trío-Lontananza-autoeditado_2016

Las músicas de HDO 134

  • Quinito Mourelle TríoLontananza (Autoeditado, 2016)
    Quinito Mourelle, Roberto Somoza, Ignacio Fernández



Escribiendo con Jazz. Entrevista con Quinito L. Mourelle. Por Pachi Tapiz

Doctor en periodismo y crítico de jazz en Cuadernos de Jazz, Estación Central, La Opinión de A Coruña y Tomajazz, Quinito López Mourelle es también escritor. En Pimienta negra (Ézaro Ediciones, 2009), su tercera novela, el jazz es uno de los hilos conductores y Coleman Hawkins el protagonista de una de las tres historias que conforman esta narración. Pachi Tapiz charló con Quinito L. Mourelle sobre su novela.


Pimienta negra
Quinito López Mourelle
Ézaro
ISBN: 978-84-9364-61-4-1

PACHI TAPIZ: ¿Cómo te surge la idea de narrar la novela por medio de tres historias?

QUINITO L. MOURELLE: No fue una cosa premeditada. En realidad la primera idea de la trama de esta novela era para una obra de teatro de situación: una comida con unos amigos en la que hay un problema de fondo que al principio no se conoce y unas actitudes extrañas de los personajes. Esa primera idea se convirtió en la primera de las historias. Después me di cuenta que no me apetecía escribir una obra de teatro u otra novela. Sin embargo, fue muy importante para mí el ver una exposición de Luis Freire que hubo en La Coruña. Era una exposición de fotografías que sacó en Barcelona, Montreal y otros sitios a finales de los 70 con grandes figuras del jazz como Earl Hines, Mingus y otros músicos que estaban ya en el final de su carrera. Coleman Hawkins ya había muerto en ese momento, pero su figura siempre me ha llamado la atención. En esa exposición se veía a esos gigantes del jazz. Había fotos de actuaciones, pero otras que estaban tomadas entre bambalinas y eso me dio la idea de narrar esa parte menos amable y menos heroica de la música. A partir de ahí me surgió la idea de retratar los últimos días de Coleman Hawkins, pero no de una forma biográfica, sino muy libre y con muy poca documentación. Lo de no documentarlo fue intencionado: no quise hacer una novela histórica. La tercera historia surgió por el camino. No quería renunciar a ninguna de las tres y creía que de alguna forma había un lazo que las unía y que podía ser el jazz. Así fue como surgió.

PACHI TAPIZ: ¿Por qué elegiste precisamente Coleman Hawkins?

QUINITO L. MOURELLE: Creo que a pesar del tiempo que ha pasado, de ser una figura asumida y de que su discurso ya se ha superado (entre comillas) por lenguajes mucho más modernos, creo que fue muy avanzado en su época. Por ejemplo su osadía de grabar “Body and Soul” y no interpretar la melodía sino empezar directamente a improvisar. También creo que fue el primero en grabar un solo de saxofón sin nada más, sólo el saxofón. Me parece algo muy moderno. Escuchar una improvisación sin apoyo armónico detrás, bien sea la progresión armónica de unstandard o free-jazz. Esa soledad… Creo que es un músico que hablando en términos de jazz dio pasos de gigante. Evidentemente hay muchos otros personajes, pero con algunos más cercanos en el tiempo me hubiese dado más reparo. Con Coleman Hawkins tenía a un personaje suficientemente atractivo y los suficientemente alejado en el tiempo como para poderme permitir la licencia de fantasear sobre su vida y recrear el personaje a mi modo.

PACHI TAPIZ: ¿Por qué el jazz es esa especie de hilo conductor?

QUINITO L. MOURELLE: Una respuesta obvia es porque me gusta. Por otro lado tengo una relación especial entre la música y la literatura. Siempre que escribo estoy escuchando música. La música me catapulta hacia adelante, me hace imaginar, hay una relación muy estrecha entre la música y la literatura. El jazz es una metáfora de la vida, una actitud ante la vida y de alguna forma lo intento reflejar en el libro. Por otro lado aunque es un terreno que conozco y en el que me siento cómodo, no he querido teorizar ni hacer una novela de tesis. Simplemente me parece algo muy atractivo y que podía ser muy atractivo para el lector, sin caer en el tópico de la novela negra. A veces el jazz se utiliza en algunas novelas como ambientación y siempre acaba en historias truculentas. Creo que he hecho algo personal y alejado de ese estereotipo de novela.

PACHI TAPIZ: Al final del libro citas un montón de discos… ¿utilizas unos discos determinados para escribir?

QUINITO L. MOURELLE: Sí que hay discos que utilizo en momentos determinados. Algunos me han inspirado de una forma especial y los vuelvo a utilizar más adelante o en algún momento de la trama con algún personaje para que me ayuden a potenciar la imaginación. Me pasa con algunos discos…

De alguna forma soy sinestésico… cuando estoy escribiendo a veces me quedo estancado y la música me sugiere imágenes. A veces también me ayuda a encontrar las palabras adecuadas. Hay algo especial que me ayuda a escribir. Busco una musicalidad en las frases. Tengo unas frases largas (soy más Jarrett que Waldron), y eso es un reflejo de lo que estoy escuchando. A veces me gusta jugar… imagínate que para escribir una escena de amor me pongo a escuchar a Anthony Braxton. Me gusta experimentar y que surjan cosas que me lleven a otros sitios…

PACHI TAPIZ: Por cierto, una curiosidad. En la lista de discos hay un título repetido, que es uno de Braxton. ¿Es por algún motivo?

QUINITO L. MOURELLE: Eso es una errata. Posiblemente lo escuché al principio y también al final.

PACHI TAPIZ: Te lo preguntaba porque en algún momento de la novela vas describiendo dos escenas a la vez y para ello vas intercalando frases. Me recuerda mucho la manera en que Anthony Braxton construye su música.

QUINITO L. MOURELLE: Por eso te hablaba acerca de la importancia de la música. Me gusta jugar, investigar, arriesgar, aunque a veces provoque en el lector ciertas confusiones. Pero el lector… Estamos muy acostumbrados a que nos den las cosas muy hechas y muy digeridas, de forma muy previsible y muy lineal. Yo no hago una literatura muy radical o de vanguardia, pero me gusta pedirle al lector cierta competencia. Que se moje un poco, que tenga que poner de su parte. Por eso me gusta hacer juegos, poner trampas, plantear callejones sin salida…

PACHI TAPIZ: ¿Por qué el final es como es?

QUINITO L. MOURELLE: Espero que no lo desveles…

PACHI TAPIZ: Precisamente por eso te lo estoy preguntando…

QUINITO L. MOURELLE: El final no tenía ni idea de que iba a ser así. Se me ocurrió al final. No al final del todo, sino mientras escribía la novela.

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PACHI TAPIZ: A lo largo de la novelas algunos de los personajes se dedican a hacer símiles de la vida con el jazz. ¿Cuál sería tu símil?

QUINITO L. MOURELLE: Yo creo que la mayor enseñanza que debemos coger del jazz para entender la vida es que en realidad todos tenemos capacidad para improvisar. El problema es que o no desarrollamos esa capacidad, o que por nuestra educación no nos parece apropiado improvisar. Tendemos a las cosas prefijadas, ya establecidas, que nos han enseñado de una determinada forma, y sin embargo (lo digo al final de la novela) la vida siempre es una mezcla entre el tiempo y el caos. La vida siempre nos presenta situaciones en las que tenemos que actuar improvisando porque no estaban escritas así. Una metáfora que uso siempre es que no podemos pasarnos toda la vida andando en bici con ruedines. Hay un momento en que te los quitan y tienes que ir por ti mismo. Yo creo que toda la novela es un canto a la libertad, aunque me refiero a ello tangencialmente porque hablo del amor, de la crisis de los cuarenta, en el caso de Coleman Hawkins de la decadencia, de muchas cosas. El jazz para mí, aparte de una compañía enorme, es una lección de vida. Esa soledad que tiene lugar cuando de repente te toca tu turno, tienes que improvisar y decir lo que llevas dentro. Cuando improvisas, aunque te equivoques y cometas errores, es cuando sale lo mejor de ti mismo.

PACHI TAPIZ: ¿Cuánto hay en la novela de autobiográfico?

QUINITO L. MOURELLE: Hay muy poco. Siempre se induce a pensar que es autobiográfica por el hecho de que esté narrada en primera persona. Yo hago crítica de jazz y evidentemente tengo una relación con el jazz, pero sin embargo al personaje que narra en primera persona le apasiona el jazz pero no tiene ni idea y de hecho le gustaría conocer más pero tampoco se atreve, aunque estoy hablando de otra época en la que no había toda la información que hay ahora. Ese personaje principal y yo no tenemos mucho que ver. En algunos momentos hay algún planteamiento vital del personaje que encaja con los míos. Como hacen todos los escritores me he aprovechado del personaje para decir algunas cosas que pienso. En mi novela anterior yo me identifico con muchos personajes, pero sobre todo con dos niñas de quince años… Y ya ves, ni soy niña, ni tengo quince años. Por otro lado he utilizado la primera persona y a ese personaje que he creado para reírme de algunas cosas que me pasan a mí y sacarlas de quicio. Sí que hay cosas de mi vida que utilizo para reírme de mi mismo, que creo que es sanísimo. Pero no es algo autobiográfico.

PACHI TAPIZ: Ahora entramos en la parte peliaguda… Quinito ejerciendo de músico…

QUINITO L. MOURELLE: Lo primero que tengo que decir sobre el disco es que fue una idea mía. No tiene ningún ánimo de lucro. Se regala con el libro. Como lo he publicado yo y mis ahorros son limitadísimos sólo he podido sacar 500 copias. En la presentación se ventilaron ciento y pico, así que ahora mismo debe haber por ahí unos cuatrocientos ejemplares que se incluyen con el libro. Como casi todo el público que tengo está por Galicia, creo que los ejemplares se han distribuido aquí. Me encantaría que todos los libros lo llevasen, pero he llegado hasta donde he podido.

PACHI TAPIZ: ¿Por qué la grabación?

QUINITO L. MOURELLE: Para la presentación de mi primera novela organicé un concierto de jazz. Avisé a unos músicos que son amigos míos y tocaron unos standards y unos temas compuestos por mí. Esa idea le gustó mucho a la gente, que se lo pasó muy bien, y de ahí vino la idea de repetirlo. Sergio Delgado, mi profesor de piano, me dijo que por qué no grababa un disco con mi música. Al principio mi idea fue que como sucedió en ese concierto, unos músicos tocasen mis composiciones. Yo soy un pianista peor que mediocre y esa era mi idea. Sin embargo el estudio está encima de donde doy las clases. Tienen un Yamaha de cola y nada más subir allí para preguntar por la grabación lo toqué un poco y me dije: “esto lo tengo que tocar yo”. Inicialmente mi idea fue hacer un disco a piano solo, pero también me apetecía compartir mi música y que otros músicos la enriqueciesen. Así es como surgió el disco.

PACHI TAPIZ: Como crítico, ¿qué opinión te merece el disco?

QUINITO L. MOURELLE: Ya lo he dicho en una entrevista que me publicaron aquí en La Coruña: yo lo pondría a caldo.

PACHI TAPIZ: ¿Sí?

QUINITO L. MOURELLE: Sí. Yo no soy músico. Tocar es un hobby que tengo. Tengo ideas, compongo… Evidentemente lo que más me gusta del disco es lo que tocan los otros músicos. [Risas] Y nada más… por eso no lo pongo a la venta. Es algo que me apetecía hacer. Me lo he pasado fenomenal haciéndolo y me encantaría volver a hacerlo cuando tenga algo de dinero… Ya tengo escritas algunas composiciones más… Pero no es un disco para ponerlo a la venta …

PACHI TAPIZ: ¿Algo que añadir?

QUINITO L. MOURELLE: Sobre el disco tengo que decir que me gustaría hacer otra música más comprometida, pero es una grabación para la que sólo he podido ensayar nada más que dos días a una hora por día con los músicos. Aún así los músicos se han portado muy bien y he quedado satisfecho con el resultado.

Yo estoy aprendiendo y pasándomelo bien. También hay algunas composiciones mías que funcionan. Piezas que las tocan otras personas y funcionan. Mi profesor tiene varios grupos y me ha pedido alguna composición para tocarla con su grupo. Para mí es un orgullo. El piano es una parte importantísima de mi vida. Es un hobby que… bueno, ¡qué te voy a contar!

ALGUNOS DE LOS DISCOS MÁS DESTACADOS ESCUCHADOS DURANTE LA GESTACIÓN DE PIMIENTA NEGRA

Entre el “listado de grabaciones que han acompañado al autor durante la composición, escritura y corrección dePimienta Negra“, el propio Quinito L. Mourelle destaca los siguientes:

  • Douglas/Sclavis/Lee/Van der Schyff: Bow River Falls (Premonition Records)
  • Stefano Bollani: I Visionari (Label Bleu), Piano Solo (ECM)
  • Don Ellis: Out of Nowhere (Candid)
  • Andrew Hill: Time Lines (Blue Note)
  • Alexander Scriabin: The Piano Sonatas (Decca)
  • The Julius Hemphill Sextet: The Hard Blues (Clean feed)
  • Guinga: Cine Baronesa (Caravelas)
  • Michael Moore Quintet: Home Game (Ramboy)
  • Tomasz Stanko: From The Green Hill (ECM)
  • Louis Sclavis & Le Quatuor Habanera: L’engrenage (Alpha)
  • Simon Nabatov Trio: Three Stories, One End (ACT)
  • Alexander Von Schlippenbach: Monk’s Casino (Intakt)
  • Satoko Fujii: April Shower (Buzz Records)

© 2009 Pachi Tapiz, Tomajazz




Pimienta Negra. Quinito L. Mourelle [Extracto]

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Pimienta negra
Quinito López Mourelle
Ézaro
ISBN: 978-84-9364-61-4-1

Extracto del capítulo 11 de Pimienta negra.
Reproducido con el permiso de su autor Quinito L. Mourelle.

[11]

Comenzaba el año 1969 sin novedad en el hotel Ambassador. Eran las doce y cuarto de la mañana y Coleman Hawkins abrió los ojos con esfuerzo. Todavía tardó cuarenta minutos en incorporarse. Conocía de sobra el espectáculo que podía contemplar desde la ventana de su habitación. No era la gran avenida por la que transitaban coches lujosos, mujeres envueltas en pieles entrando en tiendas y cafeterías y el bullicio que decora las ciudades durante la primera semana del año. Era un vulgar callejón con vapores, una escalera de incendios herrumbrosa y una pila de serrín y virutas con la copa nevada en cuyo seno los gatos se amodorraban rebuscando las hebras secas. Aquel serrín se había echado a perder. Nadie se había ocupado de recogerlo y, pasados unos meses, la humedad y finalmente la nieve lo convirtieron en deshecho. ¡Qué estúpido desperdicio! Mirando hacia arriba podía ver una estrecha franja del cielo de enero, límpido y cortante, una nota azul en una escala oscura. Podía pasarse así otra media hora, en calzoncillos, absorto en la visión de aquel montículo y pasando frío sin inmutarse. ¿Qué le importaba? La hora del desayuno ya había pasado hacía tiempo. Podría volver a la cama pero su estómago le pedía con zarpazos lastimeros la ingestión de algún alimento o de un chocolate caliente. Cada vez le costaba más asearse, vestirse y salir a la calle. Había pensado incluso en dejarse crecer el vello de la cara y renunciar a su bigote, cuyas atenciones le resultaban ya excesivamente familiares y molestas. Aquel bigote fino y retocado había sido la guinda apreciada por algunas de las mujeres con las que había tenido algún tipo de relación. La americana colgaba de una silla y el pantalón, tirado de cualquier manera, se arremolinaba en el suelo del cuarto de baño junto a una toalla empapada. El servicio de lavandería todavía no le había entregado la ropa limpia aquella mañana. Pero no se atrevió a descolgar el teléfono y preguntar por ella. Hacía más de un mes que no pagaba ese servicio, así que tenían derecho a requisarle sus pertenencias para forzarle a saldar sus deudas. Si fuese una eminencia ocupando la mejor suite no tendría que pagar por esas menudencias. El pantalón olía a demonios y estaba húmedo. Trataba con cierto desprecio la ropa que tenía porque no le gustaba nada. El corte de los trajes le parecía absurdo y los estampados de las camisas una broma de mal gusto, pero ya no conocía ninguna sastrería en la que le hiciesen los trajes que se llevaban veinte o treinta años antes. Salía vestido a la calle y se sentía como un payaso, pero a su alrededor eran todos igual de payasos y parecían no advertirlo. Si se vistiese como en los años cincuenta se convertiría en el hazmerreír, en un fantoche del pasado. Prefería estar incómodo y sentirse ridículo antes que ser reconocido por el barrio por llamar la atención. Pasar desapercibido era una de las pocas regalías que el paso del tiempo le había otorgado. Los músicos jóvenes ni siquiera se daban la vuelta si se cruzaban con él por la calle. Probablemente no sabían quién era. Otro tanto ocurría con el personal del hotel. La vida en color le había condenado a un olvido en el que se sentía confiado y a gusto.

Inexplicablemente no podía distraer su mirada de la pila de serrín. Llegó a olvidarse incluso de la disyuntiva del pantalón sucio o la vergonzosa llamada a la lavandería, para concentrarse en algo que creyó intuir en aquella visión. Una melodía acudió a su mente pero la espantó como el buey que se deshace de una mosca molesta agitando el rabo. No quería escuchar nada hasta la hora del ensayo. Ya no le interesaban todas esas notas que le abordaban en los momentos más insospechados. Su estómago volvió a rugir y la nieve que coronaba la pila le hizo caer en la cuenta de su incomodidad y del maldito frío. En aquella época le resultaba muy difícil secar la ropa interior que colgaba con cuidado en un alambre que pendía del alféizar. Él mismo la lavaba en el cuarto de baño para ahorrar tiempo y dinero. La más urgente la ponía a secar sobre el radiador. El problema era que la calefacción no funcionaba bien en su ala del hotel y, para colmo, le habían advertido que no colgase sus calcetines de la ventana porque dañaba seriamente la imagen y reputación del establecimiento, aunque tan sólo los gatos y el mozo que salía a dejar la basura visitaban el callejón y eran testigos del espectáculo. La compañía discográfica le había prometido que se encargaría de alojarle en un sitio mejor y de asumir sus gastos diarios. A mes pasado de su última grabación ni siquiera le habían pagado algo por ella y no habían vuelto a dar señales de vida. Cuando coincidía con Tom Awesome, un trombonista muy alto y pelirrojo que grababa para el mismo sello y que a veces se acercaba por las jam sessions del Ambassador, le preguntaba si le habían comentado algo de su situación.

– ¿Qué se sabe de mi dinero, Tom?

Le irritaba sobremanera no tener noticias al respecto, no saber a qué atenerse y que nadie diese la cara para aclarar el asunto o justificar el retraso. Hubiese preferido que le comunicasen directamente que nunca le pagarían, que no cumplirían ninguna de las promesas con las que le habían endulzado los oídos al salir del estudio. Al fin y al cabo no estaban reflejadas en ningún contrato. Podían ignorarlas si quisiesen. Por otro lado, no quería reclamar ese dinero porque sería reconocer ante aquellos aprovechados que no tenía dónde caerse muerto -si bien todos estaban al tanto de su situación-, pero la precariedad de ésta pronto le obligaría a personarse en el estudio y luchar por lo suyo.

La pila seguía en su sitio y paulatinamente, solapando tímidas imágenes que engarzadas parecían leves recuerdos, descubrió el motivo de aquella atracción. El serrín y las virutas húmedas se convirtieron en una hojarasca que un jardinero intentaba mantener agrupada en un montículo. El viento otoñal jugaba con él deshaciéndolo una y otra vez,  y los músicos y el propietario de Bluebird observaban la desesperación del jardinero desde un ventanal durante un descanso en la grabación. No fueron ni esa imagen, ni las sonoras carcajadas del trompetista Tommy Lindsay que llegaban levemente desde la lejanía, las que le hicieron recordar con nitidez que se trataba de la tarde del 11 de octubre de 1939. Fue el sabor de los pezones de Thelma Carpenter el que le ayudó a rescatar la fecha exacta y todo cuanto había acontecido aquel día. La chica todavía no había cumplido los dieciocho, pero ya había participado en algunas grabaciones y se había presentado en un par de ocasiones con la banda de Coleman Hawkins en el Kelly’s Stable, un local de la calle 51 abarrotado de público. Su padre la observaba entusiasmado desde la primera mesa, y en la segunda de las veladas consintió que la chiquilla se tomase un refresco con él antes de llevarla a casa. Era tarde y su esposa estaría despierta y preocupada, pero los asistentes elogiaban a su hija y el orgullo paternal pudo con la conveniencia de que una criatura de su edad estuviese ya acostada. Los impedimentos paternales fueron todavía más livianos para la grabación. El señor Carpenter no tuvo objeción en que el propio Coleman llevase a la dulce Thelma a casa cuando acabasen.

© Ensenada de Ézaro Ediciones / Nortideas Comunicación S.L.
© 2007 Quinito López Mourelle